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Novedades Gogastar

Arturo Goga ha respondido en su blog. Sin desmentir nada, por supuesto. Pero entre las babas hay una perla. Cito: “Se mencionan las reseñas que hice en Novedades Movistar”.

Para los que se negaban a ver lo evidente, queda establecida entonces la relación laboral entre Goga y Movistar (Telefónica), binomio que en adelante será abreviado como ‘Gogastar’.

Sobre las reseñas, dice: “si se dan un salto por la web, podrán leerlas”, pero el link que añade lleva a la página de Novedades Movistar, no a la suya. Luego advierte que en “varias ocasiones” ha hecho mención de cómo y dónde se publican sus comentarios. Sin links ni referencias precisas al respecto, claro. Como ejemplo de su imparcialidad copia una (1) reseña bastante mesurada de la Galaxy Tab 10.1. Finalmente, el blogger cuenta que Telefónica le dio la libertad de escribir “tanto puntos negativos, como puntos positivos”. Pero solo nos queda su palabra como evidencia. A juzgar por lo visto, no es suficiente y no es creíble.

Lo más grave sigue siendo la entrevista en Willax. El blogger no tiene cómo sustentar que la partida de Telefónica significaría un “caos total” a corto plazo (un comentarista ya lo desmintió). Como si no existiera la ley de portabilidad numérica ni antecedentes en todo el mundo. Tampoco explica el sensacionalista escenario a mediano plazo. “Si Telefónica se va, habrá un año de para”, dice en Willax. Pero luego el diagnóstico es peor: dos años de para sin llegada de nuevos aparatos, dice (la entrevista completa ha sido colocada en el post original). Un país sin celulares, cual bloqueo tecnológico. Sería la cubanización de las telecomunicaciones nacionales.

No es la primera vez que el indefendible blogger Goga demuestra su gusto por los gadgets. Hace algunos años colaboró de buena gana rebotando la campaña de intriga del Nokia 5800, aquí. Se trató de una publicidad encubierta, un viral con ropajes periodísticos llamado el “Fenómeno X”. No fue el único. También lo postearon algunos bloggers que ahora defienden a Goga, aquí y aquí.

Pero lo más interesante del post de Goga es lo que no dice, porque es precisamente lo que no está en capacidad de percibir: que los cambios tecnológicos no cambian las reglas de juego noticiosas. Como decíamos en otro post, “la herramienta no lo es todo”. Ampararse en una especie de brecha digital es absurdo, y decir que la ventaja del blog en comparación con el medio tradicional es que no vende publicidad directa es un argumento de risa. En un blog una misma persona centraliza las funciones, desde ser el jefe de informaciones hasta encargarse de la caja chica. La tentación es grande y nada nos garantiza que se evite. Eso sin contar el manejo de la “publicidad indirecta”. Y no es un tema nuevo. El primer antecedente fue este post de Luis Aguirre, en el que reveló los conflictos de interés entre bloggers y empresas.

Trabajar para Telefónica y hablar en favor de ella no es un delito. Pero su audiencia merecería saberlo. Sobre todo si el blogger en cuestión se presenta a sí mismo como un “especialista en tecnología móvil” o un periodista tecnológico. Como insinúa un comentarista, quizá Goga o lo que queda de él es a la tecnología lo que Bruno Pinasco es al cine, con el respeto de Pinasco. Evidentemente, su labor no es la de un crítico independiente.

El sentido homenaje de Movistar al blogger Goga indica que alguien ha estado haciendo muy bien su trabajo.

La pregunta es la de siempre y sigue sin respuesta: ¿cuál es su trabajo?

Carlos Cabanillas

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El Blogger Tururú

¿Por qué el bloguero más leído del país quiere que se le renueve el contrato a Telefónica?

Arturo Goga le debe una explicación a sus lectores. Hace años que se pasea por diarios y canales de televisión opinando sobre temas tecnológicos. Sin ir muy lejos, el último domingo Cuarto Poder lo presentó como un blogger independiente en un reportaje sobre los smartphones. En su propio blog, Goga se describe como una especie de “periodista tecnológico”.

Lo que no dice ni en su blog ni en las entrevistas que concede es que también reseña gadgets en el canal oficial de Movistar en YouTube. No se trata de una: son varias reseñas. Y casi ningún comentario negativo.

Por su gran labor cumplida, Telefónica le organizó un homenaje en el Blogday 2011. Los testimonios son conmovedores. “Telefónica lo ha invitado a Colombia”, dice uno de los entrevistados. “Es el blog número uno del Perú”, dice otro. “Siento envidia porque me gustaría viajar por todos los países por los que él está viajando, con hoteles cinco estrellas y todo…”, dice otra. Evidentemente, Telefónica auspició el Blogday 2011. Ojo con los sesenta blogs que participaron. Hay que leerlos entre líneas, sobre todo a los periodísticos.

