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La sospecha como punto de partida

Hace unos días tuve una pequeña polémica en Twitter con Roberto Bustamante, más conocido como El Morsa, a raíz del post que Cabanilllas escribió sobre Arturo Goga. Bien. Roberto cuestionaba el método periodístico de sospechar tanto del mensaje como de la fuente. Para él, que no es periodista sino científico, eso emparentaba a los periodistas con los enloquecidos fanáticos de las teorías de la conspiración. Luego, ha articulado sus ideas en este post.

Estoy de acuerdo con Roberto en un hecho: la sospecha infundada, sin método ni propósito, no es ni novedosa ni tiene como consecuencia resultado alguno. Sin embargo, comparar la sospecha como punto de partida periodístico con la sospecha gratuita a la que refiere Eco cuando desbarata el “pensamiento conspirativo” es un gran error.

La sospecha periodística debe partir de un asidero real: una información incongruente, un rumor sostenido, un documento oficial dudoso, una declaración incierta. A partir de ello, la sospecha  permite aplicar un método de investigación que consiste en confirmar qué de cierto o no hay en el tema elegido, recogiendo y contrastando versiones, cotejando fuentes, de tal forma que se convalide o rebata eso de lo que se ha dudado. El periodista, a diferencia del conspirador, no busca “la gran mente detrás de todo”, sino lo pequeño –en escala- pero significativo: la compilación de información veraz y su articulación de tal forma que eso que ha hallado dé luces que se querían ocultas. Es decir, el periodista no sospecha como fin, sino como medio. El objetivo del conspirador es sospechar.

Todo aquel que ha llevado la carrera o que la ha dedicado un mínimo de tiempo a pensar la profesión sabe que un periodista no puede asir la verdad, y por eso no la busca como entelequia, como absoluto. Toda pieza periodística es de por sí una versión parcial de la realidad, contaminada, dicho sea de paso, por su narratividad. La ambición de todo relato periodístico es la veracidad, que es la atención más fidedigna posible a los hechos. El conspirador, de otra manera, piensa que la verdad existe y está escondida. Es más, cree saber quién la esconde. El periodista no se permite tanto: piensa y da importancia a los hechos pequeños pero significativos, no a la Historia. El teórico de la conspiración cree ésta se puede reducir a a una explicación única y unívoca.

No voy a insistir, por su nimiedad, en el caso de Goga, donde dicho sea de paso no hay periodismo de investigación (no es la pretensión de este blog), ya que apenas se ha hecho evidente un conflicto de interés (para lo que solo basta inferir). El periodismo peruano ha dado excelentes ejemplos de esta especialidad, incluso en tiempos recientes. Piénsese, sin ir muy lejos, en la investigación de Milagros Salazar en IDL Reporteros sobre la pesca. ¿Qué hizo? Recabar un rumor sostenido entre pescadores (que la pesca declarada no coincidía con la pesada, lo que afectaba no solo al Estado sino a ellos); sospechar de las fuentes oficiales, que se negaron a proveer la data para su cotejo; encontrar la información, confirmarla y procesarla; para finalmente hacer la denuncia. Es decir, sospechó de todo: del Estado, de las empresas pesqueras e incluso de las propias versiones de los pescadores, que solo luego confirmaría (e imagino que parcialmente). ¿Qué hubiera ocurrido, en cambio, si la periodista no hubiera dudado de la información que recibió, ni de las motivaciones de quiénes propalaron la información oficial?

Que haya loquitos que le echen la culpa de todo a la CIA o al Club de Bilderberg es otra cosa (y a eso se refería Eco). Para un periodista profesional, sospechar es una obligación: de la fuente, de la motivación de la fuente, de lo que aparece, de lo que no aparece, del mensaje, del emisor del mensaje. Es una manera de pensar,  ver y entender la realidad. Una visión incómoda, sí, pero necesaria. (Jerónimo Pimentel)

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Hildebrandt y Ortiz: apuntes para una breve historia del periodismo televisivo reciente


Uno de los últimos méritos de César Hildebrandt (CH) fue haber consolidado el –improbable- espacio de las 11 pm para el periodismo televisivo. En el 2001, con una frágil democracia de estreno, toneladas de crímenes y corruptelas por desvelar, y una mafia en plan cuarteles de invierno cuya disolución y reinvención aún sufrimos ahora, Frecuencia Latina lanzó ‘A las 11 con Hildebrandt’, un espacio que en la simpleza del título resumía su promesa: fundar un horario a través de un personaje.

