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“No le dan el diploma de poeta a cualquier cojudo”

NMM ingresó al departamento de Rodolfo Hinostroza (“el primer poeta peruano en ganar un premio en Europa”, nos recuerda) para hacerle una entrevista acerca de su último libro, Pararrayos de Dios. Crónicas de poetas (Tribal, 2012), donde disecciona a algunos poetas peruanos y descuartiza a otros. En las respuestas que el autor de Consejero del Lobo y Contra natura nos concede no hace más que proseguir con su tarea, haciendo gala de una urticante sinceridad que no respeta ni a los vivos ni a los muertos. Pero primero, fieles a nuestra costumbre, teníamos que terminar con un mito.

Entrevista: José Carlos Yrigoyen

JCY: Antes de hablar sobre Pararrayos de Dios, quisiera saber tu opinión definitiva acerca de esta leyenda negra que hace años te persigue.
RH: (Tomando el libro y riendo estruendosamente) Este poemario no es mío de ninguna manera. Yo sé de la existencia de este libro desde que salió, porque José Miguel Oviedo me llamó por teléfono para preguntarme si yo era el autor, luego me pasó el libro y luego de decirle que no era mío publicó una aclaración en El Comercio, me parece. Es verdad que está dedicado a Octavio Hinostroza, un homónimo de mi padre, pero si te fijas bien está dedicado a Octavio P. Hinostroza, y mi padre no tenía un segundo nombre que empezara con P. Lo que sí, nunca conocí al verdadero autor del libro, que misteriosamente solo pone su apellido, lo cual sin duda ha generado esa confusión.

Bien, ahora hablemos de tu libro. ¿Cómo calificarías estos textos que has publicado? Porque está claro que homenajes no son.
Son memorias, son memorias más que otra cosa. Pero sí hay una intención de hacer homenajes. En general, es un homenaje a gente que tuvo los cojones de ser poeta en el Perú, un oficio de alto riesgo. Es un oficio de poca plata y alto riesgo. Y es gente que ha tenido capacidad para dedicarse a cosas que les hubieran permitido vivir cómodamente. Además, yo siempre me he llevado bien con los poetas, como has podido leer en el libro; incluso desde que nací tuve que ver con esa vida, pues mi padre y mi madre fueron poetas.

Hablando de tu madre, en la crónica que le haces dices lo siguiente sobre ella: “Lo triste fue que cuando se aventuró en la poesía moderna bajo el padrinazgo de Demetrio [Quiroz-Malca], no pudo dar la talla y su primer libro editado, Moneda de luz, fue duramente vapuleado por la crítica (…) Si mi madre hubiera insistido en esta vía, es posible que hubiera sido reconocida por la crítica como poeta, a la cabo de algunos años y publicaciones. Pero tenía la autoestima débil en una profesión que a veces requiere tener pellejo de elefante”. Es una versión mucho más moderada que la que diste en 1978, en tu libro Aprendizaje de la limpieza: “[Mi madre] se ponía a escribir una novela luego poemas publicó un libro que un hijo de puta de crítico demolió bajamente para hacerse las uñas para hacer carrera aplastando a los débiles esto ya lo pagó y si depende de mí lo pagará más caro aún”. ¿Ese crítico era José Miguel Oviedo? ¿Qué te hizo variar tu punto de vista sobre ese incidente?
Era Oviedo, sí. Fíjate, yo tenía una idea de que la crítica había sido muy malévola porque Oviedo decía que mi madre imitaba la poesía de Demetrio Quiroz Malca, quien entonces era su pareja. Como mi madre era feminista, esa crítica la hizo sentirse muy disminuida, como si la destinaran a un lugar debajo del  hombre con el que estaba. Y mira, yo leí a la ligera la crítica esa, recién la he leído bien hace poco, casi medio siglo después. Es una crítica que apareció en el diario La Prensa. Y sí, es venenosa; la criticaba porque los versos estaban mal cortados, decía que su poesía no era muy buena, juzgaba a mi madre por encima del hombro, pero no llegaba a ser demoledora. Yo sé lo que es demoler a alguien; yo he demolido a algunos…. La reseña tenía mala leche, pero era moderada, no era para tanto. También tienes que darte cuenta de que ese era el método de Oviedo, le gustaba meterse en polémicas, sobre todo con gente de izquierdas… Oviedo era el gallito de la Católica, se peleaba con Romualdo, con gente de peso, por eso la gente lo odiaba. Muy arrogante era Oviedo, un auténtico cucufato de la Católica. La gente lo odiaba y andaba ganándose peleas, pero Oviedo no era muy peleón físicamente, le corría siempre a la trompeadera. Pero acá somos muy pacíficos comparando con México, donde los escritores mandan matones a los críticos que escriben mal de ellos para que les rompan una pierna. Yo lo he visto.

De tus crónicas, una de las más controversiales es la de Javier Heraud. No niego que tiene algo de homenaje, pero sobre todo es una desmitificación, una desmitificación bien dura…
¿Por qué dura? Yo no la encuentro dura, francamente. Yo sé que tú estás pensando en la conversación que narro al final; esa es la conversación entre dos muchachos de diecinueve años que están decidiendo si van o no a dejarse matar, como se hizo matar Heraud. Yo tengo todo el derecho de contar lo que cuento. Me he guardado cincuenta años esta conversación y la pongo ahí tal cual ocurrió. Me hubiera parecido terrible omitir algo tan importante como esa conversación con Heraud, que es parte de mis memorias de la guerrilla y de Cuba…

La impresión que le queda a uno luego de leer la crónica es que Javier Heraud se dejó matar por huevón, o peor aún, para no quedar como un huevón. 
Pero es que así fue. Eso es lo que quería. Le hacían bullying al pobre Javier. Él es una de las primeras víctimas de bullying en el Perú. En el Markham siempre lo trataban mal, le metían cabe, le metían la mano, yo sé lo que son esas cosas, porque yo he estudiado en el Guadalupe, que era un colegio más bravo, y se metían con los blanquitos. Como soy medio blanquito sufrí algún intento de ataque, pero yo les metía un patadón bien dado y ni más se metían conmigo. Yo me solidarizo con Heraud porque sé muy bien lo que pudo haber pasado. Pero su destino no fue el más trágico ni mucho menos, el de Chirinos Cúneo fue tan terrible como el suyo, sin duda.

