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Maldición eterna a quien lea estos versos

Una breve pero sustanciosa antología poética de Fernando Ampuero

El buen narrador Fernando Ampuero del Bosque (1949) insiste en que es poeta, a pesar de las aplastantes evidencias que lo desmienten. Incluso en su Antología Personal, publicada hace poco en Punto de Lectura, reincide con una  muestra de su obra lírica. Y como aquí en NMM festejamos la obstinación del talento creador, presentamos una apretadísima selección de los poemas del autor de “Paren el mundo que aquí me bajo”. Sírvanse, estimados lectores, como si fueran exquisitos canapés de los mejores tiempos del catering de Marisa Guiulfo. 

 

 

 

Mujer mojada

Mujer mojada vale por dos,

Mujer mojada por las lluvias y las humedades del deseo.

Mujer disponible, lista, oliendo a cueva y leña encendida,

Apenas cubierta por polito viejo (nunca camisón nupcial).

Mujer verde, violeta, amarillo patito, rojo cereza,

Cuyos libertinos labios ignoran la fatiga del ansia.

(…)

Mujer cobarde no vale un cuerno.

Mujer que pone cuernos algo roto y triste tiene que tener.

(…)

Dos mujeres mojadas valen la pena.

Dos mujeres que aman son mejor que una.

A menos que en una encuentres dos.

Mi medida del tiempo

Huye el tiempo, rumiando su crimen

Y yo lo sopeso en mis manos

Pues mido la vida en hojas de papel

                Kilos de historias

Y tan solo unos gramos de poemas

Pocas páginas para tanto placer y dolor

Pocas palabras para una larga vida

Voces simples: luz, viento, agua fresca

No fue posible la claridad de Catulo

Ni tampoco la epifanía de Kavafis

Pero al menos rasgué tus íntimos velos

Y me comí la luna a cucharadas.

El mejor lugar para llorar

El mejor lugar para llorar es la ducha

Se llora por todos lados

 

Tango del automovilista

Los hombres buscan huecos

Levantan paredes e inventan huecos

Acunan los brazos y siembran huecos

Los hombres anhelan huecos

Para amar, para morir, para estacionar

Juan Gonzalo Rose: sacúdete en tu cripta.

José Carlos Yrigoyen

Deliremos juntos

Foto: Caretas.

Luego del recuento de fin de año Fernando Ampuero nos comunicó, con una broma, su decepción. Y como aquí creemos que el principal blanco del blog debemos ser nosotros mismos, decidimos entrevistarlo. El primer contacto se realizó mediante un correo electrónico, por lo que el autor de El Peruano Imperfecto prefirió responder las preguntas por ese medio. Debido a su extensión, y con el fin de mantener intacto su valor documental, preferimos renunciar a las repreguntas. También hubo un tema de tiempo: decenas de correos mediante, y un mes después, alcanzamos un estadio que, debido a un viaje del entrevistado, amenazaba con seguir extendiéndose. Que no se interprete, entonces, el silencio como acuerdo. Solo una cosa más: con esta entrevista iniciamos un ciclo. Disfruten.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?
Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas, sería muy tedioso. En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes… ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática. Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Me sorprende la facilidad con la que asumes la etiqueta de criollo, pues pensaba que renegarías del corsé.  No me queda claro tampoco lo de la cobertura y los lectores: ¿cuántas ediciones ha vendido Osvaldo Reynoso, en 50 años, de Los Inocentes? ¿La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, no fue elegida como una de las novelas de la década por la revista Debate, de Apoyo (difícilmente un medio “andino”)? Mi impresión es que ese debate no respondió a una necesidad de reconocimiento, como tú dices, sino que es consecuencia del declive del canon comercial. No hay ahora, pues, ni Academia ni mercado, y a falta de mejor lugar la polémica descendió a lo primario: la casilla étnica.
No hay que tomar tan en serio estas tonterías. Lo importante es la literatura, no la vida literaria, y menos aun las encuestas: son fotografías para el olvido. En cuanto a la etiqueta de criollo que mencionas, me importa un bledo. Supongo que mis encrespados detractores quieren catalogarme como un blanco limeño, lo cual, a mi modo de ver, yo no lo siento peyorativo, dado que soy un mestizo, un peruano de origen indio y español, como la mayoría de los peruanos, con la diferencia de que tengo la piel clara. Nuestra nación es producto de una sociedad colonial, quiéranlo o no, y mi origen familiar criollo está ennoblecido por las guerras de independencia. Naturalmente, el término criollo me parece obsoleto. Más apropiado sería decir que soy un escritor limeño que ama al Perú, a pesar de todo.  Así de sencillo. Y me sorprende, de otro lado, que no recuerdes la causa principal de la polémica, pues ésta se halla ampliamente registrada en Internet. Los andinos, y sus oportunistas ayayeros, nos acusaron de mafiosos, alegando que manejábamos los medios, lo cual era falso,  y reclamaron mayor cobertura periodística. Ahora, cinco años después, ya no la reclaman, porque tienen gran cobertura (y siempre la tuvieron, en realidad), así como amiguetes en buena parte de los medios, pero igual nos atacan, porque al parecer esto no les sirve de mucho. Ignoro qué los tiene tan insatisfechos… ¿Nuestra existencia? ¿El hecho de que sigamos publicando nuevas obras? Recuerda que hace apenas tres semanas un crítico pedía un desagravio para Miguel  Gutiérrez. ¿Quién lo había ofendido? Nadie. Parecería que lo que les gusta es lloriquear. No les basta la cobertura, ni los “homenajes”.  ¿O acaso Reynoso y Gutiérrez están deseando disfrazarse también de Aladinos en las playas de Asia?

