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“No le dan el diploma de poeta a cualquier cojudo”

NMM ingresó al departamento de Rodolfo Hinostroza (“el primer poeta peruano en ganar un premio en Europa”, nos recuerda) para hacerle una entrevista acerca de su último libro, Pararrayos de Dios. Crónicas de poetas (Tribal, 2012), donde disecciona a algunos poetas peruanos y descuartiza a otros. En las respuestas que el autor de Consejero del Lobo y Contra natura nos concede no hace más que proseguir con su tarea, haciendo gala de una urticante sinceridad que no respeta ni a los vivos ni a los muertos. Pero primero, fieles a nuestra costumbre, teníamos que terminar con un mito.

Entrevista: José Carlos Yrigoyen

JCY: Antes de hablar sobre Pararrayos de Dios, quisiera saber tu opinión definitiva acerca de esta leyenda negra que hace años te persigue.
RH: (Tomando el libro y riendo estruendosamente) Este poemario no es mío de ninguna manera. Yo sé de la existencia de este libro desde que salió, porque José Miguel Oviedo me llamó por teléfono para preguntarme si yo era el autor, luego me pasó el libro y luego de decirle que no era mío publicó una aclaración en El Comercio, me parece. Es verdad que está dedicado a Octavio Hinostroza, un homónimo de mi padre, pero si te fijas bien está dedicado a Octavio P. Hinostroza, y mi padre no tenía un segundo nombre que empezara con P. Lo que sí, nunca conocí al verdadero autor del libro, que misteriosamente solo pone su apellido, lo cual sin duda ha generado esa confusión.

Bien, ahora hablemos de tu libro. ¿Cómo calificarías estos textos que has publicado? Porque está claro que homenajes no son.
Son memorias, son memorias más que otra cosa. Pero sí hay una intención de hacer homenajes. En general, es un homenaje a gente que tuvo los cojones de ser poeta en el Perú, un oficio de alto riesgo. Es un oficio de poca plata y alto riesgo. Y es gente que ha tenido capacidad para dedicarse a cosas que les hubieran permitido vivir cómodamente. Además, yo siempre me he llevado bien con los poetas, como has podido leer en el libro; incluso desde que nací tuve que ver con esa vida, pues mi padre y mi madre fueron poetas.

Hablando de tu madre, en la crónica que le haces dices lo siguiente sobre ella: “Lo triste fue que cuando se aventuró en la poesía moderna bajo el padrinazgo de Demetrio [Quiroz-Malca], no pudo dar la talla y su primer libro editado, Moneda de luz, fue duramente vapuleado por la crítica (…) Si mi madre hubiera insistido en esta vía, es posible que hubiera sido reconocida por la crítica como poeta, a la cabo de algunos años y publicaciones. Pero tenía la autoestima débil en una profesión que a veces requiere tener pellejo de elefante”. Es una versión mucho más moderada que la que diste en 1978, en tu libro Aprendizaje de la limpieza: “[Mi madre] se ponía a escribir una novela luego poemas publicó un libro que un hijo de puta de crítico demolió bajamente para hacerse las uñas para hacer carrera aplastando a los débiles esto ya lo pagó y si depende de mí lo pagará más caro aún”. ¿Ese crítico era José Miguel Oviedo? ¿Qué te hizo variar tu punto de vista sobre ese incidente?
Era Oviedo, sí. Fíjate, yo tenía una idea de que la crítica había sido muy malévola porque Oviedo decía que mi madre imitaba la poesía de Demetrio Quiroz Malca, quien entonces era su pareja. Como mi madre era feminista, esa crítica la hizo sentirse muy disminuida, como si la destinaran a un lugar debajo del  hombre con el que estaba. Y mira, yo leí a la ligera la crítica esa, recién la he leído bien hace poco, casi medio siglo después. Es una crítica que apareció en el diario La Prensa. Y sí, es venenosa; la criticaba porque los versos estaban mal cortados, decía que su poesía no era muy buena, juzgaba a mi madre por encima del hombro, pero no llegaba a ser demoledora. Yo sé lo que es demoler a alguien; yo he demolido a algunos…. La reseña tenía mala leche, pero era moderada, no era para tanto. También tienes que darte cuenta de que ese era el método de Oviedo, le gustaba meterse en polémicas, sobre todo con gente de izquierdas… Oviedo era el gallito de la Católica, se peleaba con Romualdo, con gente de peso, por eso la gente lo odiaba. Muy arrogante era Oviedo, un auténtico cucufato de la Católica. La gente lo odiaba y andaba ganándose peleas, pero Oviedo no era muy peleón físicamente, le corría siempre a la trompeadera. Pero acá somos muy pacíficos comparando con México, donde los escritores mandan matones a los críticos que escriben mal de ellos para que les rompan una pierna. Yo lo he visto.

De tus crónicas, una de las más controversiales es la de Javier Heraud. No niego que tiene algo de homenaje, pero sobre todo es una desmitificación, una desmitificación bien dura…
¿Por qué dura? Yo no la encuentro dura, francamente. Yo sé que tú estás pensando en la conversación que narro al final; esa es la conversación entre dos muchachos de diecinueve años que están decidiendo si van o no a dejarse matar, como se hizo matar Heraud. Yo tengo todo el derecho de contar lo que cuento. Me he guardado cincuenta años esta conversación y la pongo ahí tal cual ocurrió. Me hubiera parecido terrible omitir algo tan importante como esa conversación con Heraud, que es parte de mis memorias de la guerrilla y de Cuba…

La impresión que le queda a uno luego de leer la crónica es que Javier Heraud se dejó matar por huevón, o peor aún, para no quedar como un huevón. 
Pero es que así fue. Eso es lo que quería. Le hacían bullying al pobre Javier. Él es una de las primeras víctimas de bullying en el Perú. En el Markham siempre lo trataban mal, le metían cabe, le metían la mano, yo sé lo que son esas cosas, porque yo he estudiado en el Guadalupe, que era un colegio más bravo, y se metían con los blanquitos. Como soy medio blanquito sufrí algún intento de ataque, pero yo les metía un patadón bien dado y ni más se metían conmigo. Yo me solidarizo con Heraud porque sé muy bien lo que pudo haber pasado. Pero su destino no fue el más trágico ni mucho menos, el de Chirinos Cúneo fue tan terrible como el suyo, sin duda.

Otra de las crónicas que has publicado, y que apareció en Caretas previamente, es la de Manuel Scorza, que fue muy discutida. Incluso sus deudos mandaron una carta a la revista exigiendo una rectificación. Tú has publicado la crónica tal cual en tu libro y, ciertamente, termina siendo el personaje más cuestionado del volumen…
Bueno, a la crónica le hice algunas leves correcciones cuando la publiqué, pero es esencialmente lo que salió en Caretas. Es un retrato duro, pero Scorza fue muy duro también en su momento; él cometió una cantidad de barbaridades y la mayoría no las cuento, felizmente. Está lo de Populibros, por ejemplo. Estafó a todo el gremio de escritores editándoles libros, pero jamás les pagaba regalías. Y encima se burlaba cuando alguien le reclamaba: “¿Por qué te quejas, si nadie te quería publicar y yo te he publicado? ¿No te gusta que lean? ¿Ah, sí te gusta? ¿Entonces, por qué reclamas? ¿Y encima quieres que te pague?”. Más conchudo era… A él le gustaba vivir bien y tenía un lindo departamento en Miraflores. Él tenía ese dicho famoso: “Miraflores es una isla de felicidad rodeada de Perú por todos lados”. No tenía escrúpulos, era muy arribista, muy oportunista. Y todo eso lo era descaradamente. Yo tuve oportunidad de verlo mucho. Aunque había mucha diferencia de edad nos llevábamos bien, aunque siempre quería aprovecharse de la gente…

Sí, pero ¿de dónde lo sacaste eso que escribes al final de la crónica: “la vez siguiente que supe de él fue cuando murió en un accidente de aviación, en el aeropuerto de Barajas. En una bolsa que su cadáver chamuscado aferraba con desesperación había, cash, 20,000 dólares”?
Eso me lo contó Julio Ramón Ribeyro, que en ese entonces estaba en la Embajada de Perú y había asistido a una escena entre el hijo y la viuda por la posesión del maletín. Y Julio Ramón era un hombre muy recto, muy derecho, incapaz de difamar a nadie. En cambio Scorza… Yo tengo una anécdota que no he incluido en mi libro sobre él y que involucra a Julio Ramón. Esto también me lo contó Ribeyro, de quien yo he sido íntimo. Tiene que ver con el premio de novela que convocaron Populibros y el diario Expreso a mediados de los sesenta. El premio tuvo mucha publicidad en radio y televisión, y tenía como premio mayor cincuenta mil soles. El hecho es que lo ganó Julio Ramón por Los geniecillos dominicales y Scorza no le pagó ni un solo sol de los cincuenta mil del premio. Fue una mecida colosal. Nunca le pagó. Se tiró la plata. Julio Ramón Ribeyro pudo denunciarlo públicamente, pero como era un caballero no lo hizo. Pero era un secreto a voces que Scorza era un pendejo. Hay mucha gente que lo ha sufrido. A Oswaldo Reynoso, por ejemplo, no le pagó nada por los miles de libros que vendió de Lima en rock. Además era un libro que estaba lleno de erratas. Hasta la carátula tenía erratas, y aunque Reynoso le había pedido que cambiara la carátula, Scorza vendía el libro así nomás. Y al título le faltaba una letra, carajo.

Hasta este punto hemos mencionado bastante gente que tú consideras polémica. Ahora déjame preguntarte, Rodolfo, ¿te  consideras una persona polémica?
A mí me consideran polémico porque digo lo que pienso. Yo no soy una persona que disfraza sus pensamientos o sus sentimientos. Si no, no estaría casado hace 28 años con una mujer que trabajó en la diplomacia de su país. Ella es holandesa. Ahí ella descubrió que la diplomacia era una carrera donde le enseñaban a la gente a mentir y a disimular. Y cuando me conoció a mí fue un flechazo, carajo. Yo siempre he dicho la verdad, que es algo que le interesa muy poco a la gente de este país. Aquí la gente miente como respira.

