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Nosotros ganamos menos

1. Otra vuelta de tuerca. Los hinchas de buena memoria coincidirán conmigo: la nueva derrota de ayer se parece como una gota de agua a la misma que nos propinó Colombia en Lima para las eliminatorias de Corea-Japón, en el 2000. Misma historia: Perú le hace un buen tiempo al equipo visitante, se falla un par de clarísimas y a comienzos del segundo tiempo la defensa se equivoca, el arquero duda y los norteños se llevan los tres puntos. Esa vez fue Pajuelo, esta vez Galliquio y Revoredo; esa vez fue Vegas, esta vez Penny, dos arqueros que han destacado en el famélico campeonato peruano pero que en los partidos de selección siempre quedaron en deuda. Así es el fútbol peruano, cíclico, repetitivo, con partidos que regresan desde el fondo de los tiempos para aguarnos una vez más la fiesta. Esta eliminatoria ya la hemos visto cuatro veces, y sabemos cómo es el siguiente episodio y cómo termina. Ayer sesenta mil personas se reunieron en el Nacional pagando sumas exageradas solo para ver el capítulo refrito de una sitcom. Así somos.

2. Echarle la culpa a Markarián de la derrota de ayer no solamente es injusto, sino sumamente mezquino. Markarián hizo lo que pudo con un equipo parchado, remendado y por varios lados sencillamente roto y, ciertamente, jugó bastante mejor que Colombia. Podemos discutirle si queremos algún cambio, excepto el de Farfán, un jugador lesionado que entró cogiéndose la pierna: decir que debió entrar antes fue pretender exponerlo de manera innecesaria. Markarián, a fin de cuentas, es un entrenador capaz que hace lo que puede, y lo que puede no es poco. Pero, como ya he dicho, esto no pasa por una cuestión de entrenador. Lo diré nuevamente: con Burga en la Federación, cualquier mejora a mediano o largo plazo está vedada de antemano. El crédito de Markarián es corto porque el de Burga es corto. Me pregunto qué otra prueba de ello necesitamos luego del partido de ayer, luego de cuatro eliminatorias en las que no hacemos sino empeorar. Pizarro no es una casualidad: es un capitán hecho a medida del fútbol que representa: irresponsable, egoísta, monosilábico. Lo de Perú también es una cuestión sicológica. Podemos traer un entrenador a convencer a un grupo de jugadores, pero se necesita mucho más que eso para desterrar a sus fantasmas, aquellos que se apoderaron de Carrillo en el primer tiempo cuando quedó mano a mano frente al arquero Ospina.

3. ¿A qué va el hincha limeño cuando va al estadio? ¿A empezar gritando y haciendo barritas y a quedarse mudo los siguientes veinte minutos, a emocionarse ante una arremetida de Perú, a comenzar a murmurar cuando no llegamos durante diez minutos al área contraria? ¿A qué va el hincha de Lima? ¿A cantar el himno nacional como no lo ha hecho nunca en su colegio ni en ningún lado para luego sentarse cómodamente como quien va a admirar, en silencio, la última presentación del Circo del Sol? Con hinchas como esos no merecemos ir al Mundial. Comprar una entrada y ocupar un asiento no es comprometerse, no es ser hincha. Y erradiquemos, de una vez, el mito de que el Perú es un país futbolero. Escuchemos los comentarios del “hincha” peruano promedio en el entretiempo de un partido de eliminatorias y saquemos nuestras propias conclusiones.

4. Perú no va a ir al Mundial. Es más: ojalá que Markarián alcance los 12 puntos que alcanzamos en la última eliminatoria con Chemo. Y la verdad, hasta eso se ve difícil. (José Carlos Yrigoyen)

Ni con magia

Razones por las que el Perú no clasificará para Brasil 2014


Tres partidos de eliminatoria mundialista, tres puntos. Ese es el Perú de los cuatro fantásticos, del técnico de selección más endiosado en décadas, el que está de vuelta en el demagógico y huachafo comercial de Movistar. Es una selección tan ligerita como la de Uribe, Maturana y Ternero, solo que con más orden y más ganas de hacer las cosas. Pero está claro que eso no basta para ir a un Mundial. Para ir a un Mundial se necesita un fútbol local medianamente competitivo a nivel internacional, y Perú no lo tiene (el ejemplo más reciente es el Vasco 5 Universitario 2), como no lo tiene Colombia o Bolivia, que tampoco van a ir a la cita brasileña.

