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¿Sueñan los gobernantes con ovejas eléctricas?

Manifiesto contra el indulto, contra la revocatoria y contra el falaz  referéndum de las redes sociales. 

Real human eyes will read these words in only a tiny minority of the cases.

And yet it is you, the person, the rarity among my readers, I hope to reach.

The words in this book are written for people, not computers.

I want to say: You have to be somebody before you can share yourself.

Contra el rebaño digital (You Are Not A Gadget: A Manifesto)

 Jaron Lanier

El 2012 es el año de la polarización. Hace meses que los debates se reducen a una disyuntiva simplista: a favor o en contra. Se pueden discutir medidas de gobierno, destapes periodísticos, líneas editoriales, piezas publicitarias, proyectos de ley o líos urbanísticos. Cualquiera que sea el tema, no hay matices. Las corrientes de opinión nos fuerzan a elegir y virtualmente todo parece reducirse a dos bandos enfrentados. Quizás por eso lo que queda de la opinión pública gira alrededor de las cuestionadas encuestadoras y las elitistas redes sociales. Dos herramientas que fuerzan la constante división maniquea. Basta  decir si se aprueba o se desaprueba, rellenar la casilla correcta y callar. Solo hay que hacer clic en like o unlike, follow o unfollow. No hay casillas para los distintos tonos de gris. No hay cuentas de Twitter sin sesgo ni muros de Facebook neutrales. La mísera discusión está a merced del rebote y el bloqueo arbitrario, del amiguismo de las argollas y los enemigos ad hominem. Los poquísimos que intentan desarrollar alguna opinión son inmediatamente aislados, minimizados y atacados. O peor aún: no son leídos.

Quizás estamos viviendo la inercia de la campaña electoral del 2011, un proceso que visibilizó divisiones que se mantienen hasta el día de hoy (por ejemplo, en el tema del indulto). Tal vez el primer gran parte aguas del año fue el proyecto Conga, que empezó con la disyuntiva más infeliz de este gobierno: ¿va o no va? El dilema derivó en otra encrucijada, una realmente absurda tratándose de un país con riquezas naturales: ¿agua u oro? Fue con Conga que el gobierno renunció a hacer política. Sin partidos para articular intereses particulares, la democracia representativa se evidenció en toda su metástasis. La legitimidad de los representantes políticos se disolvió a tal punto que hasta se intentó utilizar a dos curas de mediadores. Nada de eso funcionó. A estas alturas, podría decirse que ya nadie representa a nadie.

Es allí cuando entraron a tallar ciertos mecanismos de participación directa. Fue a partir de Conga que se planteó la necesidad de realizar un referéndum nacional. Una medida costosa y desproporcionada para intentar legitimar un proyecto privado que finalmente se frustró. De ahí en adelante, todos los temas parecen reclamar su propio referéndum o, al menos, su propia encuesta de dos casillas (a favor o en contra). La imposibilidad de construir consensos ha parido la patética situación actual. Hoy cualquier estupidez divide al país. Ahora resulta que todo polariza: la palabra de un diseñador, el proyecto Pandora, los gatos de Miraflores, el comercial de un instituto, el afiche de una tienda, los urinarios de un restaurante en San Borja y las corridas de toros. En este preciso instante, la mitad del país se pelea con la otra mitad en Twitter. Quizás el peinado de alguna celebridad tenga la culpa.

La pregunta retórica llega sola. ¿Realmente hay tantos temas que nos separan? Evidentemente, no.Ninguna de estas divisiones es verdaderamente importante y Twitter no es el reflejo del país, aunque a veces se comporta como lo más lumpen de la sociedad. El año de la polarización es, en realidad, el año de la estupidez.

Porque es idiota simplificar todos los temas de coyuntura en una tendenciosa división que promueve casi exclusivamente la efectista indignación y la sorda confrontación. La actual dinámica en internet es simple: o te indignas conmigo o te lincho. El constante plebiscito virtual de las redes sociales es el lenguaje binario de una sociedad frívola que ha renunciado a la crítica cultural, a discutir políticamente y a debatir en profundidad todo lo que consume.

Hay cuestiones urgentes, por supuesto. Son temas que trazan una línea divisoria a través del ideario popular, y que ameritan cierta contundencia y celeridad a la hora de asumir una postura. El indulto a Alberto Fujimori y la revocatoria a Susana Villarán son dos de esos raros casos en donde es casi imposible alcanzar un punto medio consensuado. Además, son dos propuestas que socavan la propia noción de responsabilidad política (asumir las decisiones y las acciones).

