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Censura 2.0

Cómo una dictadura utiliza redes sociales. Una lección de Evgeny Morozov.

Hugo Chávez ante internet, según http://www.ishr.org

La primera duda es la obvia. ¿acaso es posible controlar a todos los usuarios de internet? La pregunta es retórica, por supuesto.

En primer lugar, porque nadie dice que sea necesario controlar a todos los cientos de miles de pseudónimos en Twitter o Facebook. En segundo lugar, porque la pregunta presume que algún agente externo tendría que controlarlos. Y en tercer lugar, porque no se trata necesariamente de controlar sino de distraer.


Estos y otros apuntes son desarrollados por Evgeny Morozov en su estupendo libro The net delusion. The dark side of internet freedom (PublicAffairs, 2011). Antes de seguir, una advertencia. Si el lector en potencia busca un alegato primermundista sobre el e-government o un panegírico sobre el @gora ateniense, éste no es su libro. Morozov es de Bielorrusia, así que algo sabe de dictaduras. El libro empieza con ejemplos de la Guerra Fría, pero también trata los casos más recientes de China, Irán, Cuba, Afganistán y Venezuela.


El autor desnuda una falacia muchas veces repetida: que los dictadores le temen a la tecnología. Que los regímenes autoritarios no saben convivir con las redes sociales y los blogs. Y que, finalmente, la abundante información es un antídoto para contrarrestar dictaduras y autocracias. El mito tiene una variante local: que el vladivideo y la Marcha de los Cuatro Suyos bastaron para tumbarse al régimen de Fujimori y Montesinos.


Para refutar estos lugares comunes, el autor recurre a un viejo conocido de la última campaña electoral: Steven Levitsky y su concepto de autoritarismo competitivo. Una idea afín al Perú desde los tiempos del fujimorismo, y que explica muy bien el caso de Hugo Chávez (también conocido como @chavezcandanga). Allá, en el primer mundo, la sola idea de un autócrata que convoque a elecciones y que responda a encuestas es novedosa.  Pero ¿sería tan difícil de imaginar aquí un régimen autoritario y antipolítico que se ufane de su democracia directa a través de las redes sociales, deslegitimando de paso a los medios tradicionales?

El primer punto de Morozov es relativamente fácil de comprobar: no se necesita manejar a todos los usuarios. ¿Acaso el tándem Fujimori-Montesinos tuvo que controlar a todos los medios de circulación nacional? Bastaría con comprar a los principales rebotadores, agregadores y refraseadores. Sin duda son más baratos que cualquier empresa periodística. Basta con socavar la credibilidad de los medios tradicionales, tildar a la industria del papel de elitista y ensalzar a las redes sociales por su poder democratizante. Pero el autor va más lejos. Intentar manejar a todos los usuarios no solo es innecesario sino también contraproducente. Las dictaduras prefieren demostrar su apertura democrática ignorando a los disidentes, aislándolos pero sin silenciarlos. Más o menos como hizo el fujimontesinismo con Canal A.


¿Por qué el gobierno de China tolera las críticas en internet? Porque funciona como una Stasi que empadrona a los críticos. Voluntariamente, la resistencia entrega sus IP’s, agendas y opiniones. Algo que en una dictadura del siglo XX tomaría costosos investigaciones, secuestros y torturas. Según el autor, en Tailandia existen blogueros que sirven para peinar la web en busca de disidentes. Y en Arabia Saudita se fomenta la búsqueda de videos en YouTube para controlar el material ofensivo. Por supuesto, también está el caso de Irán.


Bajo esa lógica, no censurar puede significar censurar. Parafraseando el Teorema de los Monos Infinitos, en algún lugar de la vastedad del ciberespacio debe existir un twittero opositor. Aunque nunca llegue a los grandes rebotadores ni a los grandes medios.