Te lo preguntaba porque en los últimos años te has visto envuelto en varias polémicas con poetas y escritores en general. Mientras repasaba la web buscando información para hacer esta entrevista, me reencontré con una confrontación algo virulenta con Renato Sandoval, en la que declarabas lo siguiente con respecto a su participación y a la de Ricardo Silva Santisteban en la Bienal de Montevideo del 2006: “Ellos son conocidos por su oficio, que presumo lo hacen bien y de hecho han traducido a numerosos poetas del inglés, del francés, hasta del finlandés, pero eso de ningún modo garantiza la calidad de su poesía, que está bien por debajo de la línea de flotación. Lo malo es que se presentaron como poetas, y su intervención hizo bajar el nivel de nuestra representación nacional, fue como echarle agua al vino.”¿Sigues manteniendo la misma opinión?
Bueno, Sandoval como poeta se defiende, pero para mí no es un poeta que cuente nada interesante. Nunca me ha gustado. Además es un conchudo, se cree poeta porque lo invitan a todas partes. Cuando estábamos en Buenos Aires –después de Montevideo fuimos a Buenos Aires-, la Embajada me invitó para leer unos poemas. A él no sé quien lo invitó, pero la cosa es que al final leíamos los dos juntos, él y yo, nadie más. Estábamos en el mismo hotel. Yo salí a tiempo para el recital, el sitio quedaba cerca, además yo era el poeta mayor ahí, yo tenía que cerrar el evento, así estaba programado. Pero Sandoval llegó una hora tarde, en limosina todavía. Lo estuvimos esperando, pero no llegaba. Y entonces tuve que leer al comienzo y él se las arregló para leer al final como si él fuera el poeta principal. Porque es así como se trata a sí mismo el amigo Renato, ¿no? Eso no me gustó nada. Además yo no sé qué hacía él en una reunión donde estaba yo, Carlos Germán Belli, entre otros poetas muy calificados. Es gente que se ha metido por los palos, con un poemita que les publican aquí y allá, como es el caso de Ricardo Silva Santisteban. Yo conozco la poesía de Ricardo Silva, y es pomposa, sentenciosa y muy menor, y tampoco ha hecho carrera en la cosa poética, que yo sepa. Han hecho carrera como traductores, han ganado premios por ese trabajo y por sus relaciones con los editores han logrado publicar poesía. Y pasan como poetas, pero no le dan diploma de poeta a cualquier cojudo, pues. Yo no creo que baste publicar un libro de poesía para ser poeta.

¿Cómo va tu anunciado cuarto libro de poemas, Dioses?
Ahí va, no le estoy dedicando mucho tiempo, estoy quitándome de encima algunas cosas pendientes. Por lo pronto acabo de terminar mi segundo libro de astrología. Como el primero que publiqué, El sistema astrológico (1973), del cual se vendieron cien mil ejemplares en América Latina y España, cumple cuarenta años, he querido sacar una edición nueva, distinta. Este viene con un CD para que puedas hacer tú mismo tus cálculos astrológicos y hagas tu carta astral. Tiene dos sistemas de interpretación, el clásico y uno nuevo que propongo yo, el de la astrología geomagnética. Va a ser publicado en Argentina, donde están muy interesados. Eso es para mí en este momento más importante que la poesía y la literatura. También he terminado un libro que son mis memorias gastronómicas, donde pongo en su sitio a Gastón Acurio para que no se robe la película.

¿Qué es lo que más te jode del actual boom gastronómico?
Yo al final de este libro me termino cagando de risa con eso del dar un día para el pisco sour, otro para la causa rellena, otro para el lomo saltado… me burlo de ese santoral que nos han inventado, de esas huachaferías que tenemos nosotros los peruanos.

Balas perdidas 6

Otro mundo es el nuestro

Visiones y soledades del primer libro de Álvaro Casalino

Los primeros años de esta década no han sido muy pródigos que digamos en lo que se refiere a la aparición de nuevas voces poéticas que  se puedan destacar. Es cierto que aquí y allá encontramos algunos poemas y fragmentos que permiten distinguir a algunos autores con posibilidades a futuro, pero son muy pocos libros estructurados a través de una propuesta inteligente, efectiva y, en el resultado global, lograda. Es por eso que ha sido satisfactorio encontrar y leer El génesis artificial, un primer libro que sorprende por la soltura y dominio de los recursos expresivos que demuestra su autor, Álvaro Casalino Hildebrandt (Trujillo, 1988).

El poemario de Casalino es la declaración de nostalgia por una realidad que ya no existe, más natural y humana, y que ha sido reemplazada por un mundo de máquinas, plástico y desolación que nos promete “una nueva Creación / para que la tragedia predadora subsista”. A través de treinta poemas numerados y un epílogo, escritos con un lenguaje sobrio y un buen sentido del ritmo, Casalino relata este génesis artificial desde un tono a ratos profético, a ratos lírico e intimista que le otorga al libro dos planos que se van alternando con buen cálculo.

El primero busca registrar la decadencia de nuestra estirpe a manos de sus propios artificios: “La imperfección de la vida / llena de espíritu a todas las cosas existentes; / la máquina se rebelará contra su inventor, / con la rutina alcanzará su libertad / y ante el llamado de lo que alguna vez ha sido / la vida que duerme inconsciente bajo tierra // Estos nuevos seres de metal brillarán / bajo el esplendor de la luna llena / y no habrá más dudas / solo la certeza de lo incierto”. Aquí sobresale el afilado dramatismo de las imágenes que transmiten acertadamente el clima desesperanzado y sombrío del mundo que Casalino quiere denunciar: “Criatura ascendente, / vas multiplicando tu saber / pero qué fácilmente confundes los caminos. // Acoges con emoción todas las nuevas palabras / y las palabras se te escapan, como balas, de tu boca / directo al corazón del otro. / Y en el olvido / has hecho desaparecer los tiempos del verano y del verdor / y solo la nostalgia pronuncia tu sentencia”.

El segundo plano atañe a las consecuencias de este Nuevo Orden en el ámbito personal del sujeto poético. Este aparece atrapado por una atroz melancolía, aquella que caracteriza a los seres que envejecen sin tener destino: “Por un rato / han cesado los trinos. / Por un rato / la mañana y la tarde han seguido fluyendo / como ríos de horas hacia la catarata / donde el abismo del tiempo / se ha sentado junto a mi ventana / también para escucharlos”. Es en estos poemas donde Casalino despliega una intensidad lírica inusual que alcanza a desarrollar con innegable vigor los estados de desamparo y resignación en los que el protagonista del libro está sumido.

Pero aunque El génesis artificial es un libro que puede parecer trágico y pesimista –el sujeto poético está reducido a ser un forzoso espectador de lo inevitable-, los últimos poemas del conjunto sugieren la promesa de un regreso al constantemente evocado y añorado mundo natural: “Si me atreviera a escribirte / te tendría que llamar de mil maneras / y mi sorda canción subordinada / sonaría / como un eco eterno / e irrepetible. / Si me atreviera a escribirte, / digo, si me atreviera, / volvería a ser yo cuando era yo / volvería a ser libre”.

Hay que decir que no todos los poemas poseen los méritos ya señalados. En algunas ocasiones Casalino se descuida y hace demasiado explícito su mensaje, llegando a veces a la obviedad característica del panfleto: “los hilos del CONTROL / trazan el escenario sobre el cual / hemos de actuar. / Los tristes muñecos / adictos a su opresión / globalizando obsesiones”. Pero esta objeción no afecta la impresión general que nos produce El génesis artificial: la de un libro solvente que revela a un poeta que puede dar el gran salto en sus siguientes entregas. Estaremos atentos. (José Carlos Yrigoyen)

[Autor: Alvaro Casalino Hildebrandt. Título: El génesis artificial. Editorial Arkabas, 2012. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna.]

Maldición eterna a quien lea estos versos

Una breve pero sustanciosa antología poética de Fernando Ampuero

El buen narrador Fernando Ampuero del Bosque (1949) insiste en que es poeta, a pesar de las aplastantes evidencias que lo desmienten. Incluso en su Antología Personal, publicada hace poco en Punto de Lectura, reincide con una  muestra de su obra lírica. Y como aquí en NMM festejamos la obstinación del talento creador, presentamos una apretadísima selección de los poemas del autor de “Paren el mundo que aquí me bajo”. Sírvanse, estimados lectores, como si fueran exquisitos canapés de los mejores tiempos del catering de Marisa Guiulfo. 

 

 

 

Mujer mojada

Mujer mojada vale por dos,

Mujer mojada por las lluvias y las humedades del deseo.

Mujer disponible, lista, oliendo a cueva y leña encendida,

Apenas cubierta por polito viejo (nunca camisón nupcial).

Mujer verde, violeta, amarillo patito, rojo cereza,

Cuyos libertinos labios ignoran la fatiga del ansia.

(…)

Mujer cobarde no vale un cuerno.

Mujer que pone cuernos algo roto y triste tiene que tener.

(…)

Dos mujeres mojadas valen la pena.

Dos mujeres que aman son mejor que una.

A menos que en una encuentres dos.

Mi medida del tiempo

Huye el tiempo, rumiando su crimen

Y yo lo sopeso en mis manos

Pues mido la vida en hojas de papel

                Kilos de historias

Y tan solo unos gramos de poemas

Pocas páginas para tanto placer y dolor

Pocas palabras para una larga vida

Voces simples: luz, viento, agua fresca

No fue posible la claridad de Catulo

Ni tampoco la epifanía de Kavafis

Pero al menos rasgué tus íntimos velos

Y me comí la luna a cucharadas.

El mejor lugar para llorar

El mejor lugar para llorar es la ducha

Se llora por todos lados

 

Tango del automovilista

Los hombres buscan huecos

Levantan paredes e inventan huecos

Acunan los brazos y siembran huecos

Los hombres anhelan huecos

Para amar, para morir, para estacionar

Juan Gonzalo Rose: sacúdete en tu cripta.

José Carlos Yrigoyen

Verástegui y otras hierbas

Impresiones después de leer Tratado sobre la yerbaluisa

Enrique Verástegui (1950) es, sin lugar a dudas, una de las voces poéticas más notables entre las que han aparecido en el Perú en los últimos cincuenta años. Su primer libro, ‘En los extramuros del mundo’ (1972), se convirtió en un clásico instantáneo, y varias generaciones de jóvenes poetas lo han devorado, estudiado y plagiado con total fervor. Sus siguientes entregas, como ‘Leonardo’ (1986), ‘Monte de goce’ (1991) y los dos tomos de ‘Angelus Novus’ (1989-1990) delataban a un poeta cuyas posibilidades expresivas se encontraban en constante evolución. Aunque son conjuntos irregulares, debido entre otras cosas a su amplia extensión, en ellos es posible encontrar un gran número de buenos y hasta excelentes poemas, como es el caso de ‘Giordano Bruno’, quizá uno de los poemas más hermosos y perfectos de la poesía peruana en general.

Luego de dar por terminado su desmesurado proyecto ‘Ética’, a mediados de los noventa Verástegui fue publicando una serie de libros que, con la excepción del logrado ‘Teorema del Yu’ (2005), han significado un declive que ya parece una caída libre, como se comprueba en ‘Teoría de los cambios’ (2009) y ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ (2012). En anteriores entregas, como ‘El modelo del teorema. Matemáticas para cyberpunks’ (1997) y ‘Ensayo sobre ingeniería’ (1999), ciertos problemas ya eran notorios. Sobresalen el uso artificioso y hueco de las matemáticas y de referentes científicos, y algunos momentos de estrafalaria egolatría como aquel donde el poeta asegura que sus versos nos protegerán de las invasiones extraterrestres; sin embargo, nada hacía anticipar los desatinos que vendrían luego.