Otra de las crónicas que has publicado, y que apareció en Caretas previamente, es la de Manuel Scorza, que fue muy discutida. Incluso sus deudos mandaron una carta a la revista exigiendo una rectificación. Tú has publicado la crónica tal cual en tu libro y, ciertamente, termina siendo el personaje más cuestionado del volumen…
Bueno, a la crónica le hice algunas leves correcciones cuando la publiqué, pero es esencialmente lo que salió en Caretas. Es un retrato duro, pero Scorza fue muy duro también en su momento; él cometió una cantidad de barbaridades y la mayoría no las cuento, felizmente. Está lo de Populibros, por ejemplo. Estafó a todo el gremio de escritores editándoles libros, pero jamás les pagaba regalías. Y encima se burlaba cuando alguien le reclamaba: “¿Por qué te quejas, si nadie te quería publicar y yo te he publicado? ¿No te gusta que lean? ¿Ah, sí te gusta? ¿Entonces, por qué reclamas? ¿Y encima quieres que te pague?”. Más conchudo era… A él le gustaba vivir bien y tenía un lindo departamento en Miraflores. Él tenía ese dicho famoso: “Miraflores es una isla de felicidad rodeada de Perú por todos lados”. No tenía escrúpulos, era muy arribista, muy oportunista. Y todo eso lo era descaradamente. Yo tuve oportunidad de verlo mucho. Aunque había mucha diferencia de edad nos llevábamos bien, aunque siempre quería aprovecharse de la gente…

Sí, pero ¿de dónde lo sacaste eso que escribes al final de la crónica: “la vez siguiente que supe de él fue cuando murió en un accidente de aviación, en el aeropuerto de Barajas. En una bolsa que su cadáver chamuscado aferraba con desesperación había, cash, 20,000 dólares”?
Eso me lo contó Julio Ramón Ribeyro, que en ese entonces estaba en la Embajada de Perú y había asistido a una escena entre el hijo y la viuda por la posesión del maletín. Y Julio Ramón era un hombre muy recto, muy derecho, incapaz de difamar a nadie. En cambio Scorza… Yo tengo una anécdota que no he incluido en mi libro sobre él y que involucra a Julio Ramón. Esto también me lo contó Ribeyro, de quien yo he sido íntimo. Tiene que ver con el premio de novela que convocaron Populibros y el diario Expreso a mediados de los sesenta. El premio tuvo mucha publicidad en radio y televisión, y tenía como premio mayor cincuenta mil soles. El hecho es que lo ganó Julio Ramón por Los geniecillos dominicales y Scorza no le pagó ni un solo sol de los cincuenta mil del premio. Fue una mecida colosal. Nunca le pagó. Se tiró la plata. Julio Ramón Ribeyro pudo denunciarlo públicamente, pero como era un caballero no lo hizo. Pero era un secreto a voces que Scorza era un pendejo. Hay mucha gente que lo ha sufrido. A Oswaldo Reynoso, por ejemplo, no le pagó nada por los miles de libros que vendió de Lima en rock. Además era un libro que estaba lleno de erratas. Hasta la carátula tenía erratas, y aunque Reynoso le había pedido que cambiara la carátula, Scorza vendía el libro así nomás. Y al título le faltaba una letra, carajo.

Hasta este punto hemos mencionado bastante gente que tú consideras polémica. Ahora déjame preguntarte, Rodolfo, ¿te  consideras una persona polémica?
A mí me consideran polémico porque digo lo que pienso. Yo no soy una persona que disfraza sus pensamientos o sus sentimientos. Si no, no estaría casado hace 28 años con una mujer que trabajó en la diplomacia de su país. Ella es holandesa. Ahí ella descubrió que la diplomacia era una carrera donde le enseñaban a la gente a mentir y a disimular. Y cuando me conoció a mí fue un flechazo, carajo. Yo siempre he dicho la verdad, que es algo que le interesa muy poco a la gente de este país. Aquí la gente miente como respira.

Te lo preguntaba porque en los últimos años te has visto envuelto en varias polémicas con poetas y escritores en general. Mientras repasaba la web buscando información para hacer esta entrevista, me reencontré con una confrontación algo virulenta con Renato Sandoval, en la que declarabas lo siguiente con respecto a su participación y a la de Ricardo Silva Santisteban en la Bienal de Montevideo del 2006: “Ellos son conocidos por su oficio, que presumo lo hacen bien y de hecho han traducido a numerosos poetas del inglés, del francés, hasta del finlandés, pero eso de ningún modo garantiza la calidad de su poesía, que está bien por debajo de la línea de flotación. Lo malo es que se presentaron como poetas, y su intervención hizo bajar el nivel de nuestra representación nacional, fue como echarle agua al vino.”¿Sigues manteniendo la misma opinión?
Bueno, Sandoval como poeta se defiende, pero para mí no es un poeta que cuente nada interesante. Nunca me ha gustado. Además es un conchudo, se cree poeta porque lo invitan a todas partes. Cuando estábamos en Buenos Aires –después de Montevideo fuimos a Buenos Aires-, la Embajada me invitó para leer unos poemas. A él no sé quien lo invitó, pero la cosa es que al final leíamos los dos juntos, él y yo, nadie más. Estábamos en el mismo hotel. Yo salí a tiempo para el recital, el sitio quedaba cerca, además yo era el poeta mayor ahí, yo tenía que cerrar el evento, así estaba programado. Pero Sandoval llegó una hora tarde, en limosina todavía. Lo estuvimos esperando, pero no llegaba. Y entonces tuve que leer al comienzo y él se las arregló para leer al final como si él fuera el poeta principal. Porque es así como se trata a sí mismo el amigo Renato, ¿no? Eso no me gustó nada. Además yo no sé qué hacía él en una reunión donde estaba yo, Carlos Germán Belli, entre otros poetas muy calificados. Es gente que se ha metido por los palos, con un poemita que les publican aquí y allá, como es el caso de Ricardo Silva Santisteban. Yo conozco la poesía de Ricardo Silva, y es pomposa, sentenciosa y muy menor, y tampoco ha hecho carrera en la cosa poética, que yo sepa. Han hecho carrera como traductores, han ganado premios por ese trabajo y por sus relaciones con los editores han logrado publicar poesía. Y pasan como poetas, pero no le dan diploma de poeta a cualquier cojudo, pues. Yo no creo que baste publicar un libro de poesía para ser poeta.