Hasta aquí, se trata de otro caso de conflicto de interés entre un blogger y un operador de telefonía celular.

Entonces aparece una entrevista en la que al “especialista en telefonía móvil” el conflicto de interés se le termina de escapar de las manos. Si el Estado no le renueva el contrato a Telefónica “sería un caos total” a corto plazo, dice Goga. Aquí.

Luego, complementa su respuesta: “a mediano plazo creo que también perjudicaría un poco el avance que hemos tenido en móviles.” Se entiende la preocupación de Goga. Su angustia es “que los equipos lleguen a tiempo”. La conclusión es simple: el contrato debe renovarse. De lo contrario, perderíamos hasta dos años y nos retrasaríamos tecnológicamente. De nuevo, la preocupación son los equipos. Aquí.

Hay que ver la entrevista completa. Es una defensa cerrada a favor de la renovación del contrato que se definirá en junio próximo. Hay muchos argumentos apocalípticos, pero ningún disclosure de parte del principal líder de opinión en temas de tecnología. No parece ser necesario: ninguno de sus miles de lectores se lo reclama. Eso es lo más preocupante.

Éste es solo un ejemplo de cómo funciona el negocio en internet. Hay otros.

Carlos Cabanillas

La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

Censura 2.0

Cómo una dictadura utiliza redes sociales. Una lección de Evgeny Morozov.

Hugo Chávez ante internet, según http://www.ishr.org

La primera duda es la obvia. ¿acaso es posible controlar a todos los usuarios de internet? La pregunta es retórica, por supuesto.

En primer lugar, porque nadie dice que sea necesario controlar a todos los cientos de miles de pseudónimos en Twitter o Facebook. En segundo lugar, porque la pregunta presume que algún agente externo tendría que controlarlos. Y en tercer lugar, porque no se trata necesariamente de controlar sino de distraer.


Estos y otros apuntes son desarrollados por Evgeny Morozov en su estupendo libro The net delusion. The dark side of internet freedom (PublicAffairs, 2011). Antes de seguir, una advertencia. Si el lector en potencia busca un alegato primermundista sobre el e-government o un panegírico sobre el @gora ateniense, éste no es su libro. Morozov es de Bielorrusia, así que algo sabe de dictaduras. El libro empieza con ejemplos de la Guerra Fría, pero también trata los casos más recientes de China, Irán, Cuba, Afganistán y Venezuela.


El autor desnuda una falacia muchas veces repetida: que los dictadores le temen a la tecnología. Que los regímenes autoritarios no saben convivir con las redes sociales y los blogs. Y que, finalmente, la abundante información es un antídoto para contrarrestar dictaduras y autocracias. El mito tiene una variante local: que el vladivideo y la Marcha de los Cuatro Suyos bastaron para tumbarse al régimen de Fujimori y Montesinos.


Para refutar estos lugares comunes, el autor recurre a un viejo conocido de la última campaña electoral: Steven Levitsky y su concepto de autoritarismo competitivo. Una idea afín al Perú desde los tiempos del fujimorismo, y que explica muy bien el caso de Hugo Chávez (también conocido como @chavezcandanga). Allá, en el primer mundo, la sola idea de un autócrata que convoque a elecciones y que responda a encuestas es novedosa.  Pero ¿sería tan difícil de imaginar aquí un régimen autoritario y antipolítico que se ufane de su democracia directa a través de las redes sociales, deslegitimando de paso a los medios tradicionales?

El primer punto de Morozov es relativamente fácil de comprobar: no se necesita manejar a todos los usuarios. ¿Acaso el tándem Fujimori-Montesinos tuvo que controlar a todos los medios de circulación nacional? Bastaría con comprar a los principales rebotadores, agregadores y refraseadores. Sin duda son más baratos que cualquier empresa periodística. Basta con socavar la credibilidad de los medios tradicionales, tildar a la industria del papel de elitista y ensalzar a las redes sociales por su poder democratizante. Pero el autor va más lejos. Intentar manejar a todos los usuarios no solo es innecesario sino también contraproducente. Las dictaduras prefieren demostrar su apertura democrática ignorando a los disidentes, aislándolos pero sin silenciarlos. Más o menos como hizo el fujimontesinismo con Canal A.