‘Teoría de los cambios’ es un absoluto fracaso artístico del cual apenas podemos salvar un par de versos, aparte de un breve epigrama, el primero de la serie Diario Z. El resto es un puñado de galimatías filosóficos, cantinfleos místicos y versos megalomaniacos en los que publicitaba sus libros anteriores como textos sagrados, alternativas contra la desdicha y mensajes “del Ángel Enrique”. La inconsistencia de estos textos, que más que poemas parecen apresurados apuntes en una libreta, hace muy difícil poder tomarlos en serio y, más bien, uno se asombra por el nivel de chambonería de la editorial al pretender hacer pasar como libro de poesía lo que no es más que un desangelado boceto que terminó en la imprenta, todo hace indicar, sin la revisión de un editor responsable.

Si ‘Teoría de los cambios’ es un libro de calidad impublicable, ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ nos deja simplemente sin palabras. Es algo que quiso ser un libro de poemas y acabó siendo un esperpéntico desvarío que gira alrededor de las supuestas propiedades maravillosas de la infusión a la que alude el título, donde caben, de la manera más caprichosa que hay, los farragosos parloteos seudocientíficos y seudozen de costumbre, pero esta vez llevados a extremos delirantes: “Si la sangre de mi ADN contiene el mismo maravilloso despliegue matemático de Albus/Splendor, el sacrosanto libro cosmológico, entonces debo evitar caer en la nadidad”. También encontramos un lisérgico autobombo que se debate entre lo risible y lo lastimoso: “Si mis trabajos filosóficos son superiores a Platón y Aristóteles, no es por otra cosa más que por la invención magnánima de mis matemáticas que expresa la riqueza hecha universo”. Agreguemos a esto que Verástegui podría ser considerado como el primer poeta nacional que incluye entre sus versos anuncios publicitarios para la Marca Perú: “La yerbaluisa brota espontáneamente en todos los canales y acequias de Cañete, lo mismo que en todas las tierras cultivables del Perú. La yerbaluisa, lo mismo que este no tan farragoso escrito, es patrimonio cultural del Perú y de la humanidad”.

Hojear las treinta y pocas páginas de ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ es una experiencia penosa, en la que asistimos a un acto donde el poeta utiliza la ahora precaria plataforma de su poesía para monologar mesiánicamente sobre sí mismo, llegando a la verdadera payasada en varios pasajes, especialmente en la sección IX, donde leemos lo siguiente: “En abril de 1970 publiqué mis primeros poemas en la revista Hora Zero Chiclayo, y fueron alborozadamente recibidos por las feministas y el pueblo peruano”; “me arrodillé ante Ruth, mi bella enamoradita sanmarquina de esos años, y con su mano derecha apretujada por mis dos manos, rodeados por estudiantes bullangueros, le prometí solemnemente que, en la nueva década que se iniciaba, como si yo hubiese sido designado por el Altísimo para cumplir la sacrosanta misión de develar los conocimientos de la sabiduría y hacer la luz en la Era de Acuario”.

¿Cuál es el criterio para aceptar publicar cosas como estas? ¿Es que basta que el autor de este manojo de extravagancias sea Enrique Verástegui para que el editor lo entregue a la imprenta sin realizar previamente su trabajo? ¿Basta que un libro sea firmado por Verástegui para que sea innecesario echar mano del sentido común a la hora de decidir si la calidad mínima de este es suficiente para publicarlo? Es una verdadera lástima que un poeta talentoso degrade libro a libro lo que empezó siendo una obra fulgurante; pero más triste todavía es que existan editores resueltos a seguirle el juego de esta manera tan bochornosa. (José Carlos Yrigoyen).

 

Beto sin Veto

Beto Ortiz dispara a quemarropa: poder, política, TV, Bayly, Hildebrandt, Miyashiro, Agente Sun, viejos ídolos, decepciones nuevas, perversiones, delitos, filias, fobias, arrepentimientos, empecinamientos, Reynoso, Broadway, Watanabe, Billy Collins y, por supuesto, él mismo.

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Entrevista: Jerónimo Pimentel.

– No hemos empezado bien.
– Tú has escrito una de las páginas más horribles sobre mí en toda mi vida. Probablemente la más horrible.
– Vamos, tú también te has burlado de mí.
– Bueno, no nos detengamos en accidentes de trabajo.
– ¿Sientes que estás en tu mejor momento?
– ¿Comparado con qué? El noticiero ha tenido éxito por muchas razones, no todas tienen que ver conmigo. Espero que unas sí, pero no todas. Tengo un equipo que hace la parte jodida. Es un horario horrible. Todos entran con horarios de guachimanes para irse a las 12 del día y a veces más tarde. Como oferta laboral es terrible, pero el equipo está afiatado. He hecho casi toda mi carrera con Martín Suyón, desde La Revista Dominical. Tenemos un entendimiento y una amistad de muchos años. Es fundamental confiar en la gente sobre la que te apoyas.
– ¿Sientes que tienes poder?
– Siento que tengo poder cuando resuelvo problemas de otros. Por ejemplo, cuando llega una mamá que tiene a su hijo en Neoplásicas y necesita determinada medicación o lo que fuere. Me esperan en la puerta del canal para tocarme la luna del carro y decírmelo. Me dan un papelito, lo leo en TV y al final del programa hay 10 personas solucionando el problema.
– ¿Pero en la escena televisiva misma? Estoy pensando en el tipo de poder que tuvo Bayly para sacarte a ti de Frecuencia Latina. Ese tipo de poder.
– No me interesa ese tipo de poder.
– Más allá de si te interesa, ese tipo de poder ocurre o no ocurre.
– No lo sé porque no voy a intentar sacar a nadie para ver si lo tengo. Es como si me dijeras: ¿podré matar? Seguramente, pero no me interesa… por el momento. No creo que el éxito de un periodista sea hacer rodar cabezas.
– Pero es una consecuencia usual.
– Es un concepto equivocado de la prensa. Los periodistas nos alucinamos muy rápido y los de TV peor. Nos ha pasado mucho, a mí mismo en otro momento. Le pasa a Rosa María, le ha pasado a Hildebrandt. La razón por la que no está en TV tiene que ver con su soberbia.
– Antes de llegar ahí, me interesa saber si te sientes cómodo en Frecuencia Latina.
– Mucho.
– ¿En qué consiste esa comodidad? ¿En que nadie te molesta? Hay mucha leyenda sobre la producción periodística en Canal 2. Acerca de cómo se han plasmado los traumas que tuvo Ivcher luego de la expropiación y recuperación de su canal.
– Creo que el respeto te lo ganas. No te voy a decir que en otros programas no ha habido comités editoriales, concejos y gente encima de ti, como es en todas las empresa periodísticas, pero en este caso particular siento que nos hemos ganado un respeto que hace que el canal confíe, algo difícil de conseguir. Cuando te ganas la fama de conflictivo y problemático, de que por joder vas a ir contra la corriente, y esta es la fama con la que he tenido que lidiar, haces que te pongan un policía, un veedor…
-¿Un “garante”?
– Es muy antipático trabajar así. Ahora no lo tenemos. Quiero creer que no lo necesitamos. En todo caso, cuidamos no merecerlo. Es un acuerdo que se rompe muy fácilmente.
– ¿Qué haría que lo merezcas?
– No sé, volviendo al ejemplo Hildebrandt, alguno de sus experimentos para saber cuánta independencia tenía…
-…era hacer reportajes sobre la deuda de Ivcher con el gobierno.
– Lo hizo desde que estaba en la revista Sí, me acuerdo muy nítidamente de un reportaje en el que denunciaba empresas del dueño de la revista, Pablo Maraví. ¿Eso es independencia? No sé. Yo creo que es más bien vocación de bonzo.
– No está Hildebrandt, a mí Rosa María no me parece una buena entrevistadora e igual está como congelada en Canal 13, Bayly vive en Miami. ¿Sientes que estás corriendo solo?
– A la hora que salgo hay un montón de gente entrevistando en Canal N, RPP, en ATV, en el 5.
– ¿Los ves como competencia?
– Todos son competencia.
– Pero sí entiendes mi pregunta.
– ¿Que si me alucino el mejor?
– No, si sientes que la TV ha perdido entrevistadores de peso.
– No sé hasta que punto la TV se lo pierde, se lo pierde el público o lo perdieron los propios periodistas. Es más fácil decir “me censuraron”, “me metí con el poder”. Sí, es verdad, eso pasa, pero también cuando alguien está gritando todo el rato “el lobo, el lobo” ya es como para decirle: mira, por lo menos sobrevive un poquito en algo y después que te censuren. Si te censuran todo el tiempo es porque te lo estás buscando.
– He escrito en NMM que por lo general te desenvuelves mejor en la precariedad. Lo decía pensando en BDP y tu paso por Canal A a fines de los 90.
– ¿Algo así como que los escritores que sufren escriben mejor?
– Digamos que hasta Abre los Ojos mi teoría funciona.
– Hay dos momentos que tienen que ver con momentos políticos del Perú. Mi inicio en Canal A fue un espacio de disenso, en el que podías entrevistar a Toledo u Olivera o dos horas a Vargas Llosa. Fue una buena temporada, pero breve. En este BDP la suerte fue que era la campaña presidencial y en las mañanas estaban haciendo otras cosas: policiales y farándula. Lo que hicimos fue hacer otra cosa, a ver qué pasaba. Y nos costó un montón, meses de comer tierra.
– ¿Tenían rating? Digo, ¿ya se medía?
– Sí, ya se medía pero era patético. Nos costó, pero a los entrevistados, a los políticos, les empezó a gustar que los dejara hablar, una pequeña revolución. Hemos estado acostumbrados al modelo Hildebrandt del periodista incisivo, que interrumpe, que tiene una especie de esgrima de ingenio con el entrevistado para ver quién es más pendejo o quién ha leído más. Pero en campaña quieres escuchar propuestas. Me pareció un ejercicio de tolerancia callarme solo para que el entrevistado hable. Porque la tentación es repreguntar y saltar al cuello, pero me medí y esa fórmula de “agresión pacífica” fue funcionando.