NMM se opone a ambas, pero tampoco se presta al juego de la falaz polarización. Decirle no al indulto no es decirle a Ollanta Humala. Decirle no a la revocatoria no es decirle a Susana Villarán. Este blog no encaja en la lógica de los bandos que cierran filas. No se precia de tener muchos amigos (aunque sí algunas amigas). Por eso es tan difícil estar satisfecho con la simplista bipolaridad que alientan las discusiones virtuales. Si las redes sociales funcionan bajo la lógica de hacer amigos, el periodismo suele funcionar bajo la inevitable lógica de hacer enemigos. Porque si la arquitectura de internet se basa en la confianza, el método periodístico se basa en la desconfianza.  En pensar por uno mismo y no en cadena con las inteligencias colectivas.  En ser el lobo entre el rebaño digital.

Carlos Cabanillas

El Cuarto Fujimorismo

La ucronía de un triunfo de Keiko Fujimori en el 2011 en libro de ensayos contrafácticos Contra-Historia del Perú (Mitin, 2012). Un extracto.

Escribe: Carlos Cabanillas

El hombre había aparecido de la nada, como la primera vez. Miraba hacia abajo desde una silla de ruedas estacionada en el balcón para invitados presidenciales. Eran los mismos ojos pequeños e impasibles. El mismo rostro imperturbable, con arrugas pero sin pasado. Lo cubría un enorme sobretodo negro que dejaba ver el cuello blanco de una camisa demasiado grande. Quizás era cierto que había perdido 15 kilos. Aquel 28 de julio de 2011 su nombre estaba en todos los diarios. Alberto Fujimori presenciaría la toma de mando de su hija el día de su cumpleaños número 73. Pocos lo creyeron. Y es que todo lo concerniente a él siempre había sido incierto: su nombre, su edad y, sobre todo, su presencia. Más de veinte años después, el hombre seguía siendo un misterio.

Cuando los fotógrafos lo reconocieron intentó sonreír de medio lado. Era el rictus de antes. El gesto cómplice de quien sabía lo que todos sabían que iba a suceder. De alguna extraña manera, ese día yo también lo supe.

***
En el medio, algunos policías verdes dividiendo las aguas. En el horizonte de aquellos días, en cambio, todo pareció estar cubierto por la peruana niebla de lo indeterminado. Humala habló de fraude en Puno. Una oficina de la ONPE fue incendiada en Cusco. Hubo marchas y contramarchas en la selva. Los especialistas calcularon al menos 230 conflictos sociales en todo el país. Un tercio latentes, el resto urgentes.Desde la ventana del Hotel Bolívar el panorama en las calles se hizo más claro: una hilera de banderolas blancas trenzada con una larga fila de polos anaranjados.

Dentro del hotel, el resto del país no existía. Luego de la conferencia de prensa, un anónimo animador pidió vivas por la familia presidencial. Las velas se colocaron una a una sobre un improvisado altar, mientras un cura oficiaba los rezos por la salud del ex presidente. La versión oficial decía que este se había negado a recibir el indulto. Que solo lo había aceptado ante la insistencia de los médicos del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas. Cuando le dieron de alta, una oportuna encuesta de opinión ya había allanado el terreno para su regreso. A pesar de ello, mantuvo su característico perfil bajo. Hubo avistamientos, pero ninguno se pudo confirmar. Eran sosias, decían. Imitadores. Con el pasar de los días se convirtió otra vez en un rumor, en una ausencia insoportablemente leve, en un Fushía viejo y enfermo. “Imaginemos un país literario”, había dicho alguna vez, luego del golpe del 92.

El de la Plaza San Martín fue el único conflicto social que logró ser controlado. Las manifestaciones en Lima habían empezado el lunes 25 de julio, durante la juramentación de los nuevos congresistas. Aquella mañana, entre monedas y carpetazos, Martha Chávez insultó a la parlamentaria andina accesitaria Nora Bonifaz. Todo un mensaje para la oposición, pero también para la futura presidenta. Al día siguiente hubo una quema de muñecos en la Plaza Dos de Mayo. Uno tenía una gran letra K junto a un letrero que decía Keiko al gobierno, Kenya al poder. Era la frase de un periodista opositor. Alrededor de la plaza, una serpiente bicéfala era cargada por una decena de personas. Como las dos caras de Jano, una miraba al futuro y la otra apuntaba al pasado. Modernidad y tradición, mujer y hombre, occidente y oriente, Lima y el resto del país. Esa noche, el grupo de teatro Yuyachkani encabezó una protesta itinerante que recorrió las principales plazas del centro histórico. Al tercer día de revuelta, la policía ya estaba lo suficientemente advertida. Quizás por eso recibió con los brazos abiertos a la discreta réplica de La Marcha de los Cuatro Suyos que se atrevió a pisar la Plaza San Martín. Visto en perspectiva, fue un toque de diana que anunciaba lo que se venía.

