Tagged: Fútbol

Nosotros ganamos menos

1. Otra vuelta de tuerca. Los hinchas de buena memoria coincidirán conmigo: la nueva derrota de ayer se parece como una gota de agua a la misma que nos propinó Colombia en Lima para las eliminatorias de Corea-Japón, en el 2000. Misma historia: Perú le hace un buen tiempo al equipo visitante, se falla un par de clarísimas y a comienzos del segundo tiempo la defensa se equivoca, el arquero duda y los norteños se llevan los tres puntos. Esa vez fue Pajuelo, esta vez Galliquio y Revoredo; esa vez fue Vegas, esta vez Penny, dos arqueros que han destacado en el famélico campeonato peruano pero que en los partidos de selección siempre quedaron en deuda. Así es el fútbol peruano, cíclico, repetitivo, con partidos que regresan desde el fondo de los tiempos para aguarnos una vez más la fiesta. Esta eliminatoria ya la hemos visto cuatro veces, y sabemos cómo es el siguiente episodio y cómo termina. Ayer sesenta mil personas se reunieron en el Nacional pagando sumas exageradas solo para ver el capítulo refrito de una sitcom. Así somos.

2. Echarle la culpa a Markarián de la derrota de ayer no solamente es injusto, sino sumamente mezquino. Markarián hizo lo que pudo con un equipo parchado, remendado y por varios lados sencillamente roto y, ciertamente, jugó bastante mejor que Colombia. Podemos discutirle si queremos algún cambio, excepto el de Farfán, un jugador lesionado que entró cogiéndose la pierna: decir que debió entrar antes fue pretender exponerlo de manera innecesaria. Markarián, a fin de cuentas, es un entrenador capaz que hace lo que puede, y lo que puede no es poco. Pero, como ya he dicho, esto no pasa por una cuestión de entrenador. Lo diré nuevamente: con Burga en la Federación, cualquier mejora a mediano o largo plazo está vedada de antemano. El crédito de Markarián es corto porque el de Burga es corto. Me pregunto qué otra prueba de ello necesitamos luego del partido de ayer, luego de cuatro eliminatorias en las que no hacemos sino empeorar. Pizarro no es una casualidad: es un capitán hecho a medida del fútbol que representa: irresponsable, egoísta, monosilábico. Lo de Perú también es una cuestión sicológica. Podemos traer un entrenador a convencer a un grupo de jugadores, pero se necesita mucho más que eso para desterrar a sus fantasmas, aquellos que se apoderaron de Carrillo en el primer tiempo cuando quedó mano a mano frente al arquero Ospina.

3. ¿A qué va el hincha limeño cuando va al estadio? ¿A empezar gritando y haciendo barritas y a quedarse mudo los siguientes veinte minutos, a emocionarse ante una arremetida de Perú, a comenzar a murmurar cuando no llegamos durante diez minutos al área contraria? ¿A qué va el hincha de Lima? ¿A cantar el himno nacional como no lo ha hecho nunca en su colegio ni en ningún lado para luego sentarse cómodamente como quien va a admirar, en silencio, la última presentación del Circo del Sol? Con hinchas como esos no merecemos ir al Mundial. Comprar una entrada y ocupar un asiento no es comprometerse, no es ser hincha. Y erradiquemos, de una vez, el mito de que el Perú es un país futbolero. Escuchemos los comentarios del “hincha” peruano promedio en el entretiempo de un partido de eliminatorias y saquemos nuestras propias conclusiones.

4. Perú no va a ir al Mundial. Es más: ojalá que Markarián alcance los 12 puntos que alcanzamos en la última eliminatoria con Chemo. Y la verdad, hasta eso se ve difícil. (José Carlos Yrigoyen)

Advertisements

Coca-Conga

La paradoja de ser peruano. Mientras la publicidad futbolera ensalza la unión dentro y fuera de la cancha el paro indefinido en Cajamarca muestra la fractura nacional.

“Si estamos juntos no podrán callarnos”. Los genios de la publicidad, el falso arte de envolver pescado, le quitaron el micro a Markarián, se zurraron en el Sheriff John MacNorman y convocaron al diamante Uribe, al Chorrillorón, a Julinho y a Farfán. Sí, son los comerciales de Coca-Cola.

“Con esta franja fuimos héroes. Fue frente a Uruguay en el Centenario”, dice, emocionado, Julio César.