A LA DERECHA DE NINGUNA PARTE

– ¿Te sientes un periodista político?
– Ahora lo soy.
– ¿Pero te sientes así más allá de que lo hagas?
– Para hacerlo tengo que sentirlo.
– No necesariamente.
– Me interesa.
– ¿Tienes un pensamiento político? Mucha gente ha criticado una supuesta derechización.
– ¿Ah sí?
– Sí.
– Tus amigos caviares.
– Estoy pensando en tus problemas con Aprodeh, en la entrevista a Rocío Silva
– A Rocío la conozco de la universidad y no estuvo en su mañana más lúcida.
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– Pero era claro que tú en ese debate, más allá de tu rol de moderador, estabas de acuerdo con Chiabra.
– Yo partía de una cosa bien sencilla: haber presentado el tema de Tito a la CIDH con el auspicio o complacencia o padrinazgo de las organizaciones de DDHH de acá a mí me parece indefendible. Yo no soy tan cristiano como para pensar que una organización que defiende a un asesino como ese sea realmente es una organización que vela por los derechos de la humanidad. Porque no es la humanidad. Es determinados sujetos, determinados movimientos, determinado color político. Si no fuera así, estaría ahorita Rocío Silva ante todas las cortes del mundo peleando por Vilca, Tamani y todos los que han muerto asesinados por Sendero. Nadie ha ido.
– Sientes, entonces, que estás más a la derecha.
– ¿De dónde?
– De donde estuviste alguna vez.
– ¿Dónde estuve alguna vez?
– Por eso te pregunté hace un rato si te considerabas un periodista político. He visto ayer tu entrevista a Oscar Valdés y la de hoy a Keiko Fujimori y están dentro de esto que llamas “agresión pacífica”, dejar hablar. Si sumamos esto, más lo de Aprodeh, más…
– Pero con Diez Canseco es igual, a menos que el entrevistado me diga sandeces indefendibles como Rimarachín, a quien por algo le dicen “Mamarrachín”. Pero Álvaro Vargas Llosa y JDC son tratados con el mismo respeto.
– Más allá de las anécdotas, ¿cómo te definirías políticamente?
– No me interesa definirme.
– Qué conveniente.
– No es estratégico.
– Demasiado conveniente.
– Las definiciones, salvo en el terreno sexual o futbolístico, son innecesarias en estos momentos.

GENERACIÓN DE MIERDA

– ¿Cómo ves a Bayly ahora?
– Cagado, porque creo que lo peor que le puede pasar a una persona es que sus hijos lo odien. Yo no tengo hijos pero si los tuviera quisiera que no me odien. Él no puede ser visto como un paradigma de éxito y felicidad. Es todo lo contrario.
– ¿Alguna vez lo has tenido como modelo?
– Lo admiré mucho cuando estaba en el colegio. Como he admirado a Hildebrandt, a Guerrero antes de saber quién era Guerrero…
– Ambos son escritores, ambos hacen televisión, ambos han jugado con su ambigüedad sexual en público.
– Pero hay muchas diferencias también.
– Las coincidencias son saltantes.
– Sí, pero yo he estudiado en el Padua acá a dos cuadras y él estudió en el Markham. Hay un abismo de diferencias.
– De origen socioeconómico, pero la TV lima un poco eso.
– Eso define quién eres al final, el barrio de donde vienes.
– ¿Sí? ¿No es un determinismo horrible lo que has dicho?
– No, no, porque ¿tú crees que una persona que vive en Jesús María y otra que vive en Camacho son iguales?
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– No creo que nadie sea igual a otro, pero de ahí a que su futuro esté determinado por su origen…
– No he dicho su futuro. He dicho quién eres, no qué vas a lograr en la vida. Tu barrio, tus amigos, tu colegio, van delineando tu personalidad.
– En todo caso, ¿fue alguna vez Bayly un modelo para ti?
– Fue uno de los periodistas que he admirado. Yo he visto muchísima televisión periodística porque estando en secundaria era algo que me atraía mucho. Admiraba a Hildebrandt, a Bayly, a Tealdo. Luego los he conocido y hasta he competido con ellos, pero que yo haya dicho “quiero ser él”, no.
– ¿Le guardas rencor?
– No. Si se lo guardara lo hubiera enjuiciado y le hubiera ganado. ¿Tú no crees que el Poder Judicial de este gobierno lo condenaría? Yo creo que sí.
– ¿Te jugó mal o te arrepientes de haber leído en público el libro de su mujer?
– No creo que ese sea el tema. Tiene que ver con una especie de sorda competencia en el campo mecanográfico. Creo que por ahí viene la cosa.
– O sea, ¿literatura?
– ¿Eso es literatura? No sé, es un poco pomposo.
– Es raro que lo digas tú.
– Bueno, estoy tratando de ser menos pomposo.
– Lo digo porque tienes una condición intermedia: tienes muchos problemas con el precario establishment literario local. Te gusta enfrentarte a él, ponerlo en evidencia y muchos no te reconocen como escritor pese a que has publicado en la misma editorial que ellos.
– Esas son tonterías. Dónde publicas o si te invitan a Guadalajara o no. El reto es que te lean. Nada más. Y a mí me leen. Quiero que me lean millones.
– ¿Te consideras escritor?
– Escribo, pero cuando viajo en Migraciones no pongo que soy escritor, sino periodista. También podría decir que soy comunicador social. Escritor no; es como decir “poeta”. Nadie tiene una tarjeta de presentación que diga “poeta”.
– ¿Cómo ves a tu generación periodística?
– ¿Hay una?
– Sí, pero creo que perdió a mucho de su mejor talento. Estoy pensando en Bruno de Olazábal.
– Bruno es un caso trágico. Creo que él tenía un sentido trágico de la vida. Conversabas con él y era mucho más existencial. Tenía clarísimo que no iba a lograr más de lo que había logrado, de que no le interesaba de acá prácticamente nada, pensaba que este era un país de mierda. Su visión era negra.
– ¿Toda tu generación no tiene un marcado impulso tanático?
– Sí, porque nos tocó vivir en un país de mierda, aunque éste tampoco es Disneylandia. Quizás eso ha hecho que los periodistas de mi generación, y esto no es una hipótesis sino una comprobación que veo cuando reviso las notas de la gente con la que trabajo ahora, tenían algo que los periodistas de hoy no tienen…
– ¿Qué?
– Al periodismo ahora le falta pasión, entrega, fibra. No hay o no veo gente obsesionada con su historia.
– ¿Por qué crees que pasa eso?
– Tiene que ver con Internet. Todo es muy fácil ahora. Y todos son periodistas porque todos tienen un smartphone. Y con esta huevada todos escriben y toman fotos y graban vídeos. Todos opinan. Twitter es una pesadilla, una página editorial infinita. La herramienta está al alcance de todos, pero todos no son buenos para hacerlo.

“LA PEDOFILIA NO ES UNA FIGURA LEGAL, ES UNA PERVERSIÓN”

– ¿Cómo ves en retrospectiva tu carrera? Vi tu exposición al polígrafo y me sorprendió que no hayas tenido reparos en repasar episodios vergonzosos. Te preguntaron por el tema de la pedofilia y por el del Agente Sun y te sentías cómodo respondiendo.
– Veo que está en tu lista.
– ¿Cómo ves esos episodios ahora? Debe ser difícil porque no tienes autoridad moral para hablar de un montón de temas…
– ¿Te parece?
– Bueno, no vas a hacer un reportaje sobre pedofilia.
– ¿Por qué no?
– Porque has sido procesado por eso.
– ¿Cuándo he sido procesado?
– Investigado.
– Nunca llegó a ser una acusación, fue una denuncia de Lucy Borja a través de uno de sus muchachos en una comisaría. Durante la época Fujimori/Montesinos se sacó ese expediente y estuvo dos semanas en Magaly, las dos primeras semanas de enero del 2000. Ese fue un rol que Magaly cumplió y que nadie recuerda. Se convirtió en una fotonovela de las páginas centrales de El Mañanero, La Chuchi, El Chino, El Tío, etc.
–  Pero has contribuido a que eso ocurra.
– ¿Cómo?
– Poniéndole a tu discoteca Papá Piraña. Has construido sobre ese tema.
– Que a mí me vengan a agitar a estas alturas ese tema me produce risa, porque lo único que revela es una homofobia tan anacrónica que simplemente por el pudor de ser políticamente correcto debería ruborizar a los editores que siguen escribiendo cosas como “la denuncia de pedofilia”. La pedofilia no es una figura legal, es una perversión.
– Bueno, estupro.
– Tampoco estupro, el delito tendría que ser abuso sexual. A lo que voy es que la portada de Caretas contra mí estaba plagada de chicos de 20 o 21 años, cuando ellos publican en sus sesiones de moda a chibolas de probablemente menos edad que son tratadas como objetos sexuales. Y cuando pasan La Presencia de Anita todo el mundo se pajea con La Presencia de Anita y todo bien. Es homofobia. Cada vez que yo le caigo mal a alguien o digo algo inconveniente para alguien es lo mismo: pedófilo. Es ridículo, porque las parejas que he tenido no pueden salir a defenderme, porque tienen cuarentaitantos años y no les interesa la fama. ¿Qué tendría que hacer? Salir a decir: “yo me acosté con todos estos y tienen mi edad”.
– Pero no es tan gratuito, hay testimonios de chicos. Pueden haber sido coaccionados o no, se pueden haber retractado o no, pero hay testimonios. Yo los he leído.
– Pero estás repitiendo el discurso de la prensa de entonces.
– No, para nada. Revisé el archivo de Caretas y leí no solo la discusión alrededor de la acusación, sino los que publicaron después. Y ha habido chicos que han dado testimonios, aunque luego se hayan desmentido. Pero no es que no haya nada. No es que alguien se haya inventado de la nada que tú eres pedófilo.
– Solo voy a decir algo más: desde el punto de vista romántico-literario, ha habido un montón de gente homosexual que ha sido satanizada con ese sambenito que agita los fantasmas más horribles. No hay nada peor que un violador de niños, salvo un caníbal. Ponerle a una persona pública esa etiqueta normalmente la tendría que destruir para siempre. Y claramente a mí no me ha pasado. Ponte a pensar: el Perú tiene que haber avanzado para que un periodista que se sienta un día con el primer ministro, y otro con la candidata que quedó segunda, y otro con Vargas Llosa sea un homosexual declarado. Porque eso era impensable hace 10 años.
– Pero hace 10 años tú mismo entrevistaste a Vargas Llosa.
– Pero yo no había dicho que era gay, Hay una diferencia entre decirlo y no decirlo.
– ¿Sientes que la homosexualidad te ha servido para crear tu figura pública?
– No, me ha estorbado. Un montón.
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– ¿No te ha diferenciado de alguna manera?
– Probablemente, pero de ahí a que sea un trampolín a la fama, no. Mi carrera hubiese sido más fácil si hubiera sido heterosexual, con esposa e hijos. Muchos homosexuales de la TV lo hacen. Hay mucha gente que tiene claro que necesita proyectar esa imagen y yo tengo claro que no voy a tratar de ser lo que no soy. Por tener un programa, un buen sueldo, un status, no voy a presentar una mascarada. Sería sicópata. No creo que me haya servido para nada, al contrario. Muy probablemente la hubiera pasado mejor siendo “normal”.
– ¿Pero tú no has utilizado la ambigüedad sexual? Una vez entrevistando a Reynoso él me decía, refiriéndose a Bayly, que a veces los homosexuales que salen del clóset y hacen este tipo de juego o caricatura de la homosexualidad como estereotipo, terminan haciendo más daño que generar apertura o tolerancia.
– Es discutible, yo a Oswaldo le tengo mucho cariño y respeto, pero él ha estado obligado por su época y por el Perú que le tocó a estar escondido, aunque todo el mundo sabe que es gay. Cuando le sacan una nota la titulan “China hereje”, porque su novela es sobre China. ¡No seas pendejo! ¡Y es La República! Al final, creo que si uno no da la cara está dando el mensaje: “tengo vergüenza de quien soy”.
– ¿Estás a favor, entonces, de que los personajes públicos homosexuales salgan del clóset?
– No solo estoy a favor, la última vez que estuvo Pedro Lemebel acá me contó que él había encabezado, con su movimiento Las Yeguas del Apocalipsis, una campaña para sacar del clóset a todos los homosexuales públicos.
– ¿No es penoso?
– Es el otro extremo, es una práctica política que se llama outing. O sea, yo estoy peleando y dando la cara por ti, maricón de mierda que estás abajo de tu cama. Por tus derechos. ¡Qué tal concha! ¡Sal de la cama y ven a pelear conmigo!
– ¿Estás dispuesto a hacerlo en Lima?
– Alguna vez lo puse en tono de broma en mi página web y poco más y me prenden fuego. Puse una antología de “heterosexuales declarados” y perdimos una cantidad enorme de entrevistados en el programa. Hasta ahora muchos me tienen miedo porque los gays en el clóset sienten que si vienen al programa yo los voy a sacar. Hay entre 30 y 40 personas que no van a venir nunca.
– ¿Has sacado a alguien del clóset en vivo?
– Si el televidente está mirando a una persona y por sus ademanes y gestos está preguntándose si es o no es, tienes que hacer la pregunta para no quedar como idiota.
– Entonces es un miedo fundado.
– Sí, pero no puedes vivir gobernado por ese miedo. ¿Vas a dejar de dar una entrevista si eres un artista de Broadway porque te van a preguntar si eres gay? Eso no es ser gay, es ser maricón. Pero creo que en eso todavía nos falta avanzar. Aunque insisto: que las señoras y madres y padres de familia me saluden y me apapachen me parece alucinante.
– Un signo de tolerancia.
– Sí, hay que reconocerle a la gente más joven ese emérito. No creo que tenga que ver con Bayly, ni conmigo, ni con Coco Marusix. Creo que tiene que ver con que la gente más joven se relaciona de una manera más saludable. No es mi generación, ni la tuya, ni la de Oswaldo Reynoso. Juan Gonzalo Rose tenía que meter a alguien al baño cuando estaba bien borracho. Eso es patético.