En la recepción y el hall interior, los corresponsales de la prensa extranjera hablaron sobre un mismo tema: ¿en qué momento el escenario de la presentación del video Kouri-Montesinos se había convertido en el estrado del régimen? El entonces nuevo partido de gobierno empezó a frecuentar el viejo hotel —testigo de tantas batallas— desde el mitin de celebración de su paso a la segunda vuelta. Más precisamente, desde la noche en que la ahora presidenta dijo que el de su padre había sido «el mejor gobierno de la historia del Perú». En ese entonces era imposible calcular el costo de la frase.

La llamada Vigilia por la Paz acabó cuando la voz de Dina Páucar salió de los parlantes. Por unos segundos, la canción atrajo a la presidenta electa hacia el balcón de la suite presidencial. Qué lindos eran sus ojos, qué dulces eran sus labios, un aplauso para Keiko, por favor. Y como vino, desapareció. Así habían sido sus apariciones durante las últimas semanas. Esporádicas, silenciosas, breves. ¿Era otra vez el viejo estilo Fujimori? Quizás era solo desorden. Según algunos congresistas de su partido, el triunfo les cayó por sorpresa. No pensaron alcanzar la segunda vuelta. Tampoco creyeron poder ganarla. Siempre pensaron que su año sería 2016, que el recuerdo estaba aún muy fresco en la memoria. Quizás por eso la campaña electoral había empezado siendo una improvisada y continua fuga hacia adelante. Anuncios efectistas, promesas de gasto público, pocas palabras y mucho clientelismo. Había empezado así, pero un mes antes de la elección final la estrategia cambió en un rapto de autocrítica. Se concentró en las zonas pobres pero urbanas, en especial en lo que ellos llamaban el sólido norte naranja. También se concentró en solo dos voceros. Fue la forma de sincerar anticuerpos y contrarrestar actos fallidos. El mitin final fue un mensaje ambiguo de optimismo, mucha música y un estrado a ras del piso, sin olvidar jamás aquello de un peruano como tú. La vieja lección del padre aún servía. Sí, la gente vería lo que quería ver.

El respiro lo dio el fútbol. La buena racha del delantero Paolo Guerrero en la Copa América fue agradecida en silencio por toda la plana mayor del gobierno electo. Paralelamente, las dudas crecían. También la improvisación. Todo hacía indicar que volverían a patear los grandes problemas hacia adelante. Apagar incendios, alargar las negociaciones, gastar las reservas en asistencialismo, lanzar programas efectistas y dejar para mañana lo que no podía hacerse ni hoy ni nunca. Desde el golpe del 5 de abril de 1992, esa también había sido la especialidad del estilo Fujimori: la fuga hacia adelante y la fuga a secas. El golpe de estado invisible. La pregunta era si la misma estrategia podría funcionar esta vez. La única certeza era la continuidad de las políticas económicas, o al menos eso se suponía. El futuro distaba mucho de ser lo que era antes. Empezaba la era del cuarto fujimorismo pero todo parecía haber sido dejado al albur de las circunstancias. No era irónico: era la misma inercia que nos empujaba desde hacía veinte años. Con tantos cambios en el aire y tan poca información de primera mano, los columnistas se apoyaron en la historia. Algunos hablaron de un indirecto resarcimiento a Leguía a través de Fujimori, a meses de cumplirse los ochenta años de su muerte. Sí pues, éramos un país que sabía perdonar. Si el hijo de Prado había sido presidente luego del viaje de su padre, ¿por qué no? En la orilla opuesta, un conocido columnista marxista escribió sobre Odría y la célula sanmarquina Cahuide, ironizando el papel de la marcha encabezada por Mario Vargas Llosa y Ollanta Humala. Sí pues, en el Perú la historia siempre se repetía como tragedia.