¿Cómo va tu anunciado cuarto libro de poemas, Dioses?
Ahí va, no le estoy dedicando mucho tiempo, estoy quitándome de encima algunas cosas pendientes. Por lo pronto acabo de terminar mi segundo libro de astrología. Como el primero que publiqué, El sistema astrológico (1973), del cual se vendieron cien mil ejemplares en América Latina y España, cumple cuarenta años, he querido sacar una edición nueva, distinta. Este viene con un CD para que puedas hacer tú mismo tus cálculos astrológicos y hagas tu carta astral. Tiene dos sistemas de interpretación, el clásico y uno nuevo que propongo yo, el de la astrología geomagnética. Va a ser publicado en Argentina, donde están muy interesados. Eso es para mí en este momento más importante que la poesía y la literatura. También he terminado un libro que son mis memorias gastronómicas, donde pongo en su sitio a Gastón Acurio para que no se robe la película.

¿Qué es lo que más te jode del actual boom gastronómico?
Yo al final de este libro me termino cagando de risa con eso del dar un día para el pisco sour, otro para la causa rellena, otro para el lomo saltado… me burlo de ese santoral que nos han inventado, de esas huachaferías que tenemos nosotros los peruanos.

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Balas perdidas 6

Otro mundo es el nuestro

Visiones y soledades del primer libro de Álvaro Casalino

Los primeros años de esta década no han sido muy pródigos que digamos en lo que se refiere a la aparición de nuevas voces poéticas que  se puedan destacar. Es cierto que aquí y allá encontramos algunos poemas y fragmentos que permiten distinguir a algunos autores con posibilidades a futuro, pero son muy pocos libros estructurados a través de una propuesta inteligente, efectiva y, en el resultado global, lograda. Es por eso que ha sido satisfactorio encontrar y leer El génesis artificial, un primer libro que sorprende por la soltura y dominio de los recursos expresivos que demuestra su autor, Álvaro Casalino Hildebrandt (Trujillo, 1988).

El poemario de Casalino es la declaración de nostalgia por una realidad que ya no existe, más natural y humana, y que ha sido reemplazada por un mundo de máquinas, plástico y desolación que nos promete “una nueva Creación / para que la tragedia predadora subsista”. A través de treinta poemas numerados y un epílogo, escritos con un lenguaje sobrio y un buen sentido del ritmo, Casalino relata este génesis artificial desde un tono a ratos profético, a ratos lírico e intimista que le otorga al libro dos planos que se van alternando con buen cálculo.

El primero busca registrar la decadencia de nuestra estirpe a manos de sus propios artificios: “La imperfección de la vida / llena de espíritu a todas las cosas existentes; / la máquina se rebelará contra su inventor, / con la rutina alcanzará su libertad / y ante el llamado de lo que alguna vez ha sido / la vida que duerme inconsciente bajo tierra // Estos nuevos seres de metal brillarán / bajo el esplendor de la luna llena / y no habrá más dudas / solo la certeza de lo incierto”. Aquí sobresale el afilado dramatismo de las imágenes que transmiten acertadamente el clima desesperanzado y sombrío del mundo que Casalino quiere denunciar: “Criatura ascendente, / vas multiplicando tu saber / pero qué fácilmente confundes los caminos. // Acoges con emoción todas las nuevas palabras / y las palabras se te escapan, como balas, de tu boca / directo al corazón del otro. / Y en el olvido / has hecho desaparecer los tiempos del verano y del verdor / y solo la nostalgia pronuncia tu sentencia”.

El segundo plano atañe a las consecuencias de este Nuevo Orden en el ámbito personal del sujeto poético. Este aparece atrapado por una atroz melancolía, aquella que caracteriza a los seres que envejecen sin tener destino: “Por un rato / han cesado los trinos. / Por un rato / la mañana y la tarde han seguido fluyendo / como ríos de horas hacia la catarata / donde el abismo del tiempo / se ha sentado junto a mi ventana / también para escucharlos”. Es en estos poemas donde Casalino despliega una intensidad lírica inusual que alcanza a desarrollar con innegable vigor los estados de desamparo y resignación en los que el protagonista del libro está sumido.

Pero aunque El génesis artificial es un libro que puede parecer trágico y pesimista –el sujeto poético está reducido a ser un forzoso espectador de lo inevitable-, los últimos poemas del conjunto sugieren la promesa de un regreso al constantemente evocado y añorado mundo natural: “Si me atreviera a escribirte / te tendría que llamar de mil maneras / y mi sorda canción subordinada / sonaría / como un eco eterno / e irrepetible. / Si me atreviera a escribirte, / digo, si me atreviera, / volvería a ser yo cuando era yo / volvería a ser libre”.

Hay que decir que no todos los poemas poseen los méritos ya señalados. En algunas ocasiones Casalino se descuida y hace demasiado explícito su mensaje, llegando a veces a la obviedad característica del panfleto: “los hilos del CONTROL / trazan el escenario sobre el cual / hemos de actuar. / Los tristes muñecos / adictos a su opresión / globalizando obsesiones”. Pero esta objeción no afecta la impresión general que nos produce El génesis artificial: la de un libro solvente que revela a un poeta que puede dar el gran salto en sus siguientes entregas. Estaremos atentos. (José Carlos Yrigoyen)

[Autor: Alvaro Casalino Hildebrandt. Título: El génesis artificial. Editorial Arkabas, 2012. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna.]