Palacios recuerda su más celebrado gol: levantarse la camiseta para mostrar el Te Amo Perú. “Una frase que resumió todo lo que sentimos por la blanquirroja”.

Farfán reflexiona con la profundidad que lo caracteriza y repite el guión: “es hora de demostrar de qué estamos hechos”. A Julinho no hace falta citarlo.

Simplonas, contemporáneas (es un decir) versiones de versiones de versiones de “Contigo Perú”. Ya se sabe que cierto criollismo no hizo otra cosa que jugar en pared con Velasco. Ahora la dictadura es del mercado.

Esto es solo la descripción de un discurso. ¿Quién podría criticar a los publicistas por aprovechar el momento y hacer su trabajo?

Lo que llama la atención, más bien, es el contexto en que aparece.

Durante la Copa América de Argentina (julio 2011) diferentes productos también quisieron asociarse a la selección de fútbol. Y brindar junto a los hinchas. ¿Cómo?  Cantándoles la canción que quieren escuchar. El cuento de hadas que elude su origen sangriento para exaltar la fantasía. La ilusión.

Hace casi un año los goles de Guerrero fueron la excusa para una reconciliación epidérmica de las polarizadas elecciones presidenciales.

El  tercer puesto posicionó la falsa idea de un renacer futbolístico, de la mano de un “mago”, como correlato de un cambio mayor a nivel político. La selección se embarcó en el avión presidencial para llegar de Buenos Aires a la reinauguración del Estadio Nacional. Los recibió el saliente Alan García. Al día siguiente los jugadores visitaron al recién electo Ollanta Humala, quien, siempre para la foto, se animó a darle un par de toques al balón.

Nadie sabía lo que se venía.

14 muertos después (en 10 meses de gestión) Humala sufre las consecuencias de meterle una patada en el culo a la izquierda para transar con la derecha, con la cantaleta de asegurar la inclusión social.

Mientras el padre Arana mueve la olla de grillos e Isaac Humala pierde el vuelo (menos mal) en Cajamarca se exige que el gobierno declare inviable el proyecto Conga.

Y así llegamos al partido contra Colombia. Con más dudas que certezas, con lesionados y capitanes ausentes igual hay que salir a la cancha. Porque unidos nadie nos gana.

¿Qué diablos es Coca-Conga? Ese trago que el presidente se va a tener que tomar el domingo en el estadio. Sus principales ingredientes son la ilusión y la convulsión social.  Una escopeta de dos cañones que no deja de apuntarnos.

Juan Carlos Méndez.

Cuenta regresiva para una nueva eliminación

                                                            

Una derrota más sí importa. Foto: Efe.

A Silvia Freire y a Delfor Palacios, in memoriam

1

Empecemos con una verdad que, a estas alturas, es difícil refutar. El formato de Eliminatorias de todos contra todos es fatal para Perú. Y es fatal porque es el más justo y el que mejor refleja la situación de cada selección participante. Es un sistema al que es muy difícil hacerle trampas, y que hace quince años nos corrobora, casi sin margen de error, nuestro pobre y declinante nivel: sextos en 1998, octavos en el 2002, octavos en el 2006, décimos en el 2010. La primera conclusión objetiva tras estos resultados es que la selección peruana no va a mejorar mientras que la Federación no se reforme, los dirigentes que la encabezan no sean removidos, y se comiencen a cambiar los cimientos y la estructura de nuestro fútbol profesional. Está claro que con una dirigencia como la de Manuel Burga ir al Mundial está lejos de nuestro presupuesto; más aún: cualquier tipo de mejoría sostenida está negada de antemano. No por nada, hace algunos años, nuestro redactor Jerónimo Pimentel llamó, desde las páginas de la revista Caretas, a los hinchas y a los jugadores a boicotear a la selección hasta lograr la renuncia de la nefasta directiva del FPF y comenzar así esa fundamental transformación. Esta propuesta es para muchos una utopía, seguramente, pero sigo creyendo que es el único camino que tenemos para que el futbol peruano cambie y deje de ser el peor ejemplo de la región. No olvidemos que los colombianos le han puesto a su decadencia futbolística un apropiado nombre que nadie puede discutirle: peruanización.