***

Entre aplausos de pie, el discurso subrayó la importancia de la seguridad ciudadana. Más cárceles, mayores penas y la creación de comités de autodefensa. El plan Calle Segura empezaría en Lima y Trujillo. La mano dura sería implacable con la delincuencia, les daba su palabra. Las mujeres en este país siempre habían sido de armas tomar. Aplausos en las curules. En el balcón, la mirada fija del padre. El mensaje era para él. Hubo algunas sorpresas. La flamante presidenta habló en quechua, como lo había hecho en el debate de la segunda vuelta electoral. Recordó a Mama Huaco, la mítica fundadora del Imperio Incaico; a la Señora de Cao, gobernante mochica; y a la virreina Ana de Borja, Condesa de Lemos. También habló del centenario de Machu Picchu y del próximo Bicentenario de la Independencia. Días después se supo que algunas de las citas provenían de un libro de Pablo Macera. Dos analistas coincidieron en que las inesperadas referencias eran otra forma de distanciarse del padre, quien públicamente había despreciado la historia del Perú. Pero también significaban un intento por contrarrestar los ataques racistas que desde las elecciones se venían reproduciendo en medios y redes sociales. El mensaje parecía claro: no era 1990, no tenía pasaporte nipón, no era anti peruana y, sobre todo, no eran una dinastía. En un programa de radio, un congresista fujimorista llegó al extremo de afirmar que Manco Cápac había sido japonés.

(Este extracto fue publicado en la revista Caretas, edición 2242)

Más sobre el libro Contra-Historia del Perú (Mitin, 2012):

 

Yo Soy Tu Padre

Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo. Empezando a celebrar el aniversario de http://www.nosotrosmatamosmenos.com, una entrevista a Jorge Trelles, gestor inconsciente de la criatura.

Luego de explicarle por teléfono que su Nosotros Matamos Menos había provocado el nacimiento de un blog que ya cumplía un año, el señor Trelles dudó.  Pero cuando se le dijo que la entrevista no solo sería sobre dicha frase emitió un uhmmm que era casi un sí.  “Lo espero en una hora en mi estudio de Miraflores”, dijo finalmente. ¿No puede ser mañana? “Estoy saliendo de viaje”, respondió.

En una hora estábamos allí.

Antes de iniciar la conversación le pedimos un saludo en video para la juventud sana y estudiosa. Accedió con mucha amabilidad.

Luego, su secretaria nos invitó un café y comenzó la entrevista que se realizó antes del pronunciamiento de Ollanta Humala sobre Conga, tema que se trata y que se mantiene porque evidencia una  forma de pensar del entrevistado.

-¿Su frase provocó que Keiko Fujimori perdiera las elecciones?

No. En lo absoluto. ¿Cuánta gente pudo oírla?

Antes de pronunciarla Keiko ganaba por tres puntos.

-No, ya no.

Ipsos Apoyo le daba 4 puntos de ventaja.

-¿Usted cree que en política las cosas se deciden así?

-Puede considerarse un factor.

-Fue una frase dicha a las 7 de la mañana.

-Pero tuvo consecuencias. Al día siguiente usted ya no era vocero de Keiko.

-Pocos días antes de una elección pasan cosas desmedidas. En política, sobre todo cerca de una transmisión de poder, se usa cualquier cosa para terminar con los eventuales adversarios.

-Su última descripción me hace pensar en la prensa chicha. ¿Recuerda el diario El Chino?

-La verdad no lo leía.

-¿Nunca leyó el diario El Chino en la década del 90?

-No.

-¿Y tampoco veía los programas de Jorge Morelli?

-Claro que sí. Jorge Morelli es muy amigo mío. Es un periodista importante. Estuvimos juntos trabajando con el presidente Belaúnde como miembros del equipo del doctor Ulloa.

-Pero después trabajaron juntos en Cable Canal de Noticias

-Yo no soy periodista. Pero soy muy amigo de Jorge Morelli.

-Pero usted se presentaba a menudo en ese canal.

-Claro, yo era un miembro del régimen fujimorista.

-Fue ministro.

-No solo eso. Yo creo que Fujimori salvó al Perú.

-¿De qué lo salvó?

-De la inflación, del desempleo y de Sendero Luminoso.

-Aceptando su punto de vista, ¿para lograr eso cometieron abusos?

-No hay proceso de desarrollo cuyo impulso no encuentre resistencia. No hay una revolución o transformación en el mundo que no muestre eso. Entonces creo que si para cambiar el país y salvar a millones se requiere una cierta fuerza hay que ejercerla.

-¿Así solucionaría Conga?

-No es justo que por cierta debilidad del presidente Humala los peruanos nos hayamos quedado sin el proyecto. Porque lo que ha dicho la empresa es que Conga no va.  Va a meter 52 millones en hacer represas y se ha guardado en el bolsillo 5 mil millones de dólares, que era la inversión total. Eso es un despropósito.

-¿Usted lo hubiera resuelto con las Fuerzas Armadas?