¿Cuáles crees que han sido las consecuencias de este debate?
Se ha pasado de un problema de vanidad herida, que ocasionó inicialmente el lío de los llamados escritores andinos, a un problema de racismo y clasismo. No soportan a los limeños. Se odia a un grupo de escritores por consigna, hagan lo que hagan. La fórmula es bastante vieja: elogian a un escritor para joder a otro. En eso estamos. Y además, para colmo, aderezan la situación con una pugna absurda: pretenden oponer a Arguedas contra Vargas Llosa. ¿Por qué? Antes que oponerlos, deberían complementarlos. El Perú literario es la suma de uno y otro. Pero no, no lo aceptan, pues buena parte de los escritores andinos ha hecho de Arguedas una religión. Me parece que exageran. Arguedas, a mi juicio, tiene un par de libros buenos y otros muy menores. Vargas Llosa, en cambio, es un autor con una calidad y un peso universal indiscutible.

¿La prensa cultural peruana es un páramo porque no existe, porque la que existe es irrelevante o porque es simplemente mala en conjunto?
Es un desierto porque, como cualquiera sabe, los propietarios de los diarios peruanos no dan cabida a la cultura, a excepción de La República, que al menos tiene una página cultural diaria. Si la cultura cuenta con poco espacio, nadie puede desarrollar un tema con cierta profundidad. Las reseñas son brevísimas. El mundo del espectáculo, la frivolidad y la gastronomía han ocupado todo el espacio que había antes.

En muchos países se critica al reseñismo por haber reemplazado a la crítica. Aquí los autores piden a gritos reseñismo, porque en el mejor de los casos lo único que consiguen es difusión. ¿Qué piensas?
No tengo nada contra las reseñas. Creo que debería haber por igual reseñas y críticas. Pero éstas no son el único mecanismo de difusión. Un autor debe ayudar a su editor a vender el libro, dado que hay un compromiso entre ambos, y si no consigue  reseñas puede dar entrevistas, poner afiches o utilizar el Facebook.

¿Cuál ha sido tu experiencia al respecto como editor de Somos y El Dominical?
Muy buena. Pero era otra época de El Comercio, cuando había periodistas decentes y no fenicios de quinta fila. Yo dirigí Somos por siete años, en el período de Alejo Miró Quesada y Bernardo Roca Rey, y tanto la cuota de arte y de cultura en general no se hacía extrañar. Esa revista fue un éxito y demostró que poner un poco de cultura en una revista no espanta a los lectores. Todo lo contrario. Y en el caso de El Dominical, cuya razón de ser no ha sido otra que la de dedicarse a la actualidad cultural, me ocupé en reforzar ese concepto, cosa que hoy no se hace, o bien solo se hace  de manera esporádica. No duré en ese cargo todo el tiempo que hubiera deseado porque, como sabes bien, yo dirigía de forma simultánea la unidad de investigación del diario y acabé despedido a causa de la investigación de los Petroaudios.