2

Durante una década entera, cada vez que Perú se quedaba sin técnico a puertas de una eliminatoria o de una Copa América, nuestra prensa futbolera llamaba en masa al celular de Sergio Markarián para preguntarle si se animaba a dirigir los restos de nuestra selección. Y la respuesta del uruguayo siempre fue muy coherente. Palabras más, palabras menos, era esta: no puedo entrenar a Perú mientras que la directiva que existe siga en el cargo, pues con esos dirigentes es imposible trabajar en serio. Y bien, mientras tanto pasaron por el aro Maturana, Autuori, Uribe dos veces, Ternero, Navarro y Chemo. Todos ellos se convirtieron, más allá de las intenciones que los llevaron a aceptar el cargo, en cómplices de Manuel Burga y a la vez en fusibles que lo mantenían, proceso a proceso, eliminatoria tras eliminatoria, en el cargo. Lo legitimaron sabiendo que su labor al frente de la selección estaba frustrada desde su mismo origen y cada uno pagó las consecuencias de distinta manera: Autuori renunciando al ser perseguido por una comisión del Congreso, Navarro despedido y humillado por Pizarro –uno de los verdaderos dueños de la selección-, Uribe nublado por su ego y expectorado como un perro del puesto, Chemo soportando una larguísima eliminatoria en la que se engulló las más bochornosas goleadas que un hincha peruano recuerde. Markarián, digno, sobrio, triunfador en los clubes que tomaba a su cargo y en la selección de Paraguay, miraba todo de lejos y de cuando en cuando reconocía su pena por ese Gólgota infinito por el que el fútbol peruano estaba condenado a transitar.

Lo vamos a desenmascarar. Foto: Efe.

Hasta que, un buen día, Markarián marcó un nuevo récord en las Olimpiadas de la Contradicción y anunció que, luego de entablar un diálogo con los probos y honorables dirigentes de la FPF, aceptaba ponerse el buzo de entrenador de Perú. ¿Era eso serio? ¿No era ese señor que posaba junto a Burga el mismo que se negaba siquiera a considerar la posibilidad de ponerse a la orden de una dirigencia ineficiente e irresponsable con la que era inviable emprender un trabajo a largo plazo? ¿Qué sucedió? ¿De pronto Burga se convirtió en un intachable Harold Mayne-Nicholls sin que nadie, excepto Markarián, se diera cuenta? ¿La FPF, esa guarida de grisuras y nulidades, habíase trocado súbitamente en una franquicia de la Deutscher Fusball Bund? Nunca he logrado comprender el sorprendente cambio de opinión de Markarián. De pronto, por arte de magia, el pillo era íntegro, el pícaro un virtuoso y el bribonzuelo depositario de una inflexible decencia. Su destino, como estaba escrito, es similar al de todos sus antecesores. Es verdad que su comienzo fue bueno. Pero también bastante engañoso: le ganó a Canadá, a Jamaica, a la selección B de Senegal, a Panamá y empató con Japón B y con República Checa B. Le ganó a una Costa Rica sin estrellas e hizo una buena Copa América. Luego, una eliminatoria que pinta para ser igual, sino peor, que las anteriores. Hasta este momento, estadísticamente, solamente supera a la Eliminatoria de Chemo del Solar. Y todo hace indicar que la herida de muerte se la infligirá Colombia este 3 de junio y el tiro de gracia su querido Uruguay siete días después. Ese Uruguay al que juró que nunca enfrentaría luego de su experiencia con Paraguay. Pero bueno, ustedes saben como es Markarián con los juramentos. Gajes de su proverbial inestabilidad emocional, aquella que lo hizo pelearse con casi la totalidad de los jugadores de Universitario cuando los entrenaba en los noventa e insultar a un hincha en el aeropuerto que le recrimina –con absoluto derecho- el dejarnos humillar por Chile para constatar en un microciclo lo que ya todos sabíamos: que Álvaro Ampuero es un jugador  con condiciones y los otros veinte convocados restantes no.