¿Por qué el gobierno de China tolera las críticas en internet? Porque funciona como una Stasi que empadrona a los críticos. Voluntariamente, la resistencia entrega sus IP’s, agendas y opiniones. Algo que en una dictadura del siglo XX tomaría costosos investigaciones, secuestros y torturas. Según el autor, en Tailandia existen blogueros que sirven para peinar la web en busca de disidentes. Y en Arabia Saudita se fomenta la búsqueda de videos en YouTube para controlar el material ofensivo. Por supuesto, también está el caso de Irán.


Bajo esa lógica, no censurar puede significar censurar. Parafraseando el Teorema de los Monos Infinitos, en algún lugar de la vastedad del ciberespacio debe existir un twittero opositor. Aunque nunca llegue a los grandes rebotadores ni a los grandes medios.


El segundo punto es clave. ¿Quién necesita controlar un abanico de opiniones que se dedican a neutralizarse entre sí? Aquí resulta clave saber qué tendencia ideológica domina las redes sociales. Para el autor, los mayores financistas de la agenda libertaria en internet son los neo conservadores estadounidenses. La cabeza visible de esta ciber guerra fría es Mark Palmer, autor de Breaking the Real Axis of Evil: How to Oust the World’s Last Dictators by 2025 (“a book that makes Dick Cheney look like a dove”). Tras el paraguas de la libertad online, los halcones de la derecha promueven el individualismo extremo a través del hedonismo consumista y la desconfianza en los medios tradicionalmente “socialistas”. Finalmente, el spin control (en lo que Morozov llama el spinternet) funciona mejor que cualquier censura.


Aquí también entra a colación Eli Pariser y su libro The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011). Como ya no hay un solo internet para todos, cada quien encuentra una realidad a su medida, lo que termina complejizando la noción de interés público. Eso queda claro luego de ver la excelente presentación de Pariser en TED.

El tercer punto es, a mi juicio, el más importante. ¿Por qué debemos asumir que los usuarios de internet ameritan ser controlados? He aquí la clave de todo el libro, porque la casuística de Morozov demuestra que la conexión wifi en un régimen autoritario implica la llegada de un cúmulo de estímulos novedosos y refrescantes. Un torrente de información que sirve más como agente distractor que como vehículo para canalizar demandas sociales. Además, ¿cuánto de activismo hay realmente en el ciberactivismo, hoy por hoy? ¿Cuánto hay de exhibicionismo e indignación gratuita, sin un propósito específico?

No hay que subestimar el poder del ocio y la procrastinación. Y es aquí donde la profecía de Huxley se une a la de Orwell. Porque para el autor, una falacia ad populum multiplicada a través de las redes sociales puede instaurar una verdad tan discutible como que 2+2 son 5. Pero también puede llenar la agenda noticiosa de videos con gatos que bailan.

Un video de Morozov resume su postura y es particularmente ilustrativo al respecto.

Vale la pena insertar un paréntesis pertinente. Esta debió ser la segunda parte del post Más información, menos periodismo. En el camino aparecieron tres periodistas que sustentan mejor que yo el escenario actual. El primero es el periodista mexicano Juan Villoro, quien enumera los riesgos que corre un medio por intentar competir con internet: homogenización, menos investigación, menos crónicas. En una frase: menos contenido propio. El segundo es un apunte interesante de Fernando Vivas: hay una competencia entre medios y redes sociales. No en el rigor, sino en el apuro. Esto explicaría, en parte, el creciente sensacionalismo y los excesivos errores. Finalmente, Alberto Arébalos, Director de Comunicaciones de Google para América Latina, sigue los pasos de The New York Times. Para él, el periodismo online debe cobrar por sus contenidos y diferenciarse de las redes sociales.

La conclusión cierra el paréntesis y nos devuelve al libro de Morozov: la herramienta no lo es todo. El acceso a una mayor cantidad de información no implica por sí sola una mayor rigurosidad. En ese sentido, la formación se impone a la información. De forma análoga, es una delusión creer que internet contiene en sí mismo facultades emancipadoras. Los gurús del determinismo tecnológico –el autor los llama cyberutopians e internet-centristshan fetichizado Twitter y Facebook al punto de creer que las redes sociales democratizan o son intrínsecamente democráticas. Pero la experiencia nos dice que la herramienta es neutra, y que el debate sobre la utilidad de las redes sociales en luchas políticas sigue abierto. Además, la democracia no es solo mera interconexión o socialización. Sobre todo si es solo la de una élite letrada con wifi.