¿Qué se siente estar al otro lado ahora que, como dices, se te ha impuesto la “muerte civil” en El Comercio?
No siento nada: descanso en paz, como corresponde, pues estoy pagando el precio de haber hecho un periodismo ético. El Comercio de hoy, el que dirige el ala más reaccionaria de sus accionistas, tomó como represalia ignorar mi obra literaria, cosa que viene haciendo desde hace tres años, aunque en algunos casos, me imagino, habrá también autocensura y mariconada. No se publica una línea sobre mis libros. Todos saben que el anterior editor de Somos, Oscar Malca, fue despedido por publicar una fotografía mía. Pero esto, en fin, me importa muy poco. Los libros caminan solos, la mejor prensa es el boca a boca, y las reseñas y las críticas no solo las hacen las personas dedicadas por oficio a ello. El primer crítico siempre es el lector.

¿Sientes que en el caso peruano los medios digitales han contribuido a degradar el debate cultural o, en su defecto, crees que algunos han logrado contrarrestar la decadencia de la prensa cultural impresa?
Los medios digitales son una alternativa muy buena, primero porque existen (y esto ya es bastante), y segundo porque es una herramienta de gente joven. Lamentablemente muchos se dedican a la escatología, las vendettas y el prolijo ninguneo, porque no todo es “democracia” en el macrocosmos digital: también hay fascismo y desinformación. Y entonces, si se cae en un mal circuito, no solo se degrada el debate cultural, sino la vida. Basta ver lo que pasa a nuestro alrededor.  El país se ha convertido en un torbellino de politiquería barata, rencillas menores e insultos de idiotas por el Twitter. Ahora bien, el problema  de tener un blog diario es que te convierte en un polígrafo desbocado. Quienes lo escriben no se dan a sí mismos el tiempo necesario de reflexión. No estoy hablando del clisé de “respetar la opinión ajena”. Yo no respeto opiniones endebles; yo solo coincido con unas opiniones y discrepo de otras. Estoy hablando de madurar ideas.

¿Qué blogs lees? ¿Cuáles, como el nuestro, te han decepcionado?
¡Por favor! Ustedes no me han decepcionado, porque nunca despertaron en mí ilusiones de ningún tipo. Su juego es asunto conocido, ¿no?  Y respecto al otro punto, los blogs, no los leo a menudo, a excepción de Moleskine Literario, que es un informativo cultural estupendo. Pero tengo una aplicación en Google por la que cada vez que aparece mi nombre mencionado, para bien o para mal, me trasladan el contenido a mi e-mail. Lástima que esa aplicación no elimine el comentario adverso y me envíe solo el favorable. Viviría como en ese infierno de “La isla feliz” de Huxley.

¿A qué críticos peruanos en ejercicio –de cualquier medio- lees?
Leo a todos los que hay, o a todos los que tengo acceso, que son poquísimos. Tenemos críticos muy buenos: Julio Ortega, José Miguel Oviedo y Gustavo Faverón son los más destacados, pero también son fundamentales los ensayos críticos de Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo. Asimismo hay críticos interesantes de poesía como Mario Montalbetti, aunque no siempre entiendo lo que trata de decir, tal vez por mi culpa. Oquendo, que dirige con Mirko Lauer la buena revista Hueso Húmero, es un reseñista ocasional y muy certero. Iván Thays es tanto crítico como escritor y animador cultural. González Vigil, Javier Ágreda y Enrique Sánchez Hernani tienen la virtud de ser constantes. No puedo enumerarlos a todos, pues la mayoría de críticos son aves de paso. Ahora leo por Internet los suplementos culturales de los periódicos extranjeros. Y cuando salgo fuera del país, bueno, me avergüenza decir que no existe en el Perú un suplemento cultural. En esto hemos retrocedido mucho.