EL AGENTE SUN

– Hablemos de el Agente Sun y tu posterior exilio.
– No fue posterior. Yo me fui antes de que existiera el tema. Me fui el 28 de junio del 2003. Me da risa porque se ha convertido en “tú te fuiste por el juicio por pedofilia”. Eso me preguntó Romina Antoniazzi en Canal 2. “El caso Magaly te hizo huir del país”. Ahora Caretas dice que huí a Argentina por su portada. Ojalá yo pudiera huir del Perú cada vez que hubiera un problema.
– Pero sí hubo una relación entre tu salida y el audio Almeyda-Villanueva.
– No, yo me voy de la TV a fines del 2002. Me pasó todo lo malo junto: me cerraron Vidas Secretas y Dios nos libre; en diciembre ocurrió la catástrofe de la discoteca, cuyos costos hasta ahora estoy pagando
– S/. 500 mil…
– …a nivel personal y afectivo tenía una catástrofe horrorosa. De haber tenido trabajo, un súper departamento en Víctor Maúrtua, dos carros, no tenía ni mierda. Quedarme en el Perú para ser lo que los gringos llaman un has been, no. Tenía un boleto que me habían regalado por el día del periodista. Con ese boleto me fui. Quise desaparecer. Me fui porque era eso o el Puente Villena.
– Pero el Agente Sun….
– Fue el 2004. Fue un caso que había seguido desde que tenía el programa y tenía documentación.
– ¿No crees que te equivocaste?
– ¿En qué extremo?
– Por ejemplo, en la transcripción del audio. Se publicó en Perú 21 una transcripción que luego se confirmó que era inaudible a través de dos peritajes técnicos. Ustedes publicaron un cuadernillo completo.
– Fueron 4 páginas.
– Fue un inserto.
– La investigación puede haber tenido vacíos, porque no te olvides que estaba allá.
– En redacciones se comentaba que el audio estaba en venta, que se comercializaba.
– Si se comercializaba, el último que podía comprarlo era yo.
– Una situación poco clara, por eso te pregunto.
– Justamente por eso termino involucrado en la denuncia. Es la primera vez que el denunciado y el denunciante terminan en el mismo proceso. El Agente Sun denunciaba, Almeyda era el denunciado y yo era el periodista que contaba la historia. Y los tres fuimos denunciados por el mismo delito. ¡Es para una tesis de Comunicaciones! Y yo yendo todos los viernes del año 2006 y 2007 a un juzgado anticorrupción a unas audiencias que deben haber sido los días más horribles de mi vida. El solo juicio es la condena. En el Perú se condena a ir a juicio. Es un castigo suficiente. Al final ese juzgado me declaró inocente.
– ¿Es la única vez que has sido investigado judicialmente?
– No, juicios por difamación he tenido. El único que perdí lo apelé: un juicio que me puso Blanca Rosales. Le gané en la Corte Superior. En la época de Enemigos Íntimos era muy gracioso, porque como yo era el periodista, si en un reportaje se decía algo yo acababa enjuiciado, si Aldo Miyashiro decía algo, yo era enjuiciado…
– Bueno, Aldo Miyashiro aprendió a hacer periodismo contigo.
– No sé si ha aprendido a hacer periodismo, ha aprendido a conducir. Él sabe que no es periodista, a pesar de que pasó por la Bausate con su amigo Martín Arredondo. Pero él siempre se ha apreciado de no serlo.
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– Es un buen escritor, ‘Misterio’ es una excelente obra.
– Es un buen dramaturgo. Pero él ha estado acostumbrado a algunas actividades que son más trabajosas que el periodismo, como hacer una serie de ficción o montar una obra de teatro. Él hacía eso y lo hacía bien, pero descubrió en la conducción del programa una fórmula perfecta para su estilo de vida. Llegar unos minutos antes, chambear una hora y ya está. ¿Qué rico, no?
– No tienes ninguna autocrítica.
– Sí, un montón.
– ¿Cuál es tu peor error?
– ¿El peor? Hay varios. Dentro de lo peor está algo que has apuntado en tu libreta y no me has preguntado.
– ¿Vidas secretas?
– Algunos episodios fueron muy crueles, sádicos.
– ¿Estás pensando en el hijo de Magaly?
– No, estaba pensando en Janet Barboza y en Carlos Cacho. Él me ha contado después lo mal que la pasó y todos los efectos secundarios que tuvo ese programa. Y de hecho eso es algo bueno que nos debería pasar a todos los periodistas, que alguna vez la prensa nos agarre entre sus fauces y nos haga mierda. A mí me ha pasado. Una vez escribieron en Caretas una página entera contra mí.
– No fue una página entera.
– Que alguna vez te levantes y esté tu foto en todas las portadas con titulares horribles, es algo que todos deberíamos vivir para saber qué se siente. Tenemos un poder y a veces es bueno sentirlo en carne propia.

AQUÍ NO HAY POESÍA

– Hablemos de literatura.
– ¡Qué aburrido!
– Siento que eres un escritor frustrado, pero no sé si decirlo porque en realidad has publicado cinco libros.
– Sí soy frustrado, porque tendría que haber escrito más y mejor.
– Cuando se publicó en libro la entrevista a Vargas Llosa dijiste que de alguna manera te intimidaba ese tipo de escritor.
– Hay que ser consciente de las limitaciones.
– ¿Te gusta tu novela?
– No la he vuelto a mirar.
– ¿Has vuelto a leer otros libros tuyos?
– Sí.
– ¿Qué te gusta y qué no?
– Las crónicas de ‘Por favor, no me beses’ me gustan. Las podría escribir igual de nuevo. Tengo satisfacción con el resultado. No te voy a decir que estoy orgulloso, pero creo que si tuviera que escoger con qué me quedo, que no es mucho….
No has publicado poco…
– Sí, pero siempre tengo el reclamo de que ese ya lo leí, ya salió. La gente que lee es un grupito pequeño que también lee revistas y diarios. Pero yo siento que no he escrito todavía nada importante ni muy valioso. Creo que escribir es como un deporte: hay que seguir y seguir y por ahí te liga un campeonato.
– ¿Te interesa el reconocimiento de tus pares escritores?
– No. Sería muy desalentador. Para empezar no son mis pares, son mis impares. Segundo, la gente que escribe se toma demasiado en serio.
– ¿En quién estás pensando?
–  En Iván Thays, a quien conocí cuando era un pundonoroso miembro del Taller de Literatura de la Universidad de Lima. Estaba Bellatin, Rocío Silva, etc. Thays iba como sapo de la Católica y desde esa época me lo imaginaba con un traje de pana, un cuello de bobos y una pluma de ganso. Siempre lo he visto así.
– ¿Cuando lo has leído también?
– Salvo en esto último que publicó, que es lo más sencillo y lo que a mí más me ha gustado, ‘El orden de las cosas’.
– Es lo mejor que ha escrito.
– Pero cuando se pone demasiado rebuscado me pone de mal humor. Yo entiendo que alguien como él o alguien como Faverón, que me reta a escribir una tesis sobre Bolaño y los nazis…
– ¿Dónde nace tu pelea con él?
– No tengo ninguna pelea con él.
– Los has mencionado en tu última columna…
– Yo lo conozco a Faverón porque básicamente era la guaripolera mayor de Fernando Ampuero. Cada vez que Ampuero publicaba un libro Faverón escribía unas críticas absolutamente mamonas y, por una coincidencia, cuando Ampuero sale de la edición de Somos le entrega el cetro a Faverón. No estoy sugiriendo una relación causa-efecto pero así fue. Y yo lo conozco de esa época porque era colaborador de Somos. De hola y chau. Esa visión  que tiene él y algunos de la literatura como algo sesudo, erudito y elevado, me parece muy respetable pero no me interesa.
– ¿Te molesta la academia?
– Sí, pero ¿qué es la academia? Martha Hildebrandt es mi amiga y nos llevamos muy bien.
– No sé si la academia la ve muy bien a ella. La normativa es la rama más aburrida de la lingüística.
– Claro, claro. Creo que hay una división entre los escritores que escriben porque necesitan escribir y los que escriben porque están buscando ser celebrities literarias. El lado celebrity lo tengo largamente satisfecho, hasta empachado, por mi lado profesional. Tal vez si no estuviera en TV me hubiera dedicado a ser parte de esa farándula… ¡porque las presentaciones son farándula pura! Quién presenta, con quién sales en la foto, etc.
– También has participado de eso, recuerdo tu presentación de la novela de Paul Alonso.
– Lo conozco bien, por eso escribo de eso. ‘Clásicos de la provincia’ es eso. Pero bueno, tengo algunos libros pendientes y no sé cuándo los voy a escribir.
– ¿Novelas?
– La palabra me amedrenta un poco.
– Manejas mejor el género corto.
– De hecho se supone que hay que aspirar a escribir la novela, pero tampoco es obligatorio.
– ¿Qué lees?
Me he pegado con los dos uruguayos que descubrí cuando viajé.
– Levrero y…
– …Felisberto Hernández. Es un vuelo alucinante. Pero ya eso parece una declaración de Iván Thays. Me da miedo decir que leo porque te vuelves culturoso. Siento que te aleja de la gente. Lo acepto cuando es una conversación que no tiene jactancia. No me interesa el duelo de lectores, como Faverón. ¡No voy a escribir una tesis sobre la literatura nazi y Bolaño! ¿Por qué tendría? ¡Qué aburrido!
¿Has leído algún libro de él?
– ¿Ha escrito libros, no?
– Una novela, ‘El Anticuario’; y una antología de relatos sobre la violencia terrorista.
– He leído sus artículos de Somos. No creo que nadie los tenga recortados.
– ¿Cuál es tu relación con la poesía?
– Leo mucho, pero no soy poeta. He tratado como todo el mundo. Pero leo mucho.
– ¿De dónde viene? Porque los lectores de poesía o son poetas o no existen.
– Probablemente venga de la oficina de la dirección del colegio que mi mamá dirigía, donde yo tenía que quedarme porque no tenía nana. Me quedaba en la biblioteca de su dirección. Me gustaba. Dibujaba o leía. He consumido poesía desde el colegio.
– ¿Te quedas en Lucho Hernández o lees a poetas contemporáneos?
– La gente de Inmanencia me parece interesante. Rocío me los recomendó. He estado releyendo Watanabe, en este momento me cae muy bien. En otros tiempos me ha gustado la poesía de Bukowski. Una época se me dio por leer poetas americanos, como William Carlos Williams. Pero invítame un café en el Juanito y hablamos dos horas de literatura. Los lectores de tu blog se van a aburrir.
– No, les encanta. Te lo pregunto porque no hay mucha gente que lea poesía y empate con, digamos, la cultura popular. Yo siento, y disiento contigo en esto, en que Josefina Barrón no es un buen ejemplo. Por eso no entiendo mucho por qué te indignaste cuando la invitaste al programa y te cortaron la entrevista.
– Es una mierda, yo lo sé. A mí me pidió que presente el libro, pero cuando me lo mandó dije: ¡asu! Me tuve que disculpar. Me fui por otro lado, le dije que estaba hablando de los Kens y las Barbies y yo no pertenezco a ninguno de los dos. No sé de qué va y no sé qué decir.
– ¿La invitaste como gesto?
– Me indigné porque no te pueden tirar un comercial en la cara, es como que te impriman un aviso encima de tu artículo. Pero no hablemos de literatura. Billy Collins, ¿has leído a Billy Collins?
– No.
– Entra a Google. Su poesía es bellísima. Irónica, tierna, coloquial. ¡Qué raro que no lo conozcas!