Guía NMM para la FIL 2012

Uno se acostumbra de a pocos a la nueva Feria Internacional del Libro: su trazado irregular, curvo, origina la sensación de que algunos puestos se pierden al medio; sin embargo, con el tiempo el recorrido deja de ser extraño para ser inquietante y, tal vez, una excusa para visitar el Parque Matamula más de un día.

La  oferta crece con algunos rasgos reconocibles: más editoriales independientes y nuevas librerías. La más destacada, sin duda, es Los Heraldos Negros, de los hermanos Sanseviero, quienes debutan en la FIL con la promesa de abrir local en la quincena de agosto en San Isidro. Para quienes agradecemos el buen gusto de Walter y Malena, así como el trato cultivado de estupendos libreros/lectores como Jorge Aníbal Chávez, esta es la noticia del año. Por supuesto, hay buenos precios. ‘Lo seco y lo húmedo’ de Jonathan Littell se oferta a S/. 10 y mi buen amigo Armando Bustamante asegura que compró al mismo precio ‘El hospital de la transfiguración’ de Stanislaw Lem, de quien hay que leer todo lo que se encuentre. Sin embargo, cuando me tocó ir ya había desaparecido e ignoro si se habrá repuesto. Fuera del remate, vale la pena llevarse la poesía completa de Carlos Germán Belli (‘Los versos juntos’) en una hermosa edición prologada por Vargas Llosa. Si pagas en efectivo de seguro consigues una rebaja.

Dentro de los puntos obligados está el stand de Océano, que deja entre el 30% y el 50% todo su stock de Anagrama y Compactos. Hay títulos de interés: mucho de Sebald, algo de Michon, todo Modiano; pero también Reza, Baricco, Bloom, Bolaño, etc. Yo compré lo que a precio regular es imposible: ‘Acción de gracias’ de Richard Ford, para completar la trilogía de Frank Bascombe, y ‘Pequeña isla’ de Andrea Levy. Atención al francés Laurent Mauvigner (‘Hombres’), pues los descuentos son también una invitación para conocer nuevos autores.

Otro puesto atractivo para la inversión libresca es Íbero. Se puede aprovechar la surtida colección DeBolsillo (Coetzee, Tanizaki, etc.) con 15% y es una excelente ocasión para empezar la muy recomendable saga de George R.R. Martin, ‘Juego de Tronos’. En mi caso también opté por una joya: ‘Reportajes’, del gran Joe Sacco, un genio del periodismo gráfico (o como sea que se llame el cómic de no ficción). Los fieles podrán solazarse con el ‘Génesis’ de Crumb. Si está Julio César Zavala, no duden en pedirle recomendaciones: es infalible.

Los amantes de la poesía tenemos en Librería Inestable de Carlos Carnero una cuidada selección de exquisiteces. Inestable es una de las pocas señales de que la literatura como arte tiene una esperanza en el Perú. Se puede encontrar prácticamente toda la poesía peruana de los últimos 40 años y títulos selectos de años previos. No hay chauvinismo aquí: Berryman, Silkin, Picabia, Ponge y Lihn parecen haber encontrado un estadio común juntos. Engríase y haga caso a Octavio Paz, “sólo la poesía hace habitable el mundo”. Más tarde, cuando la noche haya caído y esté en casa regocijándose con unos versos que asedian lo inefable, agradezca la pasión de Carlos por la lírica.

De las editoriales independientes, dos sugerencias: vayan a Arkabas y compren las ‘120 historias de cine’ de Alexander Kluge (S/. 52), quien además de ser un estupendo cineasta es un escritor mayor (‘El hueco que deja el diablo’). También en Arkabas, un hallazgo de NMM: la opera prima de Álvaro Casalino Hildebrandt, ‘Génesis artificial’, que pronto reseñará José Carlos Yrigoyen en este blog con entusiasmo. Añada a la cesta los títulos de Nancy y Deleuze que prefiera. Más allá, en Borrador, se exhibe ‘Geometría del deseo’ de Sophie Canal y la primera incursión de Tilsa Otta en la narrativa, ‘Un ejemplar extraño’. Ninguno de los títulos supera los S/. 25 y son dos buenas maneras de medir el estado de la literatura femenina, si es que existe tal cosa. Otra forma es leer las antologías Disidentes 1 y 2, de Gabriel Ruiz-Ortega, ya en Altazor, pues cada uno de los tomos aborda un género (femenino y masculino). Ya volveremos a este proyecto, pero vale destacar que en esa misma editorial se encuentra buena parte de la obra de Carlos Calderón Fajardo, de quien recomendamos ‘La conciencia del límite último’, una obra maestra a S/. 20. Siguiendo con esfuerzos independientes, notamos el esfuerzo que ha hecho Benjamín Corzo, de Contracultura, para traer la colección completa de la segunda parte de la revista Fierro. A eso se añade los títulos de su propia editorial, donde ha publicado lo mejor del cómic peruano: Acevedo, Cossío, Det, Pérez-Ruibal, La Hoz, etc.

Para acabar con el optimismo, dos más: los cinco tomos de la biografía que Thorndike le dedicó a Miguel Grau a S/. 160 (regateables) en El Aleph. Por lo menos, el primer volumen está agotado. Y para los bolsillos chicos dos sorpresas a S/. 7 cortesía de Importaciones Riguse: la primera novela de Mathias Enard, ‘La perfección del tiro’, y ‘La invención del mundo’, de Olivier Rolin.

Dentro de lo negativo, sobresale la precariedad de los fondos editoriales de las universidades. Uno esperaría que la producción intelectual de los claustros académicos dé para algo, pero el paisaje es invariable: stands que son meros saludos a la bandera, con poquísimas novedades, con obras de escaso o nulo interés, en lo que al final no es más que un acto de presencia retórico, vacío, “institucional”. Dentro de lo poco que se puede destacar ahí está la edición de las obras completas de Luis Loayza (Ricardo Palma, aunque a precio regular); las insondables ‘Cajas’ de Mario Montalbetti en la Pucp; y lamentablemente, no mucho más… Por momentos pareciera haber una competencia, con los puestos que arman los países, por ver qué presencia es más estéril.