Por el recuento del año hemos recibido amenazas de agresión física, amigos eliminados del Facebook e insultos por doquier, además de una carta tuya en duros términos. Y, sin embargo, en el recuento no hay un solo insulto o descalificación personal, solo comentarios valorativos sobre las obras. ¿Crees que nos hemos acostumbrado a no aceptar críticas?
¿Duros términos? No sé de qué hablas. Yo te escribí un correo a ti, Jerónimo, porque  tú y yo nos hemos conocido personalmente, trabajamos juntos por un tiempo y, en ese tren, decidimos olvidar antiguos desaguisados.  Mi carta, de otro lado, tenía dos líneas, era una broma amistosa y te “agradecía” el presente navideño: la lista de libros del 2011 donde ustedes me mandaban a parir. Nada más… Asimismo, te recuerdo que yo no he pedido esta entrevista. Tú me la pediste y yo acepté. ¿Me arriesgué a caer en una especie de trampa? Indudablemente, y no tengo problemas con eso. Sé bien que tras publicar la entrevista en el blog Nosotros Matamos Menos vendrán enseguida los comentarios de los maníacos-depresivos, personas desconocidas y anónimos que se regodean en el retaceo y los insultos. En suma, todos felices, en particular aquellos que se autodenominan matones literarios. Me alegro por ustedes… Además, Jerónimo, la crítica que se ha publicado en tu blog la considero tendenciosa. Ustedes, en la polémica andinos-criollos, defendieron rabiosamente a los andinos. Tendencioso también fue el ingenuo maniqueísmo en el preámbulo de su lista de libros, en el que vuelven a polarizar nuestra narrativa. ¿Qué podía esperarme? Solo diré, para terminar, que hay otra lista de los libros del 2011 que favorece a mi reciente novela, El Peruano Imperfecto; por ejemplo, la del blog que escribe Julio Ortega (http://www.elboomeran.com/blog/483/blog-de-julio-ortega). Y que fuera de eso (lo digo sin jactancia) me favorecen los lectores. No es mucho, pero es algo, pues en menos de tres meses El Peruano Imperfecto ha sido reimpreso, cosa infrecuente en estos tiempos, sobre todo cuando a un libro, como es mi caso, lo piratean masivamente desde la primera semana de su aparición.

¿Se cultivan los rencores? ¿Qué piensas de tu novela El Enano ahora, a la distancia?
No cultivo rencores. Prefiero las hortensias. Ahora bien, si alguien me sigue dando la lata, le voy a contestar, a la larga o a la corta. Si se calma, también me calmo yo. Aunque parezca gracioso decirlo, no me interesa sostener polémicas. Pero no siempre puedo evitarlo. El Enano fue una respuesta a una infinidad de insultos y abusos de un hombre con relativo talento, pero muy mala persona. Ese libro me robó la mitad de un verano: lo escribí en la playa en cosa de dos meses. Por cada página que escribía, salía unos quince minutos a nadar. Luego, más fresco, le daba nuevamente a las teclas. Si en un día avanzaba ocho páginas, eran ocho zambullidas. Cuando estaba en el mar compartía el tiempo con mi novia, Soledad, con quien en esos días pasábamos juntos nuestro primer verano. Yo, muy apenado, pedía disculpas por ser un enamorado tan aburrido. Recuerdo que le decía: “Tengo que terminar este libro y luego tomaré unas vacaciones de escritura de varios meses”. En las noches, eso sí, la llevaba a cenar a los restaurancitos de Punta Hermosa y me reía a carcajadas contándole lo que ese día había escrito. Ella también reía, pero es más sensata que yo y me sugirió que debía eliminar algunas anécdotas excesivas. Le hice caso. También le hice caso cuando me dijo que no era necesario escribir una segunda parte de El Enano, porque con los escándalos del caso Fernando Zevallos y el caso Bavaria yo decía que había mucha tela por cortar.

¿Qué piensas de los enemigos literarios?
Son individuos que hacen interesante la vida, siempre y cuando sean personas inteligentes y con sentido del humor. Lo peor que nos puede pasar es que se  aparezcan enemigos tontos, ya que muchos de quienes nos odian se vanaglorian de su espontaneidad. De suceder algo así,  la única alternativa es ignorarlos. Sin embargo, hay algo más terrible aún: no tener lo uno ni lo otro.  Oscar Wilde, con la agudeza lacerante que lo distinguía, decía sobre Sir Bernard Shaw: “No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere”. Qué espanto. Me hace pensar en algunos escribas infelices que conozco bien, aunque ellos crean que pueden engañarme. (Jerónimo Pimentel)

La que se viene…

Como parte de las repercusiones del recuento literario del año pasado (amenazas de agresión física, insultos, eliminaciones del Facebook y otras especies propias de la provincia peruana), una larga entrevista a Fernando Ampuero. Sí, Ampuero. Vale tomar en cuenta dos cosas: la entrevista nace de su descontento con el blog y, un poco más allá, con el estado de la prensa cultural peruana. Un adelanto de un intercambio que promete ser, por lo menos, divertido.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?

Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas. Sería muy tedioso… En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes. ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática… Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Di-sol-ver. Balance 2011 (II).

Lo mejor y lo peor en libros, cine, música y teatro

Novela

Este año los dos líderes del debate entre andinos y criollos han publicado con la editorial Alfaguara. Miguel Gutiérrez y Fernando Ampuero, cada cual a su modo, han marcado el 2011 con dos de sus novelas más personales.

NMM ha comentado ambos libros con entusiasmos disímiles.

La novela de Ampuero, El peruano imperfecto (Alfaguara, 2011) se anunció como una inmersión en los conflictos del ser nacional observado desde cierto sector social. Terminó siendo apenas una ligera narración de las cuitas de un seductor por los alrededores de la muerte.

El caso de Miguel Gutiérrez es diametralmente opuesto. Se invita al lector a continuar el debate sobre Una pasión latina (Alfaguara, 2011), la novela del año, en el post respectivo.

También nos gustó El diablo en mi cama (edición de autor presentada el 2010 pero distribuida el 2011) de Eneas Marrull, quien empezó el año inspirando la creación de un personaje en la última novela de Ampuero. Final y felizmente, el autor se impuso al personaje.

La decepción fue Un sueño fugaz (Anagrama, 2011) de Iván Thays. Una concesión innecesaria luego de su aceptable Un lugar llamado Oreja de Perro (Anagrama, 2008). El debate sigue en el libro de reclamaciones: el post respectivo.

Dos novelas extranjeras definieron el 2011: 1Q84 (Tusquets) de Haruki Murakami y Libertad (Salamandra) de Jonathan Franzen.

La del japonés tiene una prosa limpia y envolvente, musical e inocentemente perturbadora. Su estructura clásica es el sostén de un viaje a un mundo donde los protagonistas (chico-busca-chica y al revés) buscan encauzar sus vidas mientras una dogmática maldad los pone a prueba.

La del norteamericano es un minucioso electrocardiograma de la destrucción de una familia (la familia) y la descripción irónica del sueño americano: su pesadilla.

Cuento

Mejor libro de cuentos: Lecciones para un niño que llega tarde (Duomo, 2011) donde Carlos Yushimito confirma las virtudes mostradas en “Las Islas” (SIC, 2006)y también varios de sus cuentos. También nos gustó: El descubrimiento del ruido (Estruendomudo, 2011) de Martín López de Romaña, donde el silencio de lo cotidiano adquiere notoriedad. Y Disidentes. Antología de nuevas narradoras peruanas (Ediciones Altazor, 2011), selección y prólogo de Gabriel Ruiz Ortega. Interesante intento “catastral” de las búsquedas y logros de las escritoras que toman la posta (en prosa) de las hijas de “Noches de Adrelanina”. Volveremos sobre este libro.

Reediciones

Fundamental e inclasificable. El pez de oro (A.F.A. Editores Importadores, 2011) de Gamaliel  Churata, bajo el cuidado de José Luis Ayala. Una pieza clave de lo que podría definirse como la vanguardia indigenista. El original es de 1957.

También La novena maravilla (Fondo Editorial del Congreso de la República, 2011) de El Lunarejo (el verdadero, no el narco), también conocido como Juan de Espinosa Medrano. Se ha reeditado luego de tres siglos. Y se ha “modernizado” para facilitarle la lectura a los ignorantes de estos tiempos. Cuenta con un prólogo de Ramón Mujica.

Yapa

Aunque publicado el 2010, igual hay que leer Kapuscinski Non-Fiction (Galaxia Gutenberg) de Artur Domoslawski, un autor que ha pasado más de una vez por el Perú.  Se trata, por fin, de la esperada edición en castellano de un conflictivo retrato del maestro desdibujado -con rigor de buitre- por su alumno. Imprescindible para aquellos que quieren trascender los 140 caracteres.

Cómic y novela gráfica

Mejor ilustrador: Miguel Det, por Novísima corónica i mal gobierno y Conversaciones en la ciudad de cartón (Ediciones Contracultura, 2011). Det renunció en mayo del 2011 al suplemento El Otorongo durante la feroz campaña presidencial de entonces. Pero sin duda supo sobreponerse, pues fue su año (no así el de Perú21).

También nos gustó: Vida Mundana (Ediciones Contracultura, 2011) de Rubén Sáez.

