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Laca, Maquillaje y Melanina

¿Hay un caso de racismo en el montaje de Hairspray?

Aunque no lo ha visto, Carlos Victoria sugiere que sí. El actor lamenta que no se haya convocado a algún actor afroperuano para el papel del bailarín Seaweed J. Stubbs. En su lugar se eligió a Luis Baca, un joven valor que resuelve el rol con solvencia.  Las imágenes muestran la gran transformación.

Luis Baca y Gisela Ponce de León en sus respectivos papeles. Imagen del folleto oficial de la obra.

El personaje en cuestión es un bailarín que se enamora de Penny Pingleton, y ha sido interpretado por actores como Corey ReynoldsChester Gregory II, Tevin CampbellAdrian Hansel y Corbin Bleu. En la película del 2007 el papel fue para Elijah Kelley. En el 2008 la obra se montó también en Argentina.

Victoria cree que existían opciones más adecuadas. Sobre todo tratándose de un personaje secundario. “Hay actores en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático y en Kimba Fa!”, dice.  En una entrevista previa incluso lanza un nombre: Enrique Avilés. “No era necesario pintarle la cara”, sentencia aludiendo a los tiempos de Al Jonson. Desde su silla de director, Juan Carlos Fisher se defiende: “en la obra no se pinta  a nadie”. Otra fuente relacionada al montaje precisó la aclaración: no es pintura, es maquillaje. Un detalle complejiza el caso: la presencia de Bettina Onetto visiblemente maquillada. También actúa Ebelin Ortiz, ojo. Fisher cuenta que la selección final fue el resultado de un casting abierto que empezó en noviembre del año pasado. Se convocó a actores y actrices a través de los medios masivos. “Recibimos 700 propuestas y le hicimos casting a todos”, explica. “Finalmente, hemos elegido a los 14 más talentosos”.

La queja de Victoria se centra en el color del personaje de Seaweed, y cobra especial interés cuando se recuerda que Hairspray es una obra que recrea el racismo en la ciudad  de Baltimore, allá por 1962. El musical ha ganado ocho premios Tony y está inspirado en la película de John Waters del mismo nombre. La historia cuenta cómo la protagonista, Tracy Turnblad, se opone a la segregación de los bailarines (solo se les permite bailar en el ‘Negro Day’). Ella misma, además, es discriminada por su peso. En el folleto oficial del montaje peruano se incluye un texto que explica la segregación en los años sesenta. En la página de al lado está la imagen de la ‘pareja interracial’ de la obra (ver foto).

No es la primera vez que un montaje de Hairspray provoca -irónicamente- acusaciones de racismo. En el 2008 se criticó la decisión de embetunar actores puertorriqueños. En enero de este año, un  artículo de The Huffington Post comentó una puesta en escena en Texas que había sido previamente reseñada por el Dallas Observer. Según el presidente del directorio del teatro, ningún actor afroamericano se presentó a la audición.

El reportaje de The Huffington Post es interesante porque aporta un detalle clave: la addenda del compositor original de la obra, Marc Shaiman, en torno al color de los actores (“suspension of disbelief'” es el concepto al que apela). La conclusión es clara: cualquier actor puede interpretar a cualquier personaje. Lo contrario sería ir contra el espíritu de la obra. Pero líneas después el propio Shaiman advierte que el blackface ha sido explícitamente prohibido por los autores de la obra (“blackface was forbidden. Who knew we would even have to say that?”). No está de más darle una leída antes de ir al teatro.  Carlos Cabanillas

El enemigo en casa

Ayer fui a ver la estupenda ’17 Camellos’, tal vez la mejor obra que ha escrito Eduardo Adrianzén junto con ‘Demonios en la piel’. No soy afecto al chauvinismo cultural, pero es de resaltar que esta pieza tiene el añadido de ser un teatro que versa, interviene e interpela ‘lo nacional’, a la manera de ‘La Puerta del Cielo’ de Alfonso Santisteban.

Tres hermanos deben afrontar el viaje definitivo de su madre a Chile, donde le espera el amor y la ilusión de un futuro. Cada uno de ellos, aleccionados por su desaparecido padre en el odio histórico (Guerra del Pacífico), representa una tipología actual y local: el historiador que taxea para sobrevivir, el militar lisiado durante una represión social y el joven desempleado, ex vendedor de Ripley, reconvertido en pandillero. Debajo de estas vidas interrumpidas, y utilizando siempre la coartada del enemigo externo para barajar sus frustraciones personales, se cobijan los residuos de la “prosperidad peruana”: víctimas que buscan victimar para rehuir el destino que su país les ha impuesto. Buena parte de la obra consiste en la exposición de estas estrategias y desencantos, a veces como monólogos explícitos, a veces a consecuencia de la acción dramática, en ambos casos, una forma de enfrentar este ¿falso? determinismo.

¿Pero existe tal sino?

La Patria, encarnada en una estupenda Sonia Seminario, harta de ser motivo y excusa, parece decir que no.

Así, en forma de una clase de historia que jamás podrá ser dictada, los héroes son confrontados por los soldados anónimos, la historia oficial es puesta en jaque por su versión menesterosa. Los viejos dilemas de la historiografía bélica, como si la inmolación de Bolognesi tuvo sentido o de si era preferible una rendición honrosa, dejan su lugar abstracto (la ucronía o el debate académico) a favor del rostro, la historia particular, el ejemplo específico. Escena a escena, de Arica a Miraflores, lo que va quedando claro es que el ‘enemigo’ no vive fuera sino dentro, miopía que nos lleva a ver al ‘otro’ como antagonista: oficial/soldado, militar/civil, intelectual/pueblo, madre/hijo, la peruanidad luce escindida en cada rol social, fractura que nos detiene, nos aísla y nos disculpa.

Estos enfrentamiento se sostienen en base a la sobria dirección de Gustavo López, un buen uso del recurso audiovisual y las buenas actuaciones de Mario Ballón, André Silva y Emanuel Soriano. Y si bien por momentos la literariedad del texto de Adrianzén se pone en evidencia, uno ha aceptado ya el pacto de verosimilitud y agradece ese tono lírico que refresca un poco el hiperrealismo de la obra.

Finalmente, un lujo la recuperación del local, el Teatro Larco. La última función es el próximo miércoles 10 de agosto. Vayan a verla. (Jerónimo Pimentel)