La necesidad de sostener el mito aquel del Markarián salvador no se detiene: en el próximo partido de preparación el rival será Nigeria. Pero no Nigeria con sus titulares –que dicho sea de paso, jugador por jugador es más que Perú-, no Nigeria B, sino un equipo formado por jugadores juveniles de la exótica liga local y cuatro extranjeros de discreto nivel: uno de ellos juega en la tercera división española, el otro en la tercera division italiana, otro en uno de los clubes coleros de la liga turca, y el de mayor renombre alterna en el Torino, que acaba de ascender a la Serie A. De esta impronunciable nómina de desconocidos el que más partidos tiene con su selección suma cinco convocatorias. La mayoría de este plantel nigeriano debutará con la camiseta de su país esta noche en el gramado del José Díaz. Es decir, nuestro último partido antes del encuentro con Colombia va a ser contra algo que muy piadosamente podríamos considerar Nigeria C. Sorprende que la prensa deportiva no haya llamado la atención sobre esta broma de partido de fútbol, de cuya completa inutilidad es muy consciente Markarián. Pero entonces uno recuerda que es la misma prensa que condenó al basurero de la historia a Chemo del Solar por convocar setenta jugadores a la selección para las eliminatorias de Sudáfrica y que con Markarián, que hasta esta fecha ha llamado casi a ochenta, calla en siete idiomas. Y de pronto todo cobra sentido.

3

Los todavía muchos hinchas leales a Markarián –quienes, con el transcurrir de los próximos partidos de eliminatoria decrecerán dramáticamente en número- enarbolan el tercer puesto que Perú alcanzó en la última Copa América como argumento definitivo contra los que osan criticar al uruguayo. Comprendo que en un fútbol tan mísero como el nuestro esa medalla de bronce pueda ser para algunos la prueba que estaban esperando de que nuestra selección por fin va a dejar de dar vergüenza en todas las canchas a lo largo y ancho del continente. Pero ese dedo ya nos lo han metido antes, muchas veces, en los últimos veinte años. Y todas las veces que nos lo metieron lo aceptamos felices e hicimos, puntuales, la cola para comprar nuestra ración de sebo de culebra con ese candor que algunos benévolos insisten en llamar fe.

Cuando Cienciano ganó la Sudamericana en el 2003 un gran porcentaje de hinchas aplaudió la pueril demagogia de Ternero, quien no paró hasta ser técnico de la selección, destruir en un mes su relación con los referentes y hundir al equipo en una serie de goleadas ignominiosas, entre las que destaca ese partido en Barranquilla donde nos comimos, vía Chiquito Flores, cinco goles colombianos.

Igual ánimo despertó el casi más añorado por los hinchas menores de cuarenta años: la Eliminatoria para Francia 98. Esos veinticinco puntos con los que nos quedamos por diferencia de goles fuera de la final. Oblitas, a quien al principio del proceso le rogábamos que nos saque del fondo, estuvo a prácticamente nada de lograr lo que, recordando nombre por nombre la selección de aquel entonces, era casi un milagro. Durante los dos años siguientes se habló mucho de las enormes posibilidades que teníamos para ir a Corea-Japón, impresión que se reforzó con el surgimiento de quien estaba llamado a ser el nuevo goleador de la selección desde Franco Navarro: Claudio Pizarro (quien, cuatro eliminatorias después, exhibe la portentosa cifra de cuatro tantos en esta clase de partidos; ninguno de ellos fue decisivo para alcanzar victoria alguna). La creencia de que estábamos por buen camino parecía volverse realidad con la victoria contra Paraguay en la primera fecha y el empate contra Chile en la segunda. Luego, todo fue debacle. ¿Y el primer puesto en el grupo de la muerte en la Copa América de 1993? ¿Y el buen comienzo con Autuori, que tenía 8 puntos luego de jugar contra Uruguay en la primera ronda? Se acercaron todos los hinchas y lo rodearon con su ilusión, pero ay, el cadáver siguió mirando el Mundial por la tele.

Malinterpretamos y sobredimensionamos las breves buenas rachas y tenemos pésima memoria para las viejas vergüenzas que pasamos, que son muchas. Nos olvidamos de esos datos, gélidos como un informe forense, que nos retratan de cuerpo entero: desde 1999, hace trece años, Perú no puede ganar dos partidos oficiales seguidos. ¡Trece años! ¿Qué selección puede aspirar a ir a un Mundial con semejante losa a sus espaldas? Eso sin mencionar otra cifra que nos sumerge más en el descrédito: la última vez que Perú ganó un partido de visita por eliminatorias fue en el 2004, contra Uruguay, con Autuori. Hace ocho años. Pero no lo queremos recordar. Como no queremos recordar tampoco que el fútbol peruano ha renacido media docena de veces en los últimos veinte años para volver a internarse en su cripta nuevamente dos partidos después. Es un Lázaro sistemático, circular, acosado por una incesante sucesión de deja vu que no lo deja descansar en paz.