Ensayo y ciencias sociales

Perú, país de metal y melancolía (Fondo de Cultura Económica, 2011) de Alfredo Barnechea. Un libro que retoma un viejo género: el de la biografía intelectual. El relato está  estructurado cronológicamente, a manera de un libro de memorias (“memorias de una educación política”, las llama el autor). Pero también se permite ciertas libertades, desde los saltos temporales hasta el sabroso anecdotario de personalidades como Vargas Llosa, Haya de la Torre, Belaúnde, Eudocio Ravines y Carlos Delgado.

También nos gustó: Todas las sangres en debate de Dorian Espezúa. A su lado, el libro Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía (Edición del autor, 2011) de Osmar González y Juan Carlos Guerrero. Una tesis sobre las otras balas perdidas de la clase alta limeña.

La mejor reedición es sin duda “¿He vivido en vano?” La mesa redonda sobre Todas las sangres (IEP/PUCP, 2011), un rescate de Guillermo Rochabrún. El libro recopila no solo la transcripción de la mesa redonda. También incluye otras entrevistas y textos de los participantes de entonces. Un documento histórico que incluye un CD de audio de la masacre. Como para recordar que el 2011 también se conmemoró el centenario de José María Arguedas.

Un libro notable de fines del año pasado también merece un comentario. Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999 (IEP, 2010), la última publicación de Carlos Iván Degregori. Apareció como una advertencia en plena campaña presidencial.

En el extranjero, destacó The Net Delusion. The dark side of internet freedom (PublicAffairs, 2011) de Evgeny Morozov. Una guía para entender el comportamiento de los blogs y las redes sociales en el contexto de un autoritarismo competitivo. Es decir, un manual para lo que nos podría esperar el 2012 frente a la probable alianza Humala-Fujimori. El de Morozov es uno de los 100 libros que recomienda The New York Times como regalo navideño. También apareció The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011), de Eli Pariser. Dos libros que desmitifican la supuesta democratización de internet.

Cine

La mejor película del año es Las malas intenciones, de Rosario García-Montero. El personaje de Cayetana de los Heros, a sus ocho años, se siente atraída por la figura del héroe. Pero no con la de cualquier tipo de heroicidad. Ella se identifica con el mártir, el héroe derrotado y humanizado que expía sus demonios a través de un sacrificio purificador. Por ejemplo, el Grau que se lanza al mar escapando de la crisis de su propia familia. Pero en el Perú de 1983 ya no hay héroes. No hay autoridades ni padres (de la patria), y el terrorismo ha tomado por asalto la normalidad. Como se dijo en un post, Las malas intenciones no le teme a la maldad. Incluso si ésta se susurra como en la perversa canción infantil “La Catalina” (De pronto pasó un soldado y lo hizo detener/‘Deténgase soldado que una pregunta le quiero hacer/¿Usted no ha visto a mi marido que a la guerra un día fue?’/‘Yo no he visto a su marido, ni siquiera sé quién es’)

También nos gustó: El inca, la boba y el hijo del ladrón, de Ronnie Temoche.

La decepción fue Bolero de noche, de Eduardo Mendoza. También Vanessa Terkes, con o sin ropa.

Música

La gran decepción musical fue el alejamiento de Pamela Rodríguez del blues criollo. Tiró la toalla y decidió convertirse en otra Regina Spektor con su tercer disco, ReconoceR (Mamacha Productions, 2011). Voces nasales, letras absurdas, disfuerzos calculados y videos nauseabundamente indies. Los discos más esperados fueron Veronik y los Gatos Eléctricos (Mandarina, 2011) y Volver (2011) de Adalí Montero. Ambas compositoras se tardaron diez años en grabar sus primeras producciones. Pero la demora fue provechosa. La riot grrrl Veronik cambió el grunge por el theremin.  Paralelamente, Montero dejó los covers y se dedicó a componer blues. Con lo que por fin dejó de ser una joven promesa. Bien por ella y sus admiradores.

Lo meritorio: el renacimiento de la disquera Infopesa, una de las cuatro grandes de la música peruana. Las buenas intenciones: Novalima (Karimba) Sabor y Control (El más buscado) intentando demostrar -una vez más- que tienen calle y cintura. Los adioses: Félix Casaverde y el inefable Leo Bacteria. El segundo de ellos -al mando de Pestaña- dejó su mejor grabación: Yo no me enamoro 12 veces por disco (2011).