El programa tuvo secuelas (‘En la boca del lobo’, ‘Hoy con Hildebrandt’, ‘El perro del hortelano’), competencia (‘Prensa Libre’ de Rosa María Palacios) y reemplazo (‘La ventana indiscreta’ de Cecilia Valenzuela), y a pesar del juego de puyas y codazos típico del ajetreo televisivo, se logró consolidar una franja que los canales con ánimo protagonista (2, 4 y 5) buscaron aprovechar con fines editoriales o comerciales. La puja duraría poco más de 10 años, hasta que la amenaza humalista-chavista del 2006 restringió la libertad de prensa imponiendo la visión empresarial sobre la periodística, una prepotencia silenciosa, tácita y, por qué no decirlo, poco denunciada. El espíritu plural y la independencia de criterio (léase, no sumarse al apanado mediático) no encajaban bien con un sistema que se sentía en peligro, y esos comicios, que resultaron en el ajustado triunfo de García, tuvieron la funesta consecuencia de restringir los espacios de cuasi medianoche con la sola excepción de Rosa María Palacios, cuyas coincidencias ideológicas le evitaban varios dilemas.

[Nota: ‘Hildebrandt en su 13’ es el mejor periódico para leer, sobre todo para quienes pensamos con nostalgia en ‘Liberación’ y creemos que CH es brillante en su versión guerra de guerrillas. Habla pésimo de la TV local que se de el lujo de prescindir de él].

Si hemos de juzgar la coyuntura política a partir de marcas mediáticas -lo que de seguro es un error-, la mediocridad aprista y esa suerte de “normalidad” económico-política que quiso imponer García sin coartada doctrinal y ejecución de piloto automático (una farsa, como bien ha diseccionado Alberto Vergara en su última autopsia), tuvo su correspondencia en el declive del horario, que derivó en el magazine (‘Enemigos públicos’ o ‘La noche es mía’). Una ciudadanía atenta no tiene menos que lamentar esta depresión periodística, que tuvo su grand finale en el despido de América Televisión de la propia Palacios, quien intenta ahora un reinvente en Global, aunque todo acto en ese señal merezca per se el calificativo de quijotesco.

¿Qué ocurrió con el ejercicio periodístico televisivo más allá de la inercia dominical, el noticiario cruento y el matutino reconvertido en autopauta (otro escándalo silenciado)?

Beto Ortiz.

Con recursos mínimos, en un canal que ni la Sunat ni Indecopi ni el quinto juzgado ad hoc saben a quien pertenece, y jugando al dandy con ese guiño wildeano de enfrentar al mundo con corbatas, Ortiz logró trasladar el foco televisivo de la noche a la mañana, opacando, en importancia política y voltaje periodístico, a RPP. Logró dicha proeza en elecciones y con una infraestructura mínima, lo que casi permite concluir que es en la precariedad donde mejor se desempeña (¿es esto un mérito o una debilidad?), pues también había fungido de oasis informativo en las elecciones del 2000 en Canal A con ‘Nadie se mueva’ –se recuerda una entrevista notable y larguísima a Mario Vargas Llosa-, y en rigor se puede decir que ayudó a construir el horario de las 11 cuando su programa, si bien más cerca del talk show gringo, se desplazó una hora y fue rebautizado como ‘Nadie se duerma’.

11 años después hizo del moribundo ‘Buenos Días Perú’ una máquina de generar ‘bites’ (picotazos, en la jerga que aprendimos en Caretas), uno de los cuales, nobleza obliga, da nombre a este blog. La virtud mayor, sin embargo, es que supo vencer la coyuntura electoral posicionándose como el espacio obligado de la mañana, al menos para quienes el Perú es algo más que la última de ‘Platanazo’, dónde se vende la mejor causa rellena o la sutil metafísica que encubre una siesta gatuna.

El final de este post iba a ser que Ortiz, en solitario, había aprovechado la ausencia de visión empresarial de Canal 5, en tanto carece de broadcaster o una situación jurídica estable, para ejercer un periodismo agudo, plausible y libre. A partir de su renuncia, el final de este post es que dudamos que encuentre esas condiciones en Frecuencia Latina o en cualquier otro canal “grande”, aunque francamente esperamos que así sea.

Jerónimo Pimentel