Otro aspecto difícil de entender es la reticencia de algunas editoriales a bajar sus precios. Mientras que Peisa, a tono con la época, ofrece un 2 x S/.20, hay editoriales como Planeta que se niegan a dar descuentos sustantivos en obras atendibles. Como ejemplo, quise comprar ‘Día D’ de Antony Beevor pero no a S/. 65. Si fuera tapa dura, en fin, pero difícilmente esa es una oferta para un libro de bolsillo encolado. Luego noté que tenían ‘El instinto del arte’ de Denis Dutton a S/. 35, una ganga; sin embargo, en caja la señorita que atendía me pidió disculpas por el error: costaba en verdad S/. 135 (el original en inglés me costó US$ 6 por Amazon).

Finalmente, decir que hay problemas evidentes en el protocolo: en el evento previo al de Juan Sasturain un mando bajo interrumpió la charla, con rudeza, aduciendo que se habían cumplido los tiempos; dicha torpeza generó una airada protesta del argentino, a pesar de que él era el protagonista del acto siguiente. Lo elegante es pasar un papel. Otro contratiempo recurrente es que no pocas veces los eventos musicales, por razones obvias, se expanden hasta ser feriales, pues las salas no son precisamente acústicas. Hubo un estribillo que resonó hasta la risa el martes pasado: “tu maleta se parece a mi maleta”.

Ahora lo importante, ¿qué piensan ustedes? (Jerónimo Pimentel)

Maldición eterna a quien lea estos versos

Una breve pero sustanciosa antología poética de Fernando Ampuero

El buen narrador Fernando Ampuero del Bosque (1949) insiste en que es poeta, a pesar de las aplastantes evidencias que lo desmienten. Incluso en su Antología Personal, publicada hace poco en Punto de Lectura, reincide con una  muestra de su obra lírica. Y como aquí en NMM festejamos la obstinación del talento creador, presentamos una apretadísima selección de los poemas del autor de “Paren el mundo que aquí me bajo”. Sírvanse, estimados lectores, como si fueran exquisitos canapés de los mejores tiempos del catering de Marisa Guiulfo. 

 

 

 

Mujer mojada

Mujer mojada vale por dos,

Mujer mojada por las lluvias y las humedades del deseo.

Mujer disponible, lista, oliendo a cueva y leña encendida,

Apenas cubierta por polito viejo (nunca camisón nupcial).

Mujer verde, violeta, amarillo patito, rojo cereza,

Cuyos libertinos labios ignoran la fatiga del ansia.

(…)

Mujer cobarde no vale un cuerno.

Mujer que pone cuernos algo roto y triste tiene que tener.

(…)

Dos mujeres mojadas valen la pena.

Dos mujeres que aman son mejor que una.

A menos que en una encuentres dos.

Mi medida del tiempo

Huye el tiempo, rumiando su crimen

Y yo lo sopeso en mis manos

Pues mido la vida en hojas de papel

                Kilos de historias

Y tan solo unos gramos de poemas

Pocas páginas para tanto placer y dolor

Pocas palabras para una larga vida

Voces simples: luz, viento, agua fresca

No fue posible la claridad de Catulo

Ni tampoco la epifanía de Kavafis

Pero al menos rasgué tus íntimos velos

Y me comí la luna a cucharadas.

El mejor lugar para llorar

El mejor lugar para llorar es la ducha

Se llora por todos lados

 

Tango del automovilista

Los hombres buscan huecos

Levantan paredes e inventan huecos

Acunan los brazos y siembran huecos

Los hombres anhelan huecos

Para amar, para morir, para estacionar

Juan Gonzalo Rose: sacúdete en tu cripta.

José Carlos Yrigoyen

Verástegui y otras hierbas

Impresiones después de leer Tratado sobre la yerbaluisa

Enrique Verástegui (1950) es, sin lugar a dudas, una de las voces poéticas más notables entre las que han aparecido en el Perú en los últimos cincuenta años. Su primer libro, ‘En los extramuros del mundo’ (1972), se convirtió en un clásico instantáneo, y varias generaciones de jóvenes poetas lo han devorado, estudiado y plagiado con total fervor. Sus siguientes entregas, como ‘Leonardo’ (1986), ‘Monte de goce’ (1991) y los dos tomos de ‘Angelus Novus’ (1989-1990) delataban a un poeta cuyas posibilidades expresivas se encontraban en constante evolución. Aunque son conjuntos irregulares, debido entre otras cosas a su amplia extensión, en ellos es posible encontrar un gran número de buenos y hasta excelentes poemas, como es el caso de ‘Giordano Bruno’, quizá uno de los poemas más hermosos y perfectos de la poesía peruana en general.

Luego de dar por terminado su desmesurado proyecto ‘Ética’, a mediados de los noventa Verástegui fue publicando una serie de libros que, con la excepción del logrado ‘Teorema del Yu’ (2005), han significado un declive que ya parece una caída libre, como se comprueba en ‘Teoría de los cambios’ (2009) y ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ (2012). En anteriores entregas, como ‘El modelo del teorema. Matemáticas para cyberpunks’ (1997) y ‘Ensayo sobre ingeniería’ (1999), ciertos problemas ya eran notorios. Sobresalen el uso artificioso y hueco de las matemáticas y de referentes científicos, y algunos momentos de estrafalaria egolatría como aquel donde el poeta asegura que sus versos nos protegerán de las invasiones extraterrestres; sin embargo, nada hacía anticipar los desatinos que vendrían luego.