La producción más lograda del año quizás sea Fiction Beats (Hypersfera, 2011), de Theremyn_4. El sétimo y el mejor disco de José Gallo, un ex rockero metido a DJ que ha logrado conciliar lo mejor de ambos mundos. Baile y riesgo.

El concierto del año fue el de Paul McCartney. Pisándole los talones, Sonic Youth. En segunda fila, Pearl Jam y Motörhead. Seguimos esperando a Calle 13.

Teatro

La obra de teatro nacional que estiró mejor los resortes de la memoria -y que además estuvo muy bien escrita- fue Astronautas de Jorge Castro y compañía. Se trata de una fabulosa ucronía. En algún punto entre 1968 y 1969 el Perú de Velasco ganó la carrera espacial. La obra narra la odisea de tres peruanos. Pero la proeza no es conquistar la Luna -que por cierto, ya es chilena– sino lograr la unidad como proyecto nacional.

Astronautas fue el mejor montaje de una obra nacional y la mejor obra peruana de dramaturgia del 2011.

También gustó Entonces Alicia Cayó, una muestra de que la obsesión maternal de Mariana de Althaus puede parir una obra sólida (por su estructura), sugerente (por lo intertextual) y emotiva (por su exploración de lo femenino en tres momentos de la vida).

Finalmente, una buena noticia fue la reposición de Diecisiete Camellos, de Eduardo Adrianzén. Una lectura de cómo tres hermanos lidian con la pérdida de la madre (patria) en manos de un chileno. Adrianzén también destacó en la accidentada versión televisiva de La Perricholi.

El mejor montaje de una obra extranjera fue El dragón de oro, un viaje al Asia escrito por el alemán Ronald Schimmelpfennig y dirigida por el peruano Jorge Villanueva. Salada y dulce como la mejor comida oriental, la obra fue también una atrevida lección de imaginación que además hizo posible el lucimiento del actor del año: Marcello Rivera. Manuel Gold, por su lado, confirmó su buen momento destacando en la ligera pero jugosa Demasiado poco tiempo (del escritor neoyorquino David Ives) y en la mencionada Astronautas. Pero su innato sentido del humor puede ser una monotemática arma de doble filo.

En cuanto a actrices, el aplauso mayor va para Ana Cecilia Natteri. Ella logró crear una loca memorable en el incomprendido y estupendo montaje de La fiesta de cumpleaños.

Aunque los prejuicios buscan encasillarla (para bien o para mal), lo cierto es que Denisse Arregui logró una actuación llena de matices y color en la gris Cosecha. Ojo con ella.

En publicaciones destaca la cuadrada generacional hecha por Alfredo Bushby en  Románticos y postmodernos. La dramaturgia peruana del cambio de siglo (Fondo Editorial de la PUCP, 2011). También la muy actual Ubú Presidente (PUCP, 2011), escrita por Juan Larco y dirigida por el flamante ministro de Cultura, Luis Peirano, en 1980. La obra, que pronto analizaremos con más detalle, escenifica la llegada a Palacio de Gobierno de un militar delirante. Ojalá no sea premonitoria.

Hubo dos grandes decepciones. Se esperó mucho más del montaje de Crónica de una muerte anunciada, del director colombiano Jorge Alí Triana. Una historia desordenada y un libro que le pesa demasiado al director. Otra decepción fue Los últimos días de Judas Iscariote, dirigida por Juan Carlos Fisher. Ojo, no fue el tema el que distanció las butacas del escenario. Fueron varias sobreactuaciones y algo de humor forzado.

Para cerrar, dos anuncios.

Primero, el repaso con ají: el inminente y tercer balance. Periodismo, actualidad y política en el año que Alan García dejó de florear por televisión nacional, se eligió democraticamente al militar Ollanta Humala y que puede terminar con un baile del Chino.

Disolver. Di-sol-ver temporalmente a NMM.

Segundo, Di-sol-ver.

Di-sol-ver.

Con indulto o sin indulto, comenzaremos el nuevo año con un adelanto exclusivo para NMM de la obra de teatro que disecciona el golpe del 5 de abril.

Qué mejor forma de apresurar las celebraciones por el vigésimo aniversario. Ya viene el día.

Etiqueta Social

Comentario a la última novela de Fernando Ampuero

“El Peruano Imperfecto” (Alfaguara, 2011) cuenta la historia de Pedro José de Arancibia, de oficio periodista, de vocación escritor, peruanamente blanco, socialmente apitucado, geográficamente limeño, cronológicamente un tío de 50 años. 
 