El hombre más repudiado del Perú. Fuente: Líbero.

Es por ello que el entusiasmo que aún suscita Markarián me deja frío. A pesar de que la historia nos ha restregado nuestra realidad en la cara una y otra vez, nos entregamos alegremente como lemmings a la inmensidad del océano de nuestro más ciego y monolítico anhelo: ir a un Mundial de fútbol, no importa al precio que sea. No importa que Burga, ese dogmático del cretinismo, se quede veinte años más en la presidencia de la Federación. No importa que nada haya cambiado ni cambie en las precarias estructuras de las instituciones que representan a la selección y a los clubes. No importa que en la Libertadores solo seamos un poco mejores que los equipos bolivianos y que vivamos acumulando derrotas dignas de equipo indonesio (como el no muy lejano 9-0 que el Defensor de Uruguay le endilgó al Sport Huancayo). No importa que Pizarro maneje a su antojo a todos los técnicos de la selección que han venido desde el 2002 y que sea un capitán indigno de la banda que alguna vez lució Héctor Chumpitaz. Sobre esto es emblemática una anécdota que el pudoroso Daniel Peredo jamás contaría. Poco antes del decisivo partido contra Ecuador en Lima durante la eliminatoria con Autuori, Pizarro escuchaba su Mp3 en el vestuario. Solano se le acercó: “Claudio, ¿no crees que sería bueno reunir a los muchachos para hablarles antes del partido?”, a lo que el desangelado delantero, sin quitarse los audífonos, replicó: “¿Para qué? Si ellos ya saben lo que les voy a decir”.

No importa, nada importa. Lo único necesario cada cuatro años es conseguir a ese Mesías que nos haga creer que es posible lo que objetivamente es inalcanzable. Esta vez el nuevo cómplice de Burga ha levantado su propio mito, del cual viviremos hasta próximo aviso: el celebradísimo tercer puesto de la Copa América del 2011. Vivimos buen tiempo del de la Eliminatoria del 97, que para mi generación era el prometedor comienzo de algo bueno y se terminó convirtiendo en lo mejor que hemos alcanzado en los últimos dos decenios, en nuestro más preciado objeto de nostalgia, en el plato fuerte de Clásicos a mano, ese programa tramposo que nos presenta un Unión Minas-Sport Coopsol del 2001 como una auténtica epopeya y a Oscar Dertycia como el Cantona que nunca supimos ver.

Así que si me alguien viene y me dice la selección está de vuelta ¿estás tú? Yo sonrío, y antes de cerrar la puerta respondo: no, yo ya no estoy. (José Carlos Yrigoyen)

Ni con magia

Razones por las que el Perú no clasificará para Brasil 2014


Tres partidos de eliminatoria mundialista, tres puntos. Ese es el Perú de los cuatro fantásticos, del técnico de selección más endiosado en décadas, el que está de vuelta en el demagógico y huachafo comercial de Movistar. Es una selección tan ligerita como la de Uribe, Maturana y Ternero, solo que con más orden y más ganas de hacer las cosas. Pero está claro que eso no basta para ir a un Mundial. Para ir a un Mundial se necesita un fútbol local medianamente competitivo a nivel internacional, y Perú no lo tiene (el ejemplo más reciente es el Vasco 5 Universitario 2), como no lo tiene Colombia o Bolivia, que tampoco van a ir a la cita brasileña.

Se necesita, además, una estructura futbolística creíble, y con Burga y sus secuaces eso es sencillamente imposible. Miren a Chile nomás, que con la misma selección anodina de la eliminatoria 2006, se convirtió en un equipo temible en el Mundial del 2010, al que clasificó con brillantez y holgura. Que Marcelo Bielsa fuera el técnico es solo una parte de un todo: otra parte importante, imprescindible, era el presidente de la Federación, Harold Mayne-Nicholls, hombre lúcido, culto y pragmático que respaldó y colaboró en fortalecer la base donde el trabajo del Loco y sus muchachos tenía que desarrollarse.