-Qué hacer es un asunto delicado para quien está en el Ministerio del Interior. Pero creo que Conga no vaya le puede costar al Perú. Europa está quebrando  y EE.UU. está muy mal. El país tiene la suerte de estar recibiendo capitales y no puede negarse a ellos.

-¿Conga es el gran error del gobierno de Humala?

-Creo que es un grave error. Y lo digo a pesar de que Humala tiene mi simpatía.

-¿No importa que los haya derrotado?

-Mire las encuestas. Keiko está con 45%. La política no es un asunto de batallitas. Humala tiene mi simpatía porque ha sido capaz de poner el interés nacional por encima de muchas cosas. El cambio de Humala es un cambio que a él lo enaltece.

-¿Nadine Heredia será la rival a vencer en las próximas elecciones?

-Depende cómo le vaya al marido. Creo que Nadine es una persona con mucho carisma. Tiene un tipo muy peruano, no habla mucho, lo que es bueno.

-Solo tuitea.

-Yo estoy al margen de ese mundo. (Antes de la entrevista pidió que le explicáramos qué cosa era un blog). Pero quizá a Humala no le guste tanto que su mujer lo continúe. Porque para regresar  siempre hay que dejar un periodo. Claro, si las reglas democráticas se respetan.

-Otra vez me llama la atención que un fujimorista reclame juegos democráticos cuando eso no pasó en su momento.

-¿No fuimos democráticos nosotros?

-¿Le parece que el golpe del 5 de abril fue democrático?

-Alberto Fujimori ganó las elecciones contra los partidos políticos. Había que sacarlo del poder.  Lo iban a declarar incapaz moral. Fujimori se adelanta pero inmediatamente convoca a elecciones. No tengo dudas. Lo que pasó en el 92 fue necesario.

-¿Y Barrios Altos también fue necesario?

-¿Eso lo hizo Fujimori?

-Por eso fue condenado.

-Esa sentencia es una maldad. Es un abuso del señor San Martín.

-Usted ha dicho que el juez San Martín tendrá que responder en su momento. ¿Ante quién?

-Ante Dios.

-¿Usted visita a Fujimori?

-Lo visitaba. Iba con Carlos Raffo, que como congresista me hacía más fácil el acceso.

-Carlos Raffo culpó de la derrota electoral a Yoshiyama. ¿Usted qué piensa?

-Fue otro exceso de esos días. Más que decir que alguien perdió las elecciones creo que Humala las ganó. Tuvo el gesto, a mi juicio genial, de correrse al centro y juntarse al señor Vargas Llosa y nos ganó.

-¿Ganó por el garante?

-Por Humala. El talento político de esa campaña es Humala.

-¿Lo sorprendió?

-Sí. Sí. Sí. Yo no la vi.

-¿Cuándo conoció a Fujimori?

-Lo conocí cuando era presidente.

-¿Cuándo Montesinos era el presidente?

-¿Por qué ese odio?

-No es odio.

-Es interesante que el leit motiv del blog sea una frase que reflejaría lo sanguinario que fuimos los fujimoristas. ¿Por qué ese odio?

-No es odio. Viví esa época. Y cuando usted habla de esa transformación en términos macro…

-Y micro. Te voy a contar una anécdota. Cuando empieza el desastre peruano, en el 88, y cuando pierde Vargas Llosa, muchos de mis amigos, blancos y burgueses, se fueron del país. Yo no me fui. Cuando sucede el atentado de Tarata yo tenía 4 hijos pequeños y jóvenes. Esa noche me dije que mi deber, por mi familia, era irme. No tenía trabajo.

-¿Usted no tenía trabajo?

-El país se desplomaba, no había dólares, la gente sacaba sus dólares.

-Yo también vivía en este país.

-La vida no era fácil. Pero me di cuenta que no podía irme. Porque el único bien que tenía era mi casa. ¿A quién se la vendía? Miraba a mis hijos, a mi mujer. Me sentía realmente mal. Tres años después el país estaba en paz.

-Cuando usted dice que el país estaba en paz se refiere a la captura de Abimael, ¿no es cierto?

-Claro.

-Pero esa captura es fruto de un trabajo policial del que no estaba enterado Fujimori.

-Hagamos héroes. Resulta que para los que no son de Fujimori, todo lo que hizo Fujimori no fue de Fujimori. Yo he sido su ministro. Lo he visto en acción. Con una sensibilidad hacia el pobre que solo se explica porque él fue muy pobre. Fujimori vivía en la última cuadra del jirón Huatica. ¿No sé si usted sabe lo que era el jirón Huatica?