¿Qué busca este personaje? Según el título, la carátula, la contratapa y algunas declaraciones del autor, el protagonista se sumergirá en el barro, buceará con tanque de oxígeno (una manera de taparse la nariz) y abrirá los ojos, bien abiertos, para luego regresar y contarnos (ilustrarnos) cierta tajada de realidad desde la ficción.
 
En algunas páginas iniciales lo dicho se empieza a ejecutar:  “Soy un limeño de otra época, que vivió y creció en una Lima con un millón de habitantes, y que ahora, presa de fenómenos sociopolíticos, tiene que soportar la invasión de ocho millones de coterráneos, entre ellos gente idónea, culta y simpática, aunque las más de las veces se trata de una horda paupérrima, grosera y con ánimo vengativo, que considera, a su vez, que los limeños descendientes de españoles invadieron primero su país”  (p. 14).
 
La cita es del diario del protagonista. Se supone que debería resumir la pugna central del libro. Pero no lo hace.
 
Pocas páginas más adelante, este afán por hacer saltar los resortes sociales es dejado de lado. Porque el conflicto del protagonista no es con su ciudad. Ni con esos seres con los que comparte Lima por obligación (la “horda”). El conflicto de Pedro de Arancibia es con el espejo.
 
Es cierto que cuando deja caer el cubo de agua en su pasado, lo recoge con historias, menciones, observaciones, referencias al mestizaje personal, local y nacional. Pero estas anécdotas nunca son problematizadas o enfrentadas dramáticamente en la novela.
 
El libro está dividido en tres partes. En la primera se presenta al personaje principal, a su pareja (Amanda McNeil) y el mundo en el que se desenvuelven. Allí se pudo alzar la mano para trazar un retrato de su tajada de realidad o estrato social (si el respetable permite llamar así a la “burguesía limeña elitista”). Pero el narrador creado por Ampuero solo se concentra en las acciones y descripciones de ambos. Nunca permite que visiten, se muevan o se crucen con otros “iguales” para que de esa fricción salpique algo de luz.
 
Además, la segunda parte dedica 180 folios -de un total de 290- al aprendizaje vital del protagonista. Esa concentración en el pasado impide profundizar en el presente social de la ficción: sí, lo conocemos más pero seguimos sin verlo enfrentarse a alguien o algo en la actualidad.
 
Los anuncios de representación socieconómica y de casta quedan así cancelados. ¿Eso es grave? Solo en la medida que no cumple una promesa del paratexto. ¿Qué queda? Una entretenida y ligera exploración en lo erótico y tanático.
 
Amanda McNeil tiene 11 años menos que él. Es una artista plástica que pasó de las perfos e instalaciones al óleo. Una serie dedicada a los ticos (Tico con asiento vencido, Tico con puerta y techo abollados, Tico con pareja tirando) la ha hecho famosa en Lima.
 
Sin embargo, oh infelice, el protagonista es un aficionado al intercambio de fluidos. Según lo conversado con su psicoanalista -Max Hernández en la ficción- este periodista y escritor cumple un patrón: “novias y esposas blancas o rubias, amantes mestizas o matizaditas”.  
  
Tales predilecciones tienen origen en su iniciación sexual durante la adolescencia: con Pilar (pecosa que solo permite sobadita con ropa) y con Blanca (empleada doméstica piurana que, inocente, le ofrece su  terso jamón del norte).
 
Encerrado por el trabajo y su pareja formal, liberado por el sexo clandestino con sus amantes “matizaditas”, la vida del protagonista también está marcada por la muerte.
 
La precipitación de Jorge Chávez evocada por el parque Domodossola (frente a su penthouse), el velatorio de Fátima, su madre (el capítulo dedicado a su deceso es conmovedor), los suicidios del Puente Villena e incluso su última amante (lacerada y coja), anuncian, poco a poco, el descenlace fatal.
 
Escrito con un lenguaje directo y sobrio, sin alturas, ni “bajuras”, la prosa casi siempre vuela sobre el nivel del mar aunque algunas veces ameriza por el peso de la vanidad.
 
Finalmente esta “biografía en clave falsa” es paradójica porque sugiere que exprimir al enemigo produce mejores jugos que mirarse al espejo: “El enano” (Mosca Azul, 2001) sigue siendo el mejor libro de Ampuero.

Juan Carlos Méndez