‘Teoría de los cambios’ es un absoluto fracaso artístico del cual apenas podemos salvar un par de versos, aparte de un breve epigrama, el primero de la serie Diario Z. El resto es un puñado de galimatías filosóficos, cantinfleos místicos y versos megalomaniacos en los que publicitaba sus libros anteriores como textos sagrados, alternativas contra la desdicha y mensajes “del Ángel Enrique”. La inconsistencia de estos textos, que más que poemas parecen apresurados apuntes en una libreta, hace muy difícil poder tomarlos en serio y, más bien, uno se asombra por el nivel de chambonería de la editorial al pretender hacer pasar como libro de poesía lo que no es más que un desangelado boceto que terminó en la imprenta, todo hace indicar, sin la revisión de un editor responsable.

Si ‘Teoría de los cambios’ es un libro de calidad impublicable, ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ nos deja simplemente sin palabras. Es algo que quiso ser un libro de poemas y acabó siendo un esperpéntico desvarío que gira alrededor de las supuestas propiedades maravillosas de la infusión a la que alude el título, donde caben, de la manera más caprichosa que hay, los farragosos parloteos seudocientíficos y seudozen de costumbre, pero esta vez llevados a extremos delirantes: “Si la sangre de mi ADN contiene el mismo maravilloso despliegue matemático de Albus/Splendor, el sacrosanto libro cosmológico, entonces debo evitar caer en la nadidad”. También encontramos un lisérgico autobombo que se debate entre lo risible y lo lastimoso: “Si mis trabajos filosóficos son superiores a Platón y Aristóteles, no es por otra cosa más que por la invención magnánima de mis matemáticas que expresa la riqueza hecha universo”. Agreguemos a esto que Verástegui podría ser considerado como el primer poeta nacional que incluye entre sus versos anuncios publicitarios para la Marca Perú: “La yerbaluisa brota espontáneamente en todos los canales y acequias de Cañete, lo mismo que en todas las tierras cultivables del Perú. La yerbaluisa, lo mismo que este no tan farragoso escrito, es patrimonio cultural del Perú y de la humanidad”.

Hojear las treinta y pocas páginas de ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ es una experiencia penosa, en la que asistimos a un acto donde el poeta utiliza la ahora precaria plataforma de su poesía para monologar mesiánicamente sobre sí mismo, llegando a la verdadera payasada en varios pasajes, especialmente en la sección IX, donde leemos lo siguiente: “En abril de 1970 publiqué mis primeros poemas en la revista Hora Zero Chiclayo, y fueron alborozadamente recibidos por las feministas y el pueblo peruano”; “me arrodillé ante Ruth, mi bella enamoradita sanmarquina de esos años, y con su mano derecha apretujada por mis dos manos, rodeados por estudiantes bullangueros, le prometí solemnemente que, en la nueva década que se iniciaba, como si yo hubiese sido designado por el Altísimo para cumplir la sacrosanta misión de develar los conocimientos de la sabiduría y hacer la luz en la Era de Acuario”.

¿Cuál es el criterio para aceptar publicar cosas como estas? ¿Es que basta que el autor de este manojo de extravagancias sea Enrique Verástegui para que el editor lo entregue a la imprenta sin realizar previamente su trabajo? ¿Basta que un libro sea firmado por Verástegui para que sea innecesario echar mano del sentido común a la hora de decidir si la calidad mínima de este es suficiente para publicarlo? Es una verdadera lástima que un poeta talentoso degrade libro a libro lo que empezó siendo una obra fulgurante; pero más triste todavía es que existan editores resueltos a seguirle el juego de esta manera tan bochornosa. (José Carlos Yrigoyen).

 

La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

Deliremos juntos

Foto: Caretas.

Luego del recuento de fin de año Fernando Ampuero nos comunicó, con una broma, su decepción. Y como aquí creemos que el principal blanco del blog debemos ser nosotros mismos, decidimos entrevistarlo. El primer contacto se realizó mediante un correo electrónico, por lo que el autor de El Peruano Imperfecto prefirió responder las preguntas por ese medio. Debido a su extensión, y con el fin de mantener intacto su valor documental, preferimos renunciar a las repreguntas. También hubo un tema de tiempo: decenas de correos mediante, y un mes después, alcanzamos un estadio que, debido a un viaje del entrevistado, amenazaba con seguir extendiéndose. Que no se interprete, entonces, el silencio como acuerdo. Solo una cosa más: con esta entrevista iniciamos un ciclo. Disfruten.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?
Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas, sería muy tedioso. En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes… ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática. Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Me sorprende la facilidad con la que asumes la etiqueta de criollo, pues pensaba que renegarías del corsé.  No me queda claro tampoco lo de la cobertura y los lectores: ¿cuántas ediciones ha vendido Osvaldo Reynoso, en 50 años, de Los Inocentes? ¿La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, no fue elegida como una de las novelas de la década por la revista Debate, de Apoyo (difícilmente un medio “andino”)? Mi impresión es que ese debate no respondió a una necesidad de reconocimiento, como tú dices, sino que es consecuencia del declive del canon comercial. No hay ahora, pues, ni Academia ni mercado, y a falta de mejor lugar la polémica descendió a lo primario: la casilla étnica.
No hay que tomar tan en serio estas tonterías. Lo importante es la literatura, no la vida literaria, y menos aun las encuestas: son fotografías para el olvido. En cuanto a la etiqueta de criollo que mencionas, me importa un bledo. Supongo que mis encrespados detractores quieren catalogarme como un blanco limeño, lo cual, a mi modo de ver, yo no lo siento peyorativo, dado que soy un mestizo, un peruano de origen indio y español, como la mayoría de los peruanos, con la diferencia de que tengo la piel clara. Nuestra nación es producto de una sociedad colonial, quiéranlo o no, y mi origen familiar criollo está ennoblecido por las guerras de independencia. Naturalmente, el término criollo me parece obsoleto. Más apropiado sería decir que soy un escritor limeño que ama al Perú, a pesar de todo.  Así de sencillo. Y me sorprende, de otro lado, que no recuerdes la causa principal de la polémica, pues ésta se halla ampliamente registrada en Internet. Los andinos, y sus oportunistas ayayeros, nos acusaron de mafiosos, alegando que manejábamos los medios, lo cual era falso,  y reclamaron mayor cobertura periodística. Ahora, cinco años después, ya no la reclaman, porque tienen gran cobertura (y siempre la tuvieron, en realidad), así como amiguetes en buena parte de los medios, pero igual nos atacan, porque al parecer esto no les sirve de mucho. Ignoro qué los tiene tan insatisfechos… ¿Nuestra existencia? ¿El hecho de que sigamos publicando nuevas obras? Recuerda que hace apenas tres semanas un crítico pedía un desagravio para Miguel  Gutiérrez. ¿Quién lo había ofendido? Nadie. Parecería que lo que les gusta es lloriquear. No les basta la cobertura, ni los “homenajes”.  ¿O acaso Reynoso y Gutiérrez están deseando disfrazarse también de Aladinos en las playas de Asia?

