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‘Betito’ es Cultura

Mañana jueves 16 de agosto se estrenará una obra que formará parte de lo que ya se conoce como el boom del teatro peruano. Por lo visto en el afiche promocional, no tendrá nada que envidiarle a la exitosa puesta en escena racista del musical Hairspray. La obra se llama 2Inverti2 y es el resultado de la siempre inquieta creatividad de Efraín Aguilar, el recordado Regidor de Cultura del ex alcalde Luis Castañeda Lossio.

El mamarracho es una afrenta, desde el nombre hasta la cobertura en prensa. El activista Gio Infante lo explica de manera didáctica: “homofobia y racismo, el combo de Efraín Aguilar porque -según su propuesta- mejor invertido que casado con chola fea.”

En tiempos en que la indignación se ha vuelto un commodity en las redes sociales, a ver si tantas camisas rasgadas sirven para algo más que el puro exhibicionismo.

Carlos Cabanillas

Laca, Maquillaje y Melanina

¿Hay un caso de racismo en el montaje de Hairspray?

Aunque no lo ha visto, Carlos Victoria sugiere que sí. El actor lamenta que no se haya convocado a algún actor afroperuano para el papel del bailarín Seaweed J. Stubbs. En su lugar se eligió a Luis Baca, un joven valor que resuelve el rol con solvencia.  Las imágenes muestran la gran transformación.

Luis Baca y Gisela Ponce de León en sus respectivos papeles. Imagen del folleto oficial de la obra.

El personaje en cuestión es un bailarín que se enamora de Penny Pingleton, y ha sido interpretado por actores como Corey ReynoldsChester Gregory II, Tevin CampbellAdrian Hansel y Corbin Bleu. En la película del 2007 el papel fue para Elijah Kelley. En el 2008 la obra se montó también en Argentina.

Victoria cree que existían opciones más adecuadas. Sobre todo tratándose de un personaje secundario. “Hay actores en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático y en Kimba Fa!”, dice.  En una entrevista previa incluso lanza un nombre: Enrique Avilés. “No era necesario pintarle la cara”, sentencia aludiendo a los tiempos de Al Jonson. Desde su silla de director, Juan Carlos Fisher se defiende: “en la obra no se pinta  a nadie”. Otra fuente relacionada al montaje precisó la aclaración: no es pintura, es maquillaje. Un detalle complejiza el caso: la presencia de Bettina Onetto visiblemente maquillada. También actúa Ebelin Ortiz, ojo. Fisher cuenta que la selección final fue el resultado de un casting abierto que empezó en noviembre del año pasado. Se convocó a actores y actrices a través de los medios masivos. “Recibimos 700 propuestas y le hicimos casting a todos”, explica. “Finalmente, hemos elegido a los 14 más talentosos”.

La queja de Victoria se centra en el color del personaje de Seaweed, y cobra especial interés cuando se recuerda que Hairspray es una obra que recrea el racismo en la ciudad  de Baltimore, allá por 1962. El musical ha ganado ocho premios Tony y está inspirado en la película de John Waters del mismo nombre. La historia cuenta cómo la protagonista, Tracy Turnblad, se opone a la segregación de los bailarines (solo se les permite bailar en el ‘Negro Day’). Ella misma, además, es discriminada por su peso. En el folleto oficial del montaje peruano se incluye un texto que explica la segregación en los años sesenta. En la página de al lado está la imagen de la ‘pareja interracial’ de la obra (ver foto).

No es la primera vez que un montaje de Hairspray provoca -irónicamente- acusaciones de racismo. En el 2008 se criticó la decisión de embetunar actores puertorriqueños. En enero de este año, un  artículo de The Huffington Post comentó una puesta en escena en Texas que había sido previamente reseñada por el Dallas Observer. Según el presidente del directorio del teatro, ningún actor afroamericano se presentó a la audición.

El reportaje de The Huffington Post es interesante porque aporta un detalle clave: la addenda del compositor original de la obra, Marc Shaiman, en torno al color de los actores (“suspension of disbelief'” es el concepto al que apela). La conclusión es clara: cualquier actor puede interpretar a cualquier personaje. Lo contrario sería ir contra el espíritu de la obra. Pero líneas después el propio Shaiman advierte que el blackface ha sido explícitamente prohibido por los autores de la obra (“blackface was forbidden. Who knew we would even have to say that?”). No está de más darle una leída antes de ir al teatro.  Carlos Cabanillas

Machu Picchu sí, Arguedas no

Oficialmente, el 2011 fue designado como el Año del Centenario de Machu Picchu para el Mundo. La decisión fue polémica. Por supuesto, estuvo amarrada a la devolución de las piezas que entonces estaban en poder de la Universidad de Yale. También a la campaña de promoción del turismo de Promperú. Pero más allá de las razones prácticas, a menos de un mes del final del año se puede decir que la decisión fue, lamentablemente, acertada.

¿Por qué no pudo ser el Año del Centenario de los Submarinos en el Perú?

En primer lugar, porque hablar de submarinos es hablar de una apuesta nacional por la ciencia y la tecnología. Dos temas secundarios dentro del compendio de prioridades presidenciales. Una lista que incluye temas que van de lo ridículamente específico (1996, Año de los Seiscientos Mil Turistas) a lo convenientemente gaseoso (2007, Año del Deber Ciudadano). Y en segundo lugar, porque se nos hace mucho más sencillo pensar en el pasado remoto que en el pasado reciente y, sobre todo, en el futuro y lo que queremos ser. La cabeza del gobierno ni siquiera sabe si quiere ser un país minero o uno agrícola.

Lo que nos lleva a la segunda pregunta. ¿Por qué el 2011 no pudo ser el Año del Centenario de José María Arguedas? Después de todo, el novelista ha sido reivindicado. Ya no es visto como Mascarita, el antropólogo utópico de El Hablador. Antes de Velasco, cuando aún se celebraba el Día del Indio, el

"¿He vivido en vano?" La mesa redonda sobre Todas las sangres (IEP, 2011). Incluye CD de audio.

etnógrafo Henri Favre le decía al escritor que en Huancavelica no había encontrado indios sino “campesinos explotados”. Era una expresión de la demanda de modernización de la época. Ocurrió en 1965, en el contexto de la mesa redonda sobre Todas las sangres, evento en el que algunos sociólogos marxistas despedazaron al escritor por ver castas e indios donde ellos veían clases sociales y campesinos. Hoy, más de cuarenta años después, la visión de Arguedas parece más cerca de la realidad social. El campesino ha vuelto a ser indio (o awajún, o aymara, o cajamarquino). Esta vez por voluntad propia. Da más réditos en tiempos de interculturalidad e identidades culturales.

Como el indio está de regreso, ha regresado otra vez el viejo racismo (¿alguna vez se fue?). La elección de Machu Picchu por encima de José María Arguedas es la elección del indio muerto por encima del indio vivo o, como decía Arguedas, del “indio del presente”, el que bloquea carreteras. Esa diferencia es la que permite que se acepte la música pero no al músico, la comida pero no al cocinero, el arte pero no al artista. Es la demarcación que hace posible que el hoy ex presidente Alan García diga que “Machu Picchu es la síntesis de la peruanidad” y, simultáneamente, que hay que “derrotar las ideologías absurdas, panteístas, que creen que las paredes son dioses y el aire es dios”. Es decir, las ideologías que obstaculizan los proyectos mineros.

La historiadora Cecilia Méndez lo vio mucho antes. Es simple: Incas sí, indios no. Machu Picchu sí, Arguedas no. No es lo mismo enorgullecerse de un inca muerto que de un indio vivo.

Carlos Cabanillas