Más cansancio que algarabía

Una mirada a la obra de Paolo de Lima
Juan Paolo Gómez Fernández (Lima, 1971), conocido en el ambiente literario por el seudónimo de Paolo de Lima, ha reunido su obra bajo un pleonasmo: Al vaivén fluctuante del verso (Lima, 2012). El volumen contiene sus tres libros publicados, Cansancio (1995 y 1998), Mundo Arcano (2002) y Silenciosa algarabía (2009), así como tres poemas inéditos, Rociando mi frente a esas voces sentidas, Huella descaminada y La escritura es una ética.

Paolo de Lima ha declarado desde mediados de los noventa que a él no le interesa “escribir bien”, sino ir más allá de la seguridad de lo establecido por la tradición. Pero lo cierto es que, más que el testimonio de una evolución hacia la madurez artística, esta compilación es la crónica de un aprendizaje lento y esforzado que empieza desde la misma inopia expresiva y finaliza con los frutos más logrados de esta experiencia: algunos poemas elaborados con ajustada corrección.

En general, el trabajo de De Lima no termina de satisfacer debido a las profundas indefiniciones que afectan los proyectos que ha emprendido. En Cansancio, por ejemplo, el autor no decide qué estilo e intención dar a sus poemas y por ello estos acaban siendo inconsistentes estructuras que no califican ni como ejercicios: “El corazón avizora desde un balcón limeño / Transitan chismosas chibolas. Habría // que establecer la conjunción del rechazo y la / indiferencia. Habría que buscar invernales distancias sin Ella. / Sin embargo, no llego / a nacer”. Y cuando en medio del retórico desorden de su debut De Lima pretende la complicidad del lector y conmoverlo, su ingenuidad lo hace fracasar sin paliativos: “Soy feliz escribiendo / porque conocerte es lo mejor que me ha sucedido / (y conocerte también)”.

El desconcierto continúa en Mundo Arcano, aunque aquí De Lima es un poco menos arbitrario a la hora de confeccionar sus poemas. Esta vez elige tópicos acartonados que en realidad son pretextos (el desierto, una noche solitaria bebiendo whisky y escuchando jazz) para sacar de la manga una serie de inocuos artificios que quieren crear la apariencia de una escritura fresca y despojada. Los resultados, sin embargo, encallan siempre en lo trivial: “Los cuatro puntos cardinales son tres: sur y norte / un mal chiste leído en Chile, como los cinco puntos cardinales de Cuba. ¿Y Montreal? Martín Adán habló de Montreal”. Esta sensación de que el poeta carece de objetivos claros parece refrendada por una de las artes poéticas del volumen: “Que si la próxima vez / No sé qué / O sobre qué / Escribir / Hacerlo siempre / Sobre cualquier cosa”.

En cuanto a Silenciosa algarabía, es, sin duda, el mejor libro de los que ha publicado Paolo de Lima. Como ya he apuntado, es un correcto trabajo con el lenguaje que saca adelante composiciones como Cierto y en algún modo semejante y De Boston a Ottawa, que, más allá de ser los mejores poemas que Paolo de Lima hasta ha escrito a la fecha, son los primeros poemas propiamente dichos que este autor ha publicado. No obstante, el conjunto no se ve libre de las imperfecciones y vacilaciones de costumbre, que crean dudosas imágenes como esta: “…el cuerpo y su corazón de tormentas, músculos de hojalata”. Los inéditos que integran la última parte del volumen son una prolongación, sin mayor brillo, de los temas tratados en Silenciosa algarabía, y corroboran la impresión de que De Lima ha alcanzado un mínimo dominio formal con el que puede comenzar, por fin, a plasmar un discurso personal y medianamente fluido.

Lo que nos lleva a decir lo siguiente: a pesar de haber sido iniciada hace casi veinte años, la obra poética de Paolo de Lima recién está por escribirse. (José Carlos Yrigoyen)

[Autor: Paolo de Lima. Libro: Al vaivén fluctuante del verso. Hipocampo editores, 2012. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial.]

Diario de un mal año (1): recuento de poesía

No ha sido este un año alentador para la poesía peruana. La campaña electoral afectó mucho la producción cultural, por lo que en definitiva los 8 meses (nadie publica de enero a marzo, como tampoco en diciembre) se volvieron 4. Aún tomando en cuenta ese atenuante, el resultado es pobre: en total, no deben haber llegado a librerías más de 5 poemarios de interés. Las decepciones, por otro lado, no son pocas, tanto entre viejos como jóvenes. Veamos.

Poemario del año

Berlín’, de Victoria Guerrero. En este último capítulo de una trilogía que empieza con ‘El mar, ese oscuro porvenir’ y continua con ‘Ya nadie incendia el mundo’, Guerrero asume riesgos tanto formales como temáticos y consolida un proyecto poético que la pone entre las voces preeminentes de su generación. De lectura obligatoria.

Medalla de plata

Dos buenos regresos. Martín Rodriguez-Gaona por ‘Códex de los poderes y los encantos’ y Giancarlo Huapaya por ‘Taller sub verso’.

En el ‘Codex…’ MRG tiene por lo menos 3 poemas que irán de frente a sus postreros selected poems, como ‘La dueña y los altos oficios’ y ‘Hoy viernes que proso estos versos’. No es poco si tomamos en cuenta lo que decía Gottfried Benn: un poeta, a lo más, escribe  6 buenos poemas en su vida. Huapaya, por su parte, afina su propuesta poética dando un salto enorme respecto a su entrega anterior, ‘Polisexual’. ¿Una curiosidad? MRG escribe: “Por lo demás,/ cada día estoy más consciente de que mi preocupación/ real es ser mujer/ antes que poeta”. Huapaya responde: “Soy mujer por estrategia política”.

Menciones honrosas

John Martínez por ‘El Elegido’ y Miguel Ángel Sanz Chung por ‘La casa amarilla/ Casa abandonada’.

Martínez construye una buena poética en una tradición por lo general desatendida, aunque peca de tímido: hubiera provocado un acercamiento menos seguro a la danza de tijeras. Su mérito está en lo reflexivo/contemplativo, pero el proyecto invitaba a una inmersión más atrevida, menos respetuosa, a la figura del danzak.

Por su parte, Sanz Chung acierta y yerra a la vez. ‘La casa amarilla’ es un buen libro que muestra las virtudes de su autor: cadencia, sonoridad, lenguaje. Sin embargo, estos logros desaparecen en ‘Casa abandonada’, donde exhibe los límites de su propuesta. La pregunta es: ¿había necesidad de publicar un díptico? Creemos que no: ambos libros responden más a una obsesión conceptual que a una real necesidad expresiva, y el precio a pagar es la irregularidad.

Mejor reedición

‘Ruda’ de José Cerna y ‘Contra natura’ de Rodolfo Hinostroza.

‘Ruda’, publicado por primera vez en 1998 pero cuya creación comprende varias décadas, es el único poemario que ha publicado  Cerna. Como su edición príncipe apenas circuló entre algunos pocos lectores, esta reedición, pulcramente realizada por la editorial Sol Mayor en folios libres, propicia el reencuentro con un libro notable, el mejor producto de la corriente estructuralista de Hora Zero.

Por su parte, Lustra nos brindó una nueva y lujosa versión de ‘Contra natura’. Diseño, formato, papel y acabados tributan los 40 años de la edición de Barral de 1971, lo que permite a nuevos lectores disfrutar la obra esencial de Rodolfo Hinostroza, prácticamente inencontrable.

Decepciones

Tres poemarios luchan a pulso en esta categoría: ‘Latitud del fuego’ de Andrea Cabel, ‘Quise decir adiós’ de Enrique Sánchez Hernani y ‘Mares’ de Diego Lazarte.

Cabel apuesta por la fórmula de ‘Las falsas actitudes del agua’ y termina imitándose a sí misma. Es un error frecuente en los autores que se encandilan con su propia voz. La poesía no trata de eso.

Sánchez Hernani confunde testimonio con poema. Nadie duda de lo hondo de su relación con Constantino Carvallo, pero el exceso sentimental, sin un adecuado respaldo expresivo, torna a la poesía en sensiblera.

Lazarte comete el mismo error de Cabel, con el agravante de que en su caso los resultados son menos meritorios.

NOTA. Próxima entrega, recuento cultural: novela, ensayo, teatro, cine, música y otras yerbas.