El segundo punto es clave. ¿Quién necesita controlar un abanico de opiniones que se dedican a neutralizarse entre sí? Aquí resulta clave saber qué tendencia ideológica domina las redes sociales. Para el autor, los mayores financistas de la agenda libertaria en internet son los neo conservadores estadounidenses. La cabeza visible de esta ciber guerra fría es Mark Palmer, autor de Breaking the Real Axis of Evil: How to Oust the World’s Last Dictators by 2025 (“a book that makes Dick Cheney look like a dove”). Tras el paraguas de la libertad online, los halcones de la derecha promueven el individualismo extremo a través del hedonismo consumista y la desconfianza en los medios tradicionalmente “socialistas”. Finalmente, el spin control (en lo que Morozov llama el spinternet) funciona mejor que cualquier censura.


Aquí también entra a colación Eli Pariser y su libro The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011). Como ya no hay un solo internet para todos, cada quien encuentra una realidad a su medida, lo que termina complejizando la noción de interés público. Eso queda claro luego de ver la excelente presentación de Pariser en TED.

El tercer punto es, a mi juicio, el más importante. ¿Por qué debemos asumir que los usuarios de internet ameritan ser controlados? He aquí la clave de todo el libro, porque la casuística de Morozov demuestra que la conexión wifi en un régimen autoritario implica la llegada de un cúmulo de estímulos novedosos y refrescantes. Un torrente de información que sirve más como agente distractor que como vehículo para canalizar demandas sociales. Además, ¿cuánto de activismo hay realmente en el ciberactivismo, hoy por hoy? ¿Cuánto hay de exhibicionismo e indignación gratuita, sin un propósito específico?

No hay que subestimar el poder del ocio y la procrastinación. Y es aquí donde la profecía de Huxley se une a la de Orwell. Porque para el autor, una falacia ad populum multiplicada a través de las redes sociales puede instaurar una verdad tan discutible como que 2+2 son 5. Pero también puede llenar la agenda noticiosa de videos con gatos que bailan.

Un video de Morozov resume su postura y es particularmente ilustrativo al respecto.

Vale la pena insertar un paréntesis pertinente. Esta debió ser la segunda parte del post Más información, menos periodismo. En el camino aparecieron tres periodistas que sustentan mejor que yo el escenario actual. El primero es el periodista mexicano Juan Villoro, quien enumera los riesgos que corre un medio por intentar competir con internet: homogenización, menos investigación, menos crónicas. En una frase: menos contenido propio. El segundo es un apunte interesante de Fernando Vivas: hay una competencia entre medios y redes sociales. No en el rigor, sino en el apuro. Esto explicaría, en parte, el creciente sensacionalismo y los excesivos errores. Finalmente, Alberto Arébalos, Director de Comunicaciones de Google para América Latina, sigue los pasos de The New York Times. Para él, el periodismo online debe cobrar por sus contenidos y diferenciarse de las redes sociales.

La conclusión cierra el paréntesis y nos devuelve al libro de Morozov: la herramienta no lo es todo. El acceso a una mayor cantidad de información no implica por sí sola una mayor rigurosidad. En ese sentido, la formación se impone a la información. De forma análoga, es una delusión creer que internet contiene en sí mismo facultades emancipadoras. Los gurús del determinismo tecnológico –el autor los llama cyberutopians e internet-centristshan fetichizado Twitter y Facebook al punto de creer que las redes sociales democratizan o son intrínsecamente democráticas. Pero la experiencia nos dice que la herramienta es neutra, y que el debate sobre la utilidad de las redes sociales en luchas políticas sigue abierto. Además, la democracia no es solo mera interconexión o socialización. Sobre todo si es solo la de una élite letrada con wifi.

Este y otros temas se tratarán en el conversatorio de NMM Atrapados en la red, en el Auditorio del Centro Cultural Peruano Británico de Miraflores. http://www.centrocultural.britanico.edu.pe/Auditorio_Detalle.aspx?id=1039

Carlos Cabanillas

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