-Gracias a Vargas Llosa.

-Bueno, un día me contó que él de chiquito pasaba por allí y a las putas les decía tías.

-Señor Trelles, usted que ha sido congresista… ¿Me iba a decir algo?

-Sí, solo que si bien he sido congresista nunca me ha gustado el Congreso.

-¿Por qué?

-Porque siempre me ha gustado el Poder Ejecutivo.

-¿Por qué?

-Es el lugar donde se hacen las cosas. En mi experiencia particular si uno está cerca del presidente es allí donde sucede la política. El parlamento es menor.

-¿Cómo calificaría al congresista Kenji Fujimori?

-La verdad es que no lo he seguido mucho. Creo que no desentona. Y tampoco le hace sombra a la hermana, lo que está bien.

-Usted ha dicho que estar cerca del presidente permite que las cosas sucedan. ¿Recuerda alguna en particular? ¿Algún hecho motivado por usted?

-Ah, caray. Lo que pasa es que no puedo decirlo al aire…

-¿Cuál es el problema?

-Bueno, yo creo que contribuí a que en el canal 7 se respirase un aire plural. Hubo una franja en la que estaban Tony Zapata, Javier Protzel, Lucho Peirano.  Eran cinco personas que ocupaban el horario de 9 a 10 de la noche.

-Con Ricardo Bedoya e Iván Thays.

-Esa franja fue un logro mío. Yo la pedí cuando fui presidente del directorio de canal 7. Había un programa cómico que era demasiado gobiernista. Y decidí suprimirlo.

-¿El de Carlos Álvarez?

-Evitemos los nombres.

-¿Usted los convocó?

-Yo lo hice. Los conocía a todos. Aunque creo que Javier Protzel me recomendó a Thays.

-¿Por qué no quería hablar “al aire” sobre ese tema?

-Porque no quería decir que sacar al cómico fue una decisión mía.

 

Juan Carlos Méndez.

 

Una Derecha “Marxista”

Los nuevos libertarios y el materialismo histérico

Digamos que existe una derecha que sigue los preceptos del marxismo de manual. Digamos que sus miembros sostienen que todo el desarrollo de una sociedad está condicionado únicamente por los factores económicos, dejando fuera toda consideración post material. Estas personas defienden la supremacía de la economía sobre la vida política.

Como sus acciones están marcadas por el determinismo histórico de la ortodoxia marxista, ellos creen que la base material determina la superestructura. “El ser social determina la conciencia social”, repiten como un salmo. En consecuencia -y como sus pares de la izquierda- desprecian y atacan a todo aquel que no sigue los intereses de su propia clase. A veces, con la razón. Pero generalmente lo hacen por pura reacción. Para estos libertarios, el individuo no tiene agencia ni libertad de conciencia.

Emulando a la izquierda y a “los comisarios stalinistas de la cultura”, se encargan de denunciar todos los libros que hacen propaganda nociva, sea liberal o izquierdista. A través de sus órganos de prensa invocan a dejar de leer a Vallejo, Ribeyro, Arguedas y Alegría. Los escritores, dicen, deben escribir para servir a la causa o no escribir.

Proponen cambios radicales. Pequeñas revoluciones como privatizar al presidente, privatizar a los congresistas o privatizar las calles. Todo lo que permita el mercado y su mecanismo celeste. No importa la propuesta: importa privatizar.

Le rezan públicamente a von Mises, FriedmanHayek (y más Hayek). Los más jóvenes prefieren a Ayn Rand, “la Karl Marx del Tea Party” y lo 2.0. Todo el santoral libertario está citado en sus textos. Ante el dedo acusador, señalan a quienes, como ellos, intentan constantemente reescribir la historia.

En el Perú, esta derecha la soñó primero Carlos Iván Degregori. En La década de la antipolítica (IEP, 2000) se encargó de describir cómo funcionaba la que llamó “la primera dictadura posmoderna” del Perú. Es un libro irregular pero lleno de ideas sugerentes, la mayoría de ellas desperdigadas y sin un mayor desarrollo. Esta es una de ellas:

“Los liberales, a pesar de correr con el viento mundial a su favor, se pasaron con camas y petacas al bando autoritario luego del autogolpe. En el peor de los casos, se dejaron ganar por sus reflejos pinochetistas; en el mejor, adoptaron una postura economicista que reflejaba como un espejo la de su opuesto marxista-leninista y creyeron que cambiando la base económica (es decir, llevando adelante las reformas económicas), lo demás se daría por añadidura, incluyendo la democracia.” (p. 276)

A un año de la muerte de CID, vale la pena releerlo.