Balas perdidas (5)

Ajuste de cuentas (con uno mismo)

A medias roman à clef, a medias bildungsroman, ‘País sin nombre’ (Mesa Redonda, 2011) es el debut novelístico del poeta José Rosas Ribeyro, conocido sobre todo por su estupendo poemario ‘Curriculum Mortis’ (1985; hay un pequeño lote de ejemplares redescubiertos que se puede encontrar en Librería Inestable).
La novela funciona como una suerte de visión de parte de una época, entre los sesenta y setenta, donde las militancias políticas y poéticas eran los tránsitos naturales de eso que hoy se llama “lo publico” y “lo privado”. Así, como telón de fondo del descubrimiento vocacional, las ansias revolucionarias y el despertar hormonal de Javier Rosales Riquelme -el evidente alter ego del autor-, vemos pasar los procesos sociales peruanos apenas maquillados, como la instalación de la dictadura militar de Velando o las veleidades del partido arpista; junto a eventos propios de la movida literaria de la época, como la creación del grupo Nueva Era (anunciada en la revista ‘Máscaras’) o el nacimiento de la poesía del cuerpo a partir de la edición que Rosales y Elmer Bustos hacen de una poeta suicida llamada María. Como dice el disclaimer inicial: “…toda similitud con personajes, hechos y lugares reales es pura coincidencia”. En fin.
Ya en este punto podemos mencionar un primer apunte crítico: la novela de JRR nunca alcanza la autonomía suficiente como para que nos podamos desasir del correlato de realidad al que continuamente alude, razón por la que creemos que hubiera sido más provechoso evadir la excusa ficcional. Esto podría ser un problema de lectura, pero el autor pone mucho de su parte en ello: tal vez la resistencia confesa que JRR tiene por el narrador omnisciente lo obliga a insistir en una visión unívoca, lo que torna a la novela plana (Bolaño salvó el escollo al hacer polifónica la segunda parte de ‘Los Detectives Salvajes’); la fruición por el anecdotismo es, por decir algo suave, incontinente (522 páginas); y la poca pericia técnica del autor termina por reforzar la sensación de que ‘País sin nombre’, más que una novela, pudo ser una buena memoria, si existiese la costumbre de hacerlas.
No es que confundamos realidad con ficción, pero no podemos dejar de señalar el efecto paródico del recurso. No sirve de nada, como le exigía Eliot a los críticos, que éstos juzguen a una obra por lo que no quiso ser, pero la excepción aquí parece justificada: ¿por qué llamar Verdejo a Vallejo y parafrasear malamente sus versos? ¿Tiene algún sentido literario decir que el famoso verso de María Emilia Cornejo no es “soy la chica mala de la historia” sino “la chica pérfida” con el único fin de mantener la verosimilitud interna, la cohesión ficcional?
Otro problema tiene que ver con la ambición. Cualquier novela que exceda el medio millar de páginas está condenada a ser magnífica, pues no se entiende otra razón para privar al lector de ese hermoso recurso que es la economía de lenguaje. En cambio, en ‘País sin nombre’ nos encontramos con cambios temporales caprichosos que no responden a una estructura pero que sirven para crear largas digresiones sobre lo que el autor piensa del mundo; metáforas dudosas, como aquella que compara a un hombre durmiendo en la cama con un “taco mexicano bien caliente” (defecto grave en tanto la buena poesía de JRR prometía una prosa más atildada, expresiva y musical); y serios problemas al momento de plasmar la oralidad, como cuando se le hace decir a un personaje que la comida nacional es “para chuparse los dedos” o a otro que lo acompañe “sin chistar”. Finalmente, el espíritu de fabulación es contradictorio: el autor no ha tenido problemas para desarrollar los episodios más nimios, en cambio, nos regala de vez en cuando hartazgos como éste: “Después, hablamos de algo más pero ya no me acuerdo de qué y me da una enorme pereza inventar ahora un diálogo adecuado para la escena”.
La novela repunta, en cambio, cuando la voz se detiene en los procesos emocionales para ahondar en algo que aún no está suficientemente literarizado: la educación emocional de la época. En algún momento de los setenta en ese país sin nombre tan parecido al Perú se mezclaron demasiadas corrientes a la vez: marxistas y maoístas duros con guerrilleros románticos guevaristas, militares revolucionarios con represivos, sindicalistas y diletantes, beats y hippies, migrantes y criollos, etc. La gran historia que aún no se cuenta y que aquí se vislumbra tiene que ver con esos humores y calores, con ese juego emocional y sentimental detrás de las ideologías. Los personajes masculinos que hubieran podido crear estas dinámicas, sin embargo, no están del todo desarrollados, ya que el autor apuesta solo por uno, adivinen quién. Aún así, ‘País sin nombre’ tiene el raro acierto de crear un puñado de secundarios femeninos memorables, como Magda, La Chola y Carolina, que bien pueden figurar en una antología del amor revolucionario junto a la Tamara Fiol de Gutiérrez.
‘País sin nombre’, en el balance final, es un producto narrativo poco convincente. No podemos dejar de pensar, de todas formas, qué hubiera sido del libro con 200 páginas menos y un buen editor. (Jerónimo Pimentel)

[José Rosas Ribeyro, País sin nombre (2011). Grupo Editorial Mesa Redonda. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial].
Esa fuente existe

La primera etapa de la obra poética de Sonia Luz Carrillo (Lima, 1948) se inicia con Sin nombre propio (1973) y llega hasta Tierra de todos (1989) abarcando cuatro libros en total (los otros son …Y el corazón ardiendo, de 1979, y La realidad en cámara oscura, de 1981). No hay diferencias significativas entre estos volúmenes: se trata de una poesía en arte menor, de ínfulas contestatarias, intermitentemente progre, panfletaria en sus peores momentos (como su poema Concurso de belleza, que acaba así: “Ha salido ganador / el ejemplar / que se asemeja / al prototipo que impone la metrópoli. / Dentro de poco/ será exhibido/ en el circo de Bob Hope / allá, en el Vietnam”) y a la vez con pasajes hogareños, líricos e introspectivos que intentan atenuar cierta sensiblería recurrente con una ironía que en el mejor de los casos puede resultar simpática (“Dime Safo, / tú que también fuiste hembra / e intentabas poesía / ¿Fuiste también tenida / en bello / apetecible / gran estorbo?”).

La segunda etapa de la obra de Carrillo se inicia con Las frutas sobre la mesa (1998), que, sin llegar a las alturas de otros compañeros de promoción setenteros, es sin duda su mejor libro, bastante menos ingenuo y expresivamente más cuajado que sus poemarios anteriores. Carrillo deja de lado sus veleidades revolucionarias y realiza un correcto ejercicio de autoconocimiento al que no escapa su trabajo con la palabra ni el arreglo de cuentas con el pasado:“A tiempo nos pusimos a distancia / de discursos envejecidos por los acontecimientos”. Trece años después Sonia Luz Carrillo entrega Callada fuente(2011), libro que constituye su vuelta al ruedo luego de la tentativa de reformulación temática que significó Las frutas sobre la mesa.

La primera impresión que tengo es que en este libro asistimos, por decirlo de alguna manera, a una parcial blancavarelización. El primer poema –uno de los mejores que ha escrito Sonia Luz Carrillo, sin duda- recuerda a la poeta de Canto villano por su estilo, su ácida ironía, sus símbolos: “Cría cuervos / Amamanta / Sus pliegues, sus dobleces // Nada de lo que hagas / Tiene garantía alguna / De ser útil o perfecto // Cría pacientemente / estos inútiles objetos / hasta que te saquen // Las pupilas llenas de asombro”. Esta impresión se repite en varios otros poemas, como Partida, Frente al pacífico u Ojos de ver, que, sin ser necesariamente logrados, comparten similares características.

Luego del primer poema el encanto se rompe rápidamente. Nos encontramos con varias fórmulas eficazmente empleadas, con poemas que se contentan con estar bien escritos, con apuntes que quieren ser poemas con trascendencia y rotundidad y se agotan en el intento (“Largo café / bebido en honor / del instante huidizo // Ingenio / de las frases // Emoción apresada // Conceptos macerados // Conciencia de lo inasible”), y con textos inapelablemente fallidos, como aquellos donde la poeta nos sermonea sobre los males de la era digital (“Oponer el pulgar/ no basta. / Se sabe / desde antiguo (…) Oponer el pulgar no basta / Frente al aparato / que clama respuesta / que solo pide el dedo pulgar / sumiso / inconsciente / obediente / no basta oponer el pulgar”; “Alguien llama, comenta su soledad / Alguien envía un correo / sobre su soledad / Alguien proclama en el ciberespacio su soledad (…) Escribo a solas / Me encuentro entre páginas / escribo / a solas / la palabra / libertad”. ).

Pero lo que más afecta el buen desarrollo del libro es el problema que ha padecido Carrillo desde su libro debut: su nulo interés por emprender una búsqueda estilística personal, su terca convencionalidad, su preferencia por adquirir oficio más que por arriesgar una evolución. Después de la búsqueda de certezas luego de tres décadas de dudas que representó para Carrillo Las frutas sobre la mesa, en Callada fuente ha terminado por elegir –o más bien refrendar- el conservador camino de lo conocido, de lo inofensivo, de lo estipulado de antemano. Por ello, aunque es bastante mejor que sus libros de los años setentas y ochentas, Callada fuente es un paso atrás en la obra poética de Sonia Luz Carrillo, luego de su poemario anterior, mucho más fresco y auténtico. (José Carlos Yrigoyen)

[Sonia Luz Carrillo, Callada Fuente (2011). Paracaídas editores. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna].

Ego Nacional de Poesía

Hace varios años entrevisté a Martín Caparrós a propósito de una visita a Lima. Dentro de las varias cosas que me sorprendió de su conversación, recuerdo sobre todo dos: primero, su odio a Osvaldo Soriano, quien según él caminaba por los cafés de Buenos Aires con una libreta en la mano para nutrir su lista negra de enemigos (en la que estaba él); y segundo, que le gustaba que el Perú no tuviera un Premio Nacional de Literatura. Antes de escuchar su argumento lo miré con escepticismo, luego de lo cual me dio una larga aclaración que tenía que ver con la relación que establecían los intelectuales con el poder. Esa vez la conversación devino en México, su sistema de becas, el silencio comprado durante el PRI y el debate Vargas Llosa-Paz por aquello de la “dictadura perfecta”. Si la conversación hubiese tenido lugar hoy, estoy seguro de que el ejemplo hubiera sido Argentina, los “intelectuales K” y Vargas Llosa de nuevo, solo que esta vez por el affaire de la Feria del Libro.