Este y otros temas se tratarán en el conversatorio de NMM Atrapados en la red, en el Auditorio del Centro Cultural Peruano Británico de Miraflores. http://www.centrocultural.britanico.edu.pe/Auditorio_Detalle.aspx?id=1039

Carlos Cabanillas

Trinchera Twitter

Las barras bravas digitales y la supra conciencia moral en redes sociales

El caso Walter Oyarce (Foto: El Comercio)

Cuando alguien le diga que internet “le da voz a todos” o que en las redes sociales “todos tenemos voz”, piense en los cánticos de la Trinchera Norte. Es decir, piense en un número reducido y más o menos homogéneo de personas que se atribuyen la representación de un todo numeroso e indeterminado (“la U” o “los hinchas del fútbol peruano”). Un grupo de fanáticos que, en efecto, gritan porque tienen una voz. Pero que dicen casi siempre lo mismo, y cantan una y otra vez las mismas canciones. Ahora, imagine a un disidente. Un seguidor de Alianza Lima que, evidentemente, piensa distinto, y que decide un buen día acercarse a la tribuna norte para polemizar.

Lo que sucede a continuación es lo que se lee en Twitter un día cualquiera. La dinámica es conocida por todos sus usuarios, tanto por agresores como por agredidos. Se le ha llamado Twitter bullying e Ilave 2.0, y es lo que le acaba de suceder a Aldo Miyashiro. El conductor de Enemigos Públicos es uno más dentro de una lista de víctimas apanadas, difamadas y vejadas en manos de esta Fuenteovejuna digital. Una larga lista que casi me incluye, gracias a un conato de callejón oscuro en respuesta a un post sobre las miserias del periodismo ciudadano. La dinámica es sencilla. Primero, te crean un hashtag. Luego, la sabiduría de la turba te incluye en la lista de trending topics, junto con el Loco David, el Cholo Payet y Momón. Porque a los agresores también les cae, y para algunos eso es la democracia.

A la larga, todo disenso en el Twitter termina en ostracismo, aislamiento o autocensura. Solo persisten en sus gritos quienes han hecho de la confrontación verbal, el insulto y el escándalo su medio de subsistencia. Pero hasta ellos, en ciertos momentos de lucidez, reconocen que algo anda mal.

Twittósfera (Foto: cremaxsiempre.blogspot.com)

Lo interesante es ver la composición del tribunal del pueblo. Como los hooligans, los usuarios de Twitter son generalmente miembros de los sectores más privilegiados. En el escenario más optimista, son palomillas de Windows que pertenecen a ese tercio de la población que tiene acceso a internet, se mantiene relativamente bien informado y utiliza con frecuencia las redes sociales. Pero no todos los integrantes de esta élite letrada tienen el poder para dirigir un ajusticiamiento popular.

Aunque los gurús repiten con insistencia que internet representa una revolución horizontal, las redes sociales están plagadas de jerarquías. Twitter es un caso extremo porque ha logrado convocar a una gran cantidad de formadores de opinión. Políticos, periodistas y lobistas –o todo a la vez- clasificados según su cantidad y calidad de followers.

Sobrevive el más ruidoso y, por supuesto, el que mejor se adapta a la línea ideológica dominante. Una línea que algunos han calificado de caviar. ¿Por qué? Quizás porque lo caviar apunta a una élite culposa, y Twitter se ha convertido en una especie de supra conciencia moral que exacerba el exhibicionismo y el rasgamiento de vestiduras para la tribuna. Ya pasaron los tiempos del panóptico. A través de las redes, una élite se encarga de vigilarse, sancionarse y controlarse socialmente en nombre de la información libre y la democracia digital.

Carlos Cabanillas

Más información, menos periodismo (I)

Foto: antiprensa.pe

El Premio Nobel de Literatura 2010 no necesita que lo defiendan. Por eso –y porque no tengo claro el tema de los estudios citados– obviaré el argumento de los cambios cognitivos como consecuencia del uso de internet. Sorprende, sin embargo, que quienes más defienden la libertad irrestricta de opinar en la web le enrostren a MVLL su incapacidad para hablar sobre temas de neurología e internet. No sorprende tanto, en cambio, que parte de nuestra élite ilustrada se complazca a sí misma argumentando que, después de todo, la alta cultura siempre ha sido minoritaria y que la imprenta es solo un hipo en nuestra milenaria historia oral. Menospreciar por elitista a la cultura escrita en un país desarrollado, vaya y pase. Pero en una realidad con tan miserables niveles de comprensión de lectura (no es la cantidad ni la calidad de libros, sino cuánto se comprende) y un mundo letrado tan débil, es poco menos que reaccionario.  Porque si existe algún proceso pendiente de democratización en el país es precisamente el de la escuela pública, que pasa por el libro.