Se necesita, además, una estructura futbolística creíble, y con Burga y sus secuaces eso es sencillamente imposible. Miren a Chile nomás, que con la misma selección anodina de la eliminatoria 2006, se convirtió en un equipo temible en el Mundial del 2010, al que clasificó con brillantez y holgura. Que Marcelo Bielsa fuera el técnico es solo una parte de un todo: otra parte importante, imprescindible, era el presidente de la Federación, Harold Mayne-Nicholls, hombre lúcido, culto y pragmático que respaldó y colaboró en fortalecer la base donde el trabajo del Loco y sus muchachos tenía que desarrollarse.

Sergio Markarián es un muy buen entrenador de fútbol que siempre ha ganado títulos con planteles de nivel. Hace magia, pero no milagros. Sabe administrar lo que tiene y con lo que tiene suele superar expectativas, pero no necesariamente corona las grandes metas que ha tenido en su carrera: con Cristal en la Libertadores, el Panathinaikos en la Champions y Perú en la Copa América llegó a altas instancias, pero no se llevó el título en ninguno de los tres casos. He leído por ahí en el Facebook que no debemos preocuparnos, porque Markarián, con Paraguay en la eliminatoria del 2002, perdió sus dos primeros partidos y luego clasificó a los guaraníes a Corea-Japón. Pero eso es contar solo un lado de la historia: la otra parte es que en esa ocasión tenía a la base del fortísimo Paraguay de Francia 98. Ahora, en la misma condición, tres puntos en tres encuentros, tiene como base a la horrenda selección de Chemo del Solar, colera (cólera) indiscutible en el anterior proceso eliminatorio.

Solano –aquel jugador que en la selección siempre dio la tercera parte de lo que podía dar- tiene razón cuando afirma que eso de los cuatro fantásticos nos hace quedar en ridículo frente a la prensa e hinchadas de los otros países. Yo agregaría que además, nos hace daño a nosotros mismos al sobredimensionar con ese apelativo a un conjunto de jugadores que son sin duda muy talentosos, pero ninguno de ellos es Higuaín, Forlán o Suárez. Triunfan en un torneo como la Bundesliga donde al menos diez equipos tienen una defensa aún más miserable que la de Bolivia. He visto algunos partidos de la liga alemana y me pregunto si hay algo más fácil que hacerle un gol al Bochum o al Mainz 05; no son más (y podrían ser menos) que las zagas de Guatemala o El Salvador. Y para terminar, el loco Vargas juega en un equipo de media tabla de Italia. ¿Esos son nuestros cuatro fantásticos? ¿Cuántas Champions suman? ¿Cuántos trofeos internacionales reposan en las vitrinas de sus casas? (No me cuenten lo de la Intercontinental 2001 de Pizarro, que solo jugó un minuto). Con la excepción de Bolivia, todos los demás equipos tienen jugadores iguales o mejores que los nuestros. Casi todos tienen algún jugador en un equipo de primer nivel; nosotros no. ¿Cuántos jugadores peruanos juegan en el Manchester, en el Barcelona o en la Juventus, como es el caso de Valencia, Alexis Sánchez o Estigarribia? (Por no mencionar a los uruguayos o a los argentinos). Cada eliminatoria cometemos el mismo error: nuestros jugadores comienzan ante nuestros ojos como superhéroes y terminan a los cinco partidos como alcohólicos irrecuperables.

Tenemos pues, poco. Es cierto que es bastante más que lo que tuvimos en los noventa, pero igual es poco y en el concierto latinoamericano, en calidad, estamos entre un sétimo y octavo lugar, que es más o menos nuestro puesto en la tabla de las cuatro últimas eliminatorias. Con un técnico capaz y una estructura dirigencial sólida acaso llegaríamos a un sexto o quinto puesto, pero apenas tenemos una variable de esa ecuación, y como ya hemos repasado, así no se puede. Solo un dato para terminar: hace quince partidos que Perú no gana de visita en partidos eliminatorios. Esa es la realidad. Digan lo que digan algunos periodistas argentinos  (que en el fondo se cagan de risa de nuestro fútbol) lo mejor que podemos hacer es pensar desde ya en el Mundial de Qatar. (José Carlos Yrigoyen)