Carlos Cabanillas

La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

Derecha Bruta, Derecha Achorada

Breves apuntes sobre el liberalismo peruano

Tafur y Mariátegui

Cómo estará de mal la izquierda peruana que su mayor representante mediático es hoy Juan Carlos Tafur, desde el otro lado de la orilla ideológica. El periodista acuñó el término “derecha bruta y achorada” para tipificar a quienes promovían una campaña sucia contra la hoy alcaldesa. El principal acusado fue Aldo Mariátegui, a quien Tafur sindicó como “el líder de opinión de la DBA”. Lo secundó Augusto Álvarez Rodrich, quien se ha encargado de popularizar las siglas en prensa y redes sociales: DBA. No son los únicos. Rosa María Palacios y Pedro Salinas (quien se autodenomina parte de la “derecha caviar”) también han utilizado el hashtag.

Pero el término es un sinsentido por donde se le mire.

Primero, porque no distingue diferencias ideológicas o sustanciales. Si se trata de acusar a una derecha antidemocrática, bien podríamos proponer un concurso NMM: enumere cuántos miembros de esa derecha (BA o no) han colaborado con nuestra última dictadura, el fujimorismo. Con la honrosa excepción de Pedro Salinas, ¿no estamos ante una mera diferencia de estilo (es decir, de “achoramiento verbal”)?

Y si se trata de una simple diferencia de estilos, ¿qué es preferible en tiempos de un mal entendido pragmatismo, transfuguismo y candidatos “independientes”? Mientras el mundo persiste en tener partidos conservadores, radicales, republicanos y demócratas aquí se sigue hablando del fin de las ideologías.

Vale la pena agregar un paréntesis: ¿cuándo perdió sus dientes la izquierda peruana? Luego de sus indefendibles coqueteos con SL y el MRTA, la izquierda mediática cae en el error opuesto: abandonar las batallas. Antes “la izquierda era la agresiva y los liberales éramos las señoritas de la clase”, recuerda el director de Correo. El mismo Mariátegui reconoce como una de sus influencias al diario Liberación de César Hildebrandt. Hoy el semanario de Hildebrandt es una solitaria terquedad entre chalinas verdes y simple ineficiencia. La prensa combativa de hoy es la de ultraderecha. Es la del fujimorismo en Willax, radio La Exitosa y Avanzada (la empresa que maneja el delincuente Carlos Raffo con la colaboración de su portátil digital).

Volviendo a la pregunta: ¿es realmente preferible un encaletado encaje naranja antes que una frontal Martha Chávez? Definitivamente no.

Pero el problema principal con el término DBA es su inexactitud.

El periodista dice que la DBA “no conoce la historia del Perú“. Sin embargo, cualquiera que haya revisado la génesis de la república reconocerá que la llamada DBA no hace sino seguir los lineamientos de la añeja tradición del liberalismo peruano.

En Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano, por ejemplo, Jorge Basadre recuerda la primera constitución liberal (1823) y a los primigenios liberales locales: el sacerdote Francisco Javier Luna Pizarro y Francisco Javier Mariátegui (abuelo del Amauta). Luego, las primeras generaciones liberales se opusieron a un autoritarismo monárquico. Pero evitaron colisionar con la iglesia, y finalmente apoyaron los arreglos del civilismo. Además, “retrasaron la abolición de la esclavitud” y otras reformas políticas. Las siguiente generaciones liberales proscribieron a los partidos en favor de los electores “notables”. No es casual que dos de los mayores estudiosos del liberalismo peruano hayan sido el fascista Carlos Miró Quesada Laos y Raúl Ferrero Rebagliati, reciéntemente homenajeado por el congreso a propósito de su centenario. Ferrero, autor de El liberalismo peruano. Contribución a una historia de las ideas (Lima, 1958) fue uno de los más arduos opositores al sufragio universal (y defensor del voto solo para la “gente de razón”).

El politólogo Norberto Bobbio explica lo que a las generaciones más jóvenes se les hace extraño: que el liberalismo y la democracia son dos tradiciones opuestas. El liberalismo es una concepción moderna del estado que busca limitar sus funciones. La democracia, en cambio, es una antigua tradición que pretende distribuir el poder en muchas manos y lograr la participación directa en las decisiones colectivas. Según Bobbio, históricamente el liberalismo ha florecido en sociedades con participación restringida, limitada sobre todo a las clases altas. Y la tendencia al sufragio universal es su gran amenaza.