Pero internet representa otra amenaza, mucho más concreta y comprobable. Es la amenaza a un sistema de comunicación con editores, contrapesos y controles de calidad.

En esta primera entrega, vale la pena abordar ese gran mito que es la noción de periodismo ciudadano y su potencial democratizador. Es decir, la promesa de outsiders del sistema noticioso que reproducen la información relevante que los desprestigiados medios tradicionales no cubren.

Es cierto: la concentración de medios en grupos empresariales transnacionales ha concentrado también las agendas informativas. Pero los llamados nuevos medios no escapan necesariamente a las grandes tendencias. Veamos, por ejemplo, el caso peruano.

Los blogs y las redes sociales mantienen una cierta relación simbiótica con los medios tradicionales. Parasitaria, en muchos de los casos. De ida y vuelta, los contenidos van de las redes a la prensa y de la prensa a las redes. “Todos tenemos voz”, dicen los entusiastas de la mitología 2.0. Pero no todas las voces merecen ser escuchadas.  Además, sería imposible. Y es aquí donde la democracia directa se vuelve representativa. Porque cuando la sabiduría de las masas se hace escuchar, no se entiende nada. En el mar democratizante de internet, algunos son más iguales que otros. Debajo de las redes sociales virtuales, priman las redes sociales reales. Detrás de los hipervínculos, mandan los vínculos y las amistades. Los agregadores y rebotadores que están realmente conectados se encargan de repetir, citar, linkear y, a veces, generar los contenidos que creen relevantes. Y la prensa tradicional, finalmente, se encarga de legitimar y consagrar a quienes –ya alineados editorialmente- consideran relevante (cuando un periodista entrevista en vivo y dice “la gente en twitter se pregunta”, en realidad se refiere a una élite twittera, mayormente conformada por comunicadores y formadores de opinión). De forma simultánea, invisibilizan a los otros, que en no pocos casos son los verdaderos autores del destape o la noticia en cuestión. Finalmente, esos no-contactados por la prensa pueden aún aspirar a un escalafón de honor: hacer verdadero reporterismo ciudadano. Una escala menor en el ya bajo sueldo de los sufridos practicantes. Y una esperanzadora forma de alimentar el mito democrático de que todos son escuchados.

Por si fuera poco, las discusiones en redes sociales y blogs no suelen promover verdaderos debates. A los que discrepan se les ignora, censura o expulsa. Las campañas y causas virales se encargan de covencer a los ya convencidos, y la gran mayoría tiende a buscar información que ratifique sus opiniones antes que cuestionar sus prejuicios. El eterno plebiscito popular del “I like” se encarga de legitimar los argumentos ad populum. La libertad, eso sí, es innegable: uno pregunta lo que quiere y el otro responde lo que se le antoja.

Pero vale la pena abordar un caso concreto. Octubre del 2006. El affaire Federico Danton. El consenso en redes sociales y blogs sugiere que fue ahí donde los blogs llenaron el vacío de la prensa tradicional. Que la información alternativa no tenía por dónde salir, y que este episodio significó la partida de nacimiento de la blogósfera. Esto es parcialmente cierto. Yo mismo pensé que los blogs cubrían cierta demanda insatisfecha por los medios tradicionales, como se consignó en una  nota de Paola Ugaz para la revista Ideele. Pero el caché nunca miente: los grandes medios sí tocaron el tema. La misma noche de la denuncia de La Primera (¿existe algo más tradicional que un destape de César Hildebrandt?), Josefina Townsend y Jimena de la Quintana comentaron la noticia en Canal N. Días después, el semanario Caretas le dedicó una portadaOtro detalle: los blogs que más tocaron el caso fueron bitácoras creadas por periodistas.

Cosa curiosa: fue un blogger -en ese entonces ajeno a los medios- quien dijo que todo no era más que un chisme sin validez periodística.

Se sigue repitiendo la noción de que las mayores denuncias durante el segundo gobierno de Alan García fueron aireadas por los blogs y las redes sociales. Pero basta con mirar de cerca el caso Petroaudios, el escándalo más grande del quinquenio. Empezó con el periodista Fernando Rospigliosi, y llegó a nosotros a través de canal 4. A menos que se considere a Tomasio y Ponce Feijóo como periodistas ciudadanos, esto no es más que otra denuncia ventilada por los grandes medios. Pero, ¿y si lo fueran? ¿Y si, estirando los conceptos, Tomasio y Ponce Feijóo fueran los verdaderos “periodistas ciudadanos” en esta historia? (Carlos Cabanillas)