¿Cuáles crees que han sido las consecuencias de este debate?
Se ha pasado de un problema de vanidad herida, que ocasionó inicialmente el lío de los llamados escritores andinos, a un problema de racismo y clasismo. No soportan a los limeños. Se odia a un grupo de escritores por consigna, hagan lo que hagan. La fórmula es bastante vieja: elogian a un escritor para joder a otro. En eso estamos. Y además, para colmo, aderezan la situación con una pugna absurda: pretenden oponer a Arguedas contra Vargas Llosa. ¿Por qué? Antes que oponerlos, deberían complementarlos. El Perú literario es la suma de uno y otro. Pero no, no lo aceptan, pues buena parte de los escritores andinos ha hecho de Arguedas una religión. Me parece que exageran. Arguedas, a mi juicio, tiene un par de libros buenos y otros muy menores. Vargas Llosa, en cambio, es un autor con una calidad y un peso universal indiscutible.

¿La prensa cultural peruana es un páramo porque no existe, porque la que existe es irrelevante o porque es simplemente mala en conjunto?
Es un desierto porque, como cualquiera sabe, los propietarios de los diarios peruanos no dan cabida a la cultura, a excepción de La República, que al menos tiene una página cultural diaria. Si la cultura cuenta con poco espacio, nadie puede desarrollar un tema con cierta profundidad. Las reseñas son brevísimas. El mundo del espectáculo, la frivolidad y la gastronomía han ocupado todo el espacio que había antes.

En muchos países se critica al reseñismo por haber reemplazado a la crítica. Aquí los autores piden a gritos reseñismo, porque en el mejor de los casos lo único que consiguen es difusión. ¿Qué piensas?
No tengo nada contra las reseñas. Creo que debería haber por igual reseñas y críticas. Pero éstas no son el único mecanismo de difusión. Un autor debe ayudar a su editor a vender el libro, dado que hay un compromiso entre ambos, y si no consigue  reseñas puede dar entrevistas, poner afiches o utilizar el Facebook.

¿Cuál ha sido tu experiencia al respecto como editor de Somos y El Dominical?
Muy buena. Pero era otra época de El Comercio, cuando había periodistas decentes y no fenicios de quinta fila. Yo dirigí Somos por siete años, en el período de Alejo Miró Quesada y Bernardo Roca Rey, y tanto la cuota de arte y de cultura en general no se hacía extrañar. Esa revista fue un éxito y demostró que poner un poco de cultura en una revista no espanta a los lectores. Todo lo contrario. Y en el caso de El Dominical, cuya razón de ser no ha sido otra que la de dedicarse a la actualidad cultural, me ocupé en reforzar ese concepto, cosa que hoy no se hace, o bien solo se hace  de manera esporádica. No duré en ese cargo todo el tiempo que hubiera deseado porque, como sabes bien, yo dirigía de forma simultánea la unidad de investigación del diario y acabé despedido a causa de la investigación de los Petroaudios.

¿Qué se siente estar al otro lado ahora que, como dices, se te ha impuesto la “muerte civil” en El Comercio?
No siento nada: descanso en paz, como corresponde, pues estoy pagando el precio de haber hecho un periodismo ético. El Comercio de hoy, el que dirige el ala más reaccionaria de sus accionistas, tomó como represalia ignorar mi obra literaria, cosa que viene haciendo desde hace tres años, aunque en algunos casos, me imagino, habrá también autocensura y mariconada. No se publica una línea sobre mis libros. Todos saben que el anterior editor de Somos, Oscar Malca, fue despedido por publicar una fotografía mía. Pero esto, en fin, me importa muy poco. Los libros caminan solos, la mejor prensa es el boca a boca, y las reseñas y las críticas no solo las hacen las personas dedicadas por oficio a ello. El primer crítico siempre es el lector.

¿Sientes que en el caso peruano los medios digitales han contribuido a degradar el debate cultural o, en su defecto, crees que algunos han logrado contrarrestar la decadencia de la prensa cultural impresa?
Los medios digitales son una alternativa muy buena, primero porque existen (y esto ya es bastante), y segundo porque es una herramienta de gente joven. Lamentablemente muchos se dedican a la escatología, las vendettas y el prolijo ninguneo, porque no todo es “democracia” en el macrocosmos digital: también hay fascismo y desinformación. Y entonces, si se cae en un mal circuito, no solo se degrada el debate cultural, sino la vida. Basta ver lo que pasa a nuestro alrededor.  El país se ha convertido en un torbellino de politiquería barata, rencillas menores e insultos de idiotas por el Twitter. Ahora bien, el problema  de tener un blog diario es que te convierte en un polígrafo desbocado. Quienes lo escriben no se dan a sí mismos el tiempo necesario de reflexión. No estoy hablando del clisé de “respetar la opinión ajena”. Yo no respeto opiniones endebles; yo solo coincido con unas opiniones y discrepo de otras. Estoy hablando de madurar ideas.