Sergio Markarián es un muy buen entrenador de fútbol que siempre ha ganado títulos con planteles de nivel. Hace magia, pero no milagros. Sabe administrar lo que tiene y con lo que tiene suele superar expectativas, pero no necesariamente corona las grandes metas que ha tenido en su carrera: con Cristal en la Libertadores, el Panathinaikos en la Champions y Perú en la Copa América llegó a altas instancias, pero no se llevó el título en ninguno de los tres casos. He leído por ahí en el Facebook que no debemos preocuparnos, porque Markarián, con Paraguay en la eliminatoria del 2002, perdió sus dos primeros partidos y luego clasificó a los guaraníes a Corea-Japón. Pero eso es contar solo un lado de la historia: la otra parte es que en esa ocasión tenía a la base del fortísimo Paraguay de Francia 98. Ahora, en la misma condición, tres puntos en tres encuentros, tiene como base a la horrenda selección de Chemo del Solar, colera (cólera) indiscutible en el anterior proceso eliminatorio.

Solano –aquel jugador que en la selección siempre dio la tercera parte de lo que podía dar- tiene razón cuando afirma que eso de los cuatro fantásticos nos hace quedar en ridículo frente a la prensa e hinchadas de los otros países. Yo agregaría que además, nos hace daño a nosotros mismos al sobredimensionar con ese apelativo a un conjunto de jugadores que son sin duda muy talentosos, pero ninguno de ellos es Higuaín, Forlán o Suárez. Triunfan en un torneo como la Bundesliga donde al menos diez equipos tienen una defensa aún más miserable que la de Bolivia. He visto algunos partidos de la liga alemana y me pregunto si hay algo más fácil que hacerle un gol al Bochum o al Mainz 05; no son más (y podrían ser menos) que las zagas de Guatemala o El Salvador. Y para terminar, el loco Vargas juega en un equipo de media tabla de Italia. ¿Esos son nuestros cuatro fantásticos? ¿Cuántas Champions suman? ¿Cuántos trofeos internacionales reposan en las vitrinas de sus casas? (No me cuenten lo de la Intercontinental 2001 de Pizarro, que solo jugó un minuto). Con la excepción de Bolivia, todos los demás equipos tienen jugadores iguales o mejores que los nuestros. Casi todos tienen algún jugador en un equipo de primer nivel; nosotros no. ¿Cuántos jugadores peruanos juegan en el Manchester, en el Barcelona o en la Juventus, como es el caso de Valencia, Alexis Sánchez o Estigarribia? (Por no mencionar a los uruguayos o a los argentinos). Cada eliminatoria cometemos el mismo error: nuestros jugadores comienzan ante nuestros ojos como superhéroes y terminan a los cinco partidos como alcohólicos irrecuperables.

Tenemos pues, poco. Es cierto que es bastante más que lo que tuvimos en los noventa, pero igual es poco y en el concierto latinoamericano, en calidad, estamos entre un sétimo y octavo lugar, que es más o menos nuestro puesto en la tabla de las cuatro últimas eliminatorias. Con un técnico capaz y una estructura dirigencial sólida acaso llegaríamos a un sexto o quinto puesto, pero apenas tenemos una variable de esa ecuación, y como ya hemos repasado, así no se puede. Solo un dato para terminar: hace quince partidos que Perú no gana de visita en partidos eliminatorios. Esa es la realidad. Digan lo que digan algunos periodistas argentinos  (que en el fondo se cagan de risa de nuestro fútbol) lo mejor que podemos hacer es pensar desde ya en el Mundial de Qatar. (José Carlos Yrigoyen)

El Clásico que nos gusta

Consumada ya la derrota ante Chile, nos debemos una revancha.

NMM plantea, entonces, el Clásico del Pacífico que realmente nos importa.

Representando  a nuestros colores, tenemos a Luciana León Romero, congresista de la República por el Partido Aprista.

En la otra esquina, Ena Von Baer Jahn, senadora designada de la Coalición por el Cambio de Sebastián Piñera.

Ustedes eligen a la ganadora. Aquí los palos también cuentan.