Bueno, el punto es que Petroperú está relanzando los Premios Nacionales de Fomento a la Cultura en coordinación con el Ministerio de Cultura, en virtud de un memorándum firmado hoy donde se establece lo siguiente:

La propuesta incluirá premios en las categorías Premio Nacional a la Trayectoria Artística (recuperación del Premio Nacional de Arte y Literatura), Premio Nacional de Talento Creativo (dirigido a reconocer a personas que han sobresalido en algún ámbito de la creación cultural, sin importar la edad o trayectoria), Premio a las Buenas Prácticas Culturales (dirigido a instituciones y empresas que fomenten la cultura nacional) y el Premio Especial  (entregado de manera excepcional por circunstancias o aniversarios culturales muy relevantes).

Más allá de la tierna ambigüedad de la última categoría, y de que estas están más o menos determinadas, la pregunta es ¿cuál sería la mejor modalidad para un Premio? Algunas de las opciones son:

1.     Mejor obra del año (como en los extintos Premios Nacionales).

2.     A la carrera de un artista (lo más lógico, en tanto el Copé funciona como un premio anual).

3.     Con dotación económica única.

4.     Con dotación económica y pensión vitalicia (como en Chile).

5.     Bianual (como en Chile).

6.     Con modalidad juvenil (Premio Poeta Joven del Perú).

7.     Becas por proyecto (México y Chile).

8.     Pensión mínima por registro municipal (el descabellado modelo argentino).

9.     “Poeta laureado” (el modelo anglosajón, ya sea Congreso –un despropósito- o la reina –que no tenemos-).

De aquí surgen muchas preguntas.

¿Qué disciplinas califican como premiables? En un escenario pesimista, incluso la gastronomía (¿por qué insisten en que es arte?), lo que nos haría una caricatura de país.

Luego, ¿quién decide? Dejar este rol a la burocracia (delegados del INC, del Ministerio de Cultura, etc.) sería negligente. Y por otro lado, un jurado, por definición, forma un canon: ¿quién determina cuál es? ¿Susana Baca? ¿Su esposo? ¿Un corral de vacas sagradas? Otra opción es que sean académicos respetables. El modelo Copé convoca a un profesor de la Pucp, a otro de San Marcos, a alguien de la Academia Peruana de la Lengua y a un representante propio. Bien, ¿qué ha asegurado este modelo de terna en los últimos años? Prácticamente la invisibilidad y el poco nivel de los ganadores, con contadísimas excepciones que habrá tiempo de nombrar otro día. Si no falla el estímulo, que en el caso del Copé es cuantioso, ¿cuál es el problema? ¿Los creadores o quienes eligen?

Grosso modo, podemos hacer ya un balance de ventajas y desventajas obvias.

Es increíble que escritores como Rodolfo Hinostroza o Enrique Verástegui, cuyo trabajo es largamente utilizado en materiales educativos a cambio de nada, no posean ningún tipo de reconocimiento (el Premio Southern, de frecuencia casi esporádica, es insuficiente). Evitar lo que le ocurrió a Paco Bendezú o a Alejandro Romualdo con alguna iniciativa de este tipo ayudaría a paliar el múltiple abandono que sufren los artistas. No es un abandono retórico: los narradores de éxito y los libros de autoayuda demuestran que el Estado no es capaz siquiera de respetar sus propias reglas, así que si éstos dependen del éxito en el mercado, por la piratería, están perdidos.

En el lado negativo, figura la posibilidad siempre latente de generar redes de clientelismo. En México y Argentina este modelo ha alcanzado el paroxismo, al punto de que se hace imposible escardar la mediocridad de la luz. Y por otra parte, ¿no es parte de su atractivo, y aquí hablo ya solo de poesía, la distancia respecto al mercado, su coexistencia al margen de, ese tono impoluto que cobra por no responder a las reglas capitalistas (por tiraje y ventas difícilmente la poesía es un producto, a lo más, una artesanía)?

Por último y no por ello menos importante, ¿qué piensa el lector?

Jerónimo Pimentel

El libro perdido de Hinostroza

El mundo de la inteligencia, 1967

La primera vez que oí de este asunto fue en 1996, durante una conversación con el poeta Bruno Mendizábal en su conventual departamento de San Felipe. No sé de dónde salió el tema, pero Bruno me contó una de las leyendas más oscuras de la poesía peruana contemporánea: que Rodolfo Hinostroza, el gran poeta de Consejero del Lobo (1965) y Contra natura (1970), había publicado un libro luego de su primer poemario, pero que, arrepentido a los pocos días, lo retiró de todas las librerías y se deshizo de casi toda la edición completa.

La historia era interesante, pero había que tener el libro en las manos para confirmarla.

En quince años habré escuchado dos o tres veces más esa historia, aderezada con otros detalles o plenamente modificada (otra versión aseguraba que el autor era el padre de Hinostroza, Octavio, que también fue poeta bajo el seudónimo de Gabriel Delande, editado crípticamente por su hijo). El diccionario bibliográfico de poesía peruana 1965-1979 de Jesús Cabel confirmaba la existencia del volumen, atribuyéndoselo a un enigmático Hinostroza a secas. El libro se llamaba El mundo de la inteligencia y había sido publicado en 1967 nada menos que por Ediciones de la Biblioteca Universitaria, la misma casa editora que lanzó ese mismo año la célebre antología Los nuevos, de Leonidas Cevallos, y luego algunos libros de Julio Ortega. Toda la evidencia estaba en las sombras. Para colmo, un par de años atrás un periodista me contó que le había preguntado a Rodolfo Hinostroza por ese libro en un cuestionario escrito y que este había preferido no contestar nada al respecto.

Era demasiado. Había que conseguir El mundo de la inteligencia de una vez. Así que recurrí al librero y poeta Carlos Carnero, quien administra la imprescindible librería Inestable de la calle Porta. Carnero me vendió un ejemplar hace unas horas. Luego de dos lecturas y de revisar el libro con la minuciosidad con la que un arqueólogo escudriña una daga babilónica que acaba de rescatar del polvo, puedo ir anotando unas conclusiones preliminares a favor y en contra de la teoría de que este es el hijo literario no reconocido de Rodolfo Hinostroza Clausen.

A favor:

1)     La dedicatoria reza: “A la memoria de Octavio P. Hinostroza, mi padre”. El padre del auténtico Hinostroza, se llama, como ya dije, Octavio. El dato hasta este momento no confirmado (pero que el Hinostroza verídico podría aclarar fácilmente) es si el segundo nombre de Octavio Hinostroza Figueroa comenzaba con P. Si la respuesta es no, no hay mucho más que alegar.

2)     Debe quedar claro desde ya que El mundo de la inteligencia es un mal libro. Su autor, sea quien sea, pretende reflexionar sobre la naturaleza humana, la psicología, los procesos del pensamiento, el alma, el amor y el sexo en una clave entre aforística y sentenciosa, pero cierta ingenuidad y grandilocuencia, además de un experimentalismo demasiado elemental, arruinan buena parte del conjunto. Sin embargo, no es tampoco tan malo como para desechar la posibilidad de que sea el gazapo de un autor talentoso. Aquí y allá encontramos fragmentos, breves poemas que delatan a un autor de un nivel mayor que el de tantos vates desconocidos y anodinos que forman la tercera división de la poesía peruana.

3)     El mundo de la inteligencia fue publicado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria, una editorial estimable que, en conjunto con La Rama Florida o en solitario, entregó varios libros de poetas de nivel, además de antologías valiosas como la emblemática Los nuevos. Se dice que el autor de El mundo de la inteligencia era un ignoto poeta de Huancayo que surgió prácticamente de la nada. ¿Cómo llegó este escriba anónimo, que no ha dejado una sola pista en la historia de la poesía peruana a publicar en una editorial con un catálogo más o menos de nivel? ¿Quién lo contactó? ¿Ninguno de los encargados de la editorial lo recuerda? ¿Llegó realmente a venderse este poemario en librerías?

4)     Y estas preguntas nos llevan a otras: si realmente Rodolfo Hinostroza no es el autor de El mundo de la inteligencia, ¿quién es?  ¿Qué fue de él? ¿Lo conoce algún habitante de Huancayo? ¿Por qué publicó su libro solo con su apellido? ¿Qué quería ocultar este “Hinostroza”?

5)     Aunque esta prueba es sumamente circunstancial, hay que anotarla: si El mundo de la inteligencia es el libro de un ilustre desconocido, ¿por qué los libreros que lo venden siempre le asignan precios altos, a la par de los poemarios de autores conocidos y reconocidos? He podido encontrarlo hasta en ochenta soles; mi ejemplar costó cincuenta. ¿Qué libro de un poeta sin mayor fama ni brillo llega a tanto? ¿O uno no compra el libro en sí, sino la pintoresca leyenda que lo envuelve?

6)     Y, finalmente, este libro podría ser de Rodolfo Hinostroza porque la vida suele parecerse a una novela de Bolaño.

En contra:

1)     Jerónimo Pimentel le preguntó hace poco al buen Rodolfo si él era el autor del librito de marras. Luego de reírse estruendosamente, declaró que estaba harto de que le hicieran esa pregunta, y que él no era el autor de ninguna manera. Es más, afirmó que nunca había leído El mundo de la inteligencia. Ni siquiera había tenido un ejemplar en las manos. “Carajo, ese libro me persigue”, suspiró, dejando así el asunto cerrado.

2)     Una tercera persona, el ubicuo José Rosas Ribeyro, asegura que ese libro es una farsa, que  conoció a su verdadero autor, un personajillo que vagabundeaba por los bares del centro –del que no nos pudo dar su nombre- y que El mundo de la inteligencia fue apenas un vano intento por conseguir algo de notoriedad. Rosas afirma que nada en ese libro es verdad; según él, ni siquiera fue editado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria. La intervención de José Rosas abre otra posibilidad sobre la autoría real de este poemario: ¿Y si fue el juego de uno o más individuos con mucho tiempo libre y ganas de confundir a los lectores limeños de poesía? Aunque es una de las teorías menos probables, no debemos descartar esa posibilidad.

3)     El estilo del libro no tiene nada que ver con el de Rodolfo Hinostroza. Una lectura sesgada y tendenciosa puede hallar algún verso que lo relacione con el poeta de Nudo Borromeo (“el libre albedrío / determina su futuro / No hay horóscopos escritos / que encaminan / ni mala suerte / que asuste / el niño / no tiene más ejemplo que nosotros mismos”), pero en general los poemas no tienen puntos de contacto con la obra oficial de nuestro autor.

4)     Ninguno de los críticos que han estudiado la obra de Rodolfo Hinostroza –que no son pocos-  considera este libro como probable parte de su corpus poético. Es más, incluso se dice –no he podido confirmar aún este dato- que José Miguel Oviedo llegó a publicar una nota en la prensa advirtiendo que El mundo de la inteligencia no era de ningún modo el segundo libro de Hinostroza.

Estos son, pues, las conjeturas y datos disponibles. Si algún parroquiano de NMM tiene algo más que agregar, o posee la llave que abre este enigmático baúl, adelante: diríjase a la sección de comentarios y despáchese con todo. El premio para el que resuelva este acertijo es un paquete con la obra completa de Winston Orrillo. No pierda esta única oportunidad.

(José Carlos Yrigoyen, en colaboración con Jerónimo Pimentel)