¿Qué blogs lees? ¿Cuáles, como el nuestro, te han decepcionado?
¡Por favor! Ustedes no me han decepcionado, porque nunca despertaron en mí ilusiones de ningún tipo. Su juego es asunto conocido, ¿no?  Y respecto al otro punto, los blogs, no los leo a menudo, a excepción de Moleskine Literario, que es un informativo cultural estupendo. Pero tengo una aplicación en Google por la que cada vez que aparece mi nombre mencionado, para bien o para mal, me trasladan el contenido a mi e-mail. Lástima que esa aplicación no elimine el comentario adverso y me envíe solo el favorable. Viviría como en ese infierno de “La isla feliz” de Huxley.

¿A qué críticos peruanos en ejercicio –de cualquier medio- lees?
Leo a todos los que hay, o a todos los que tengo acceso, que son poquísimos. Tenemos críticos muy buenos: Julio Ortega, José Miguel Oviedo y Gustavo Faverón son los más destacados, pero también son fundamentales los ensayos críticos de Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo. Asimismo hay críticos interesantes de poesía como Mario Montalbetti, aunque no siempre entiendo lo que trata de decir, tal vez por mi culpa. Oquendo, que dirige con Mirko Lauer la buena revista Hueso Húmero, es un reseñista ocasional y muy certero. Iván Thays es tanto crítico como escritor y animador cultural. González Vigil, Javier Ágreda y Enrique Sánchez Hernani tienen la virtud de ser constantes. No puedo enumerarlos a todos, pues la mayoría de críticos son aves de paso. Ahora leo por Internet los suplementos culturales de los periódicos extranjeros. Y cuando salgo fuera del país, bueno, me avergüenza decir que no existe en el Perú un suplemento cultural. En esto hemos retrocedido mucho.

Por el recuento del año hemos recibido amenazas de agresión física, amigos eliminados del Facebook e insultos por doquier, además de una carta tuya en duros términos. Y, sin embargo, en el recuento no hay un solo insulto o descalificación personal, solo comentarios valorativos sobre las obras. ¿Crees que nos hemos acostumbrado a no aceptar críticas?
¿Duros términos? No sé de qué hablas. Yo te escribí un correo a ti, Jerónimo, porque  tú y yo nos hemos conocido personalmente, trabajamos juntos por un tiempo y, en ese tren, decidimos olvidar antiguos desaguisados.  Mi carta, de otro lado, tenía dos líneas, era una broma amistosa y te “agradecía” el presente navideño: la lista de libros del 2011 donde ustedes me mandaban a parir. Nada más… Asimismo, te recuerdo que yo no he pedido esta entrevista. Tú me la pediste y yo acepté. ¿Me arriesgué a caer en una especie de trampa? Indudablemente, y no tengo problemas con eso. Sé bien que tras publicar la entrevista en el blog Nosotros Matamos Menos vendrán enseguida los comentarios de los maníacos-depresivos, personas desconocidas y anónimos que se regodean en el retaceo y los insultos. En suma, todos felices, en particular aquellos que se autodenominan matones literarios. Me alegro por ustedes… Además, Jerónimo, la crítica que se ha publicado en tu blog la considero tendenciosa. Ustedes, en la polémica andinos-criollos, defendieron rabiosamente a los andinos. Tendencioso también fue el ingenuo maniqueísmo en el preámbulo de su lista de libros, en el que vuelven a polarizar nuestra narrativa. ¿Qué podía esperarme? Solo diré, para terminar, que hay otra lista de los libros del 2011 que favorece a mi reciente novela, El Peruano Imperfecto; por ejemplo, la del blog que escribe Julio Ortega (http://www.elboomeran.com/blog/483/blog-de-julio-ortega). Y que fuera de eso (lo digo sin jactancia) me favorecen los lectores. No es mucho, pero es algo, pues en menos de tres meses El Peruano Imperfecto ha sido reimpreso, cosa infrecuente en estos tiempos, sobre todo cuando a un libro, como es mi caso, lo piratean masivamente desde la primera semana de su aparición.

¿Se cultivan los rencores? ¿Qué piensas de tu novela El Enano ahora, a la distancia?
No cultivo rencores. Prefiero las hortensias. Ahora bien, si alguien me sigue dando la lata, le voy a contestar, a la larga o a la corta. Si se calma, también me calmo yo. Aunque parezca gracioso decirlo, no me interesa sostener polémicas. Pero no siempre puedo evitarlo. El Enano fue una respuesta a una infinidad de insultos y abusos de un hombre con relativo talento, pero muy mala persona. Ese libro me robó la mitad de un verano: lo escribí en la playa en cosa de dos meses. Por cada página que escribía, salía unos quince minutos a nadar. Luego, más fresco, le daba nuevamente a las teclas. Si en un día avanzaba ocho páginas, eran ocho zambullidas. Cuando estaba en el mar compartía el tiempo con mi novia, Soledad, con quien en esos días pasábamos juntos nuestro primer verano. Yo, muy apenado, pedía disculpas por ser un enamorado tan aburrido. Recuerdo que le decía: “Tengo que terminar este libro y luego tomaré unas vacaciones de escritura de varios meses”. En las noches, eso sí, la llevaba a cenar a los restaurancitos de Punta Hermosa y me reía a carcajadas contándole lo que ese día había escrito. Ella también reía, pero es más sensata que yo y me sugirió que debía eliminar algunas anécdotas excesivas. Le hice caso. También le hice caso cuando me dijo que no era necesario escribir una segunda parte de El Enano, porque con los escándalos del caso Fernando Zevallos y el caso Bavaria yo decía que había mucha tela por cortar.

¿Qué piensas de los enemigos literarios?
Son individuos que hacen interesante la vida, siempre y cuando sean personas inteligentes y con sentido del humor. Lo peor que nos puede pasar es que se  aparezcan enemigos tontos, ya que muchos de quienes nos odian se vanaglorian de su espontaneidad. De suceder algo así,  la única alternativa es ignorarlos. Sin embargo, hay algo más terrible aún: no tener lo uno ni lo otro.  Oscar Wilde, con la agudeza lacerante que lo distinguía, decía sobre Sir Bernard Shaw: “No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere”. Qué espanto. Me hace pensar en algunos escribas infelices que conozco bien, aunque ellos crean que pueden engañarme. (Jerónimo Pimentel)