(JCY)

Fútbol y política en Perú: una historia de desencuentros

1936. Olimpiadas de Berlín. Perú vence en primera ronda a Finlandia –11 leñadores que por entonces jugaban al fútbol con palitroques- por 7-3, gracias a cinco goles de ‘Lolo’ Fernández y uno de ‘Manguera’ Villanueva. El siguiente partido fue disputado con el equipo B de Austria, que nos ganaba por 2-0 hasta el minuto 75 y al que le volteamos el partido anotando cuatro goles en el último cuarto de hora. El detalle es que en las postrimerías del partido, aun con empate en el marcador, algunos hinchas peruanos invadieron el gramado e incluso golpearon a tres jugadores austriacos de tal manera que no pudieron seguir jugando (y recordemos que en esa época no se admitían cambios). La FIFA dictaminó que el partido debía repetirse y el gobierno dictatorial del general Benavides ordenó a la delegación peruana retirarse del torneo, gracia que nos costó estar desafiliados del ente rector durante dos décadas. Ahí también comenzó el mito de que Hitler nos había eliminado por cuestiones raciales, que le ganamos al poderoso ‘Wunderteam’ de Sindelar, que nuestra actuación en Berlín había sido portentosa. Todas patrañas, como ha demostrado Luis Carlos Arias Schreiber. Y es que toda victoria moral siempre está sustentada por una mentira.

1952. Otro símbolo de nuestro gorilismo militar, el general Manuel Apolinario Odría –quien estampó para la historia aquello de “la democracia no se come”-, inaugura el Estadio Nacional de Lima. Cabe anotar que durante los siguientes cuatro años un gran retrato del tiranuelo fue colocado en lo más alto de la tribuna de Occidente con la frase “obra del presidente Odría”.

1969. Comienza la Revolución Peruana al mismo tiempo que las eliminatorias para México 70. Perú enfrenta a Bolivia en el Nacional. Una semana antes habíamos caído en La Paz gracias a la infame actuación del venezolano Chechelev y un absurdo autogol de Héctor Chumpitaz, a quien aún no se le llamaba el “capitán de América”. Había que levantar los corazones antes del partido. Y quizá por ello el presidente Juan Velasco Alvarado decide dar la vuelta olímpica, siendo aclamado por la multitud, según refiere Eloy Jaúregui, quien asegura haber presenciado el hecho. Aquella tarde Perú goleó y sacó medio pasaje para el mundial azteca.

1977. Eliminatorias para Argentina 78. Perú había eliminado a Ecuador endilgándole una paliza: 4-0 que pudieron ser seis o siete. Había que enfrentar a los chilenos en el Nacional para clasificar a la fase final en Cali, pero no eran poca cosa: Figueroa, Quintano, Caszely, Ahumada… Sin embargo, Perú demostró mejor condición y venció con justicia por 2-0. El general Francisco Morales Bermúdez, en evidente estado etílico, bajó a la cancha para celebrar con los jugadores, y llegó a pedir la camiseta sudorosa del back Julio Meléndez para luego ponérsela. Todos cantaron juntos el Himno Nacional. Martínez Morosini relataba la escena, conmovido.

1978. Mundial de Argentina. Perú está fuera luego de quinto partido jugado contra Polonia. Argentina, en el mismo grupo, necesita ganar al menos por cuatro goles para dejar a Brasil en el camino y jugar la final. Conocemos el resto de la historia, pero nunca sabremos si fue cierto que Videla se comunicó telefónicamente con Morales Bermúdez para plantearle un negocio: que la rojiblanca se dejara ganar a cambio de algunas toneladas de trigo. Ese Mundial no lo ganó Argentina, sino la Hermandad de Plan Cóndor. Lo que sí está probado es que Videla y Kissinger entraron al vestuario de Perú a mitad del partido para saludar a los seleccionados peruanos, hablarles de San Martín, de la fraternidad entre los pueblos y dejar por ahí alguna amenaza velada. Luego del 6-0 a Oblitas, Cubillas y demás los recibieron a pedradas en el Jorge Chávez, según anota Eduardo Galeano en  su Memoria del Fuego.

1997. Clasificatoria para el Mundial de Francia. Perú necesitaba solo un empate en Santiago; los chilenos debían ganar, y vaya que tenían con qué: Marcelo Salas e Iván Zamorano. Nosotros contábamos con Maestri Y Germán Carty. Sin embargo, la euforia de los hinchas y de los medios no estaba para detenerse en esa clase de análisis. Aprovechando la coyuntura, Alberto Fujimori, a quien el fútbol nunca atrajo demasiado, fue a la concentración para despedir a los seleccionados, arengándolos con la sonrisa torcida de siempre. Luego de la ignominiosa goleada ante los chilenos y de la victoria ante Paraguay en Lima (1-0), el mismo Fujimori invitó a Oblitas a Palacio y lo ratificó personalmente como técnico de la selección.