Volvamos a la DBA. Sucede simplemente que Tafur confunde liberalismo con democracia liberal. La segunda recién apareció en el Perú con el Fredemo, y terminó engendrando al hijo deforme del fujimorismo (que finalmente siguió la fórmula del histórico liberalismo peruano: priorizar un estado mínimo antes que un estado de derecho).

Antes de soñar siquiera con un partido liberal demócrata, conviene saber de dónde vienen ambas tradiciones (liberalismo y democracia). Y mirarse al espejo.

Carlos Cabanillas

Inteligencia Militar

Guardianes y reyes filósofos: la alianza Humala-Vargas Llosa
 

La entente Humala-Vargas Llosa

“Los peruanos no necesitamos un filósofo ni un pensador, sino un gerente que sea capaz de resolver y ejecutar las obras.”

                Keiko Fujimori. Junio del 2009

 

La raíz del miedo a una militarización está en una inevitable pregunta ancestral: ¿quién es el más apto para gobernar? El presidente Ollanta Humala ha extendido la pregunta hasta la República de Platón.  Su reciente invocación a “los guardianes socráticos” es una libre interpretación del rol de los militares como protectores del estado.

Pero el dilema se mantiene en pie. ¿Quién es el llamado a liderar esa república? Para Platón es el rey filósofo. Solo él tendría la virtud y la capacidad de estar al mando de “la nave” del estado. La sofocracia platónica se plantea, a grandes rasgos, como una alianza indispensable entre el filósofo y los guardianes (es decir, los guerreros).            

En la Lima actual, pocas propuestas políticas ahuyentarían más a la ciudadanía que una alianza entre intelectuales y militares.

El miedo a la militarización nos dice que un general es lo opuesto a un ser racional. Que quien usa las armas no lee, no discute y no sabe lidiar con las discrepancias. Ejemplos ha habido muchos. Pero se trata, finalmente, de una generalización gruesa. Lo más divertido es que ese lugar común se reproduce en las redes sociales, reino del maniqueísmo y la intolerancia donde hasta el más reflexivo se ve reducido a una burda polarización: me gusta o no me gusta, follow o unfollow, amigo o enemigo.

La historia y la geopolítica lo demuestran. El falso oxímoron “inteligencia militar” no pasa de ser una humorada de Groucho Marx. Pocas instituciones en el país han convocado a tantos intelectuales a sus filas como el CAEM. Para bien y para mal.

Pero el miedo a los intelectuales en el poder es aún mayor. Se les acusa simultáneamente de ser abstractos (como a Bustamante y Rivero) y de tener ideas peligrosas (como a Vargas LLosa). El caso más radical es el de Abimael Guzmán. En su libro Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999 (IEP, 2010), Carlos Iván Degregori precisa que “nunca hubo un movimiento armado en América Latina que diera tal importancia al componente intelectual de su propuesta y a la condición de intelectual de su jefe máximo, el doctor Abimael Guzmán, entronizado en afiches y pinturas con todos los atributos del intelectual: anteojos, terno y libro bajo el brazo”. Para Degregori, Guzmán es el “rey filósofo (que) buscó aliarse con los bárbaros, no para destruir la ciudad letrada sino para tomar el poder dentro de ella con el fin de resaltar todavía más la distinción entre letrados y bárbaros”.

Por eso la reciente alianza entre Ollanta Humala y Mario Vargas Llosa sorprende y genera terror en cierta clase alta limeña. Además, confunde. Se trata de una relación en la que se han invertido los roles clásicos. En este caso en particular, el intelectual es el guardián. Es él quien articula la narrativa de las decisiones que toma el “rey militar”. Hubo antecedentes similares en la historia contemporánea. Quizás el más notorio fue el de Juan Velasco Alvarado leyendo los alambicados discursos del sociólogo de Cornell, Carlos Delgado. También podría mencionarse el pedido de renuncia dirigido a Leguía que el propio Bustamante y Rivero le ayudó a escribir a Sánchez Cerro.     

Pero la entente Humala-Vargas Llosa es única. Primero, porque intenta liderar un gobierno democrático. Y segundo -y esto sí es profundamente platónico- porque se trata de una alianza entre líderes con una doble formación. Por un lado, Vargas Llosa ha sido disciplinado bajo la férrea estructura militar del Colegio Leoncio Prado. Por el otro, Humala ha sido obligado a peinar la biblioteca sanmarquina de su padre, Isaac Humala. Basta una mirada a la historia de la célula Cahuide para comprender lo entrelazadas que están ambas familias. Y lo mucho que ambos se parecen entre sí, no solo cuando corren por las mañanas.

Carlos Cabanillas