1999. La campaña reeleccionista calentaba motores. El Chino vuelve a sacar partido de la coyuntura y anuncia en conferencia de prensa la contratación del Pacho Maturana como técnico de la selección. Nadie mencionó que Maturana acababa de escapar de Costa Rica dejando al seleccionado ‘tico’ en una profunda crisis. Era ya un vendedor de sebo de culebra, al que nos apuramos a comprarle todo el lote disponible: “Yo tengo un sueño, y es dirigir a Perú en Japón Corea 2002”, dijo la misma tarde en que Argentina nos ganó 2-1 y Burga lo despedía, embolsándole de paso una jugosa indemnización.

2004. En un acto político fallido, Alan García decide convocar a una marcha nacional para oponerse a la firma del TLC con EE. UU. El día elegido fue el de la inauguración de la Copa América en Perú. Como lo constata la talla de su pantalón, la relación entre el ex presidente y el deporte siempre fue terrible: su marcha no solo fracasó, sino que ocasionó la famosa fotografía de la “patadita”; una vez electo, ratificó el TLC; y para más inri, se embarcó en la multimillonaria remodelación del Estadio Nacional para optar como sede de los Juegos Panamericanos, que terminaría perdiendo. Como no podía ser de otra forma, antes de irse inauguró la obra inconclusa.

2011 Eliminatorias para Brasil 2014. El presidente Ollanta Humala llega a la Videna para entrenar, frente a toda la prensa, con los Cuatro Fantásticos y el resto de la selección. “Estamos hartos de ser eliminados” afirma ante los micrófonos. Al igual que Toledo en el 2003, estuvo presente en el primer partido clasificatorio ante Paraguay. Y al igual que en ese partido, Perú arrolló. Esperemos que ahí se acaben las similitudes.

Saquemos, pues, las conclusiones pertinentes.

Los pronósticos de NMM:

Juan Carlos Méndez: 1-1.

Jerónimo Pimentel: 1-1.

José Carlos Yrigoyen: Perú gana 1-0.

Carlos Cabanillas: ¿Qué, jugamos contra Chile?

Fútbol Manco

El rendimiento futbolístico dibuja una parábola.

Algunas parecen mesetas, porque la continuidad es permanente y los ciclos naturales de crecimiento y decadencia aparecen borroneados por el esfuerzo y el talento; acaso Zanetti sea un buen ejemplo de ello. En otros casos la curva es aguda, con alza y caída vertiginosas, y la sensación que se tiene es la de estar ante una estrella fugaz; sin ser sol, brilla e ilusiona. En otros, los ires y venires varían de acuerdo a lesiones, clubes y rachas, y la figura más apropiada para representarlos es el electrocardiograma. Quedan unos cuantos, sin embargo, cuyo despegue y vuelo asemeja al avión de papel.

Estos últimos, en Perú, abundan.

El método Markarián, la explosión de Guerrero y el sorpresivo despunte de Chiroque han difuminado la única decepción que encierra este proceso: quien debió renacer en Argentina no fue el buen puntero del Aurich, sino Reimond Manco, por edad y condiciones el reemplazo natural -e inicial– de Farfán en la selección.

Pues aunque sea curioso que el mundo descubra tardíamente las virtudes pericoteras del extremo peruano, y aunque cause risa que esa mezcla de raquitismo con clavícula rota pase por juventud, quien debió aprovechar la disipación de Farfán, ser la revelación del torneo y firmar su pase al extranjero era aquel que, sin haber ganado un solo título en su vida, acuñaba ya frases como “tócame, soy realidad”.

No ahondaremos en sus virtudes, ni en su proyección, ni en su potencial. Todo en Manco es sobre el papel, la única superficie donde tienen sentido las promesas.

¿Pero qué hace uno con el papel?

Lo dobla, ejecuta ese versión universal y ociosa del origami pasatiempero, y lo lanza al aire apuntando al techo  para que caiga al tacho, su morada final, la casa donde habitan todos aquellos cuyas parábolas futbolísticas tornaron, cojudamente, en parábolas morales. (Jerónimo Pimentel)