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Verástegui y otras hierbas

Impresiones después de leer Tratado sobre la yerbaluisa

Enrique Verástegui (1950) es, sin lugar a dudas, una de las voces poéticas más notables entre las que han aparecido en el Perú en los últimos cincuenta años. Su primer libro, ‘En los extramuros del mundo’ (1972), se convirtió en un clásico instantáneo, y varias generaciones de jóvenes poetas lo han devorado, estudiado y plagiado con total fervor. Sus siguientes entregas, como ‘Leonardo’ (1986), ‘Monte de goce’ (1991) y los dos tomos de ‘Angelus Novus’ (1989-1990) delataban a un poeta cuyas posibilidades expresivas se encontraban en constante evolución. Aunque son conjuntos irregulares, debido entre otras cosas a su amplia extensión, en ellos es posible encontrar un gran número de buenos y hasta excelentes poemas, como es el caso de ‘Giordano Bruno’, quizá uno de los poemas más hermosos y perfectos de la poesía peruana en general.

Luego de dar por terminado su desmesurado proyecto ‘Ética’, a mediados de los noventa Verástegui fue publicando una serie de libros que, con la excepción del logrado ‘Teorema del Yu’ (2005), han significado un declive que ya parece una caída libre, como se comprueba en ‘Teoría de los cambios’ (2009) y ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ (2012). En anteriores entregas, como ‘El modelo del teorema. Matemáticas para cyberpunks’ (1997) y ‘Ensayo sobre ingeniería’ (1999), ciertos problemas ya eran notorios. Sobresalen el uso artificioso y hueco de las matemáticas y de referentes científicos, y algunos momentos de estrafalaria egolatría como aquel donde el poeta asegura que sus versos nos protegerán de las invasiones extraterrestres; sin embargo, nada hacía anticipar los desatinos que vendrían luego.

‘Teoría de los cambios’ es un absoluto fracaso artístico del cual apenas podemos salvar un par de versos, aparte de un breve epigrama, el primero de la serie Diario Z. El resto es un puñado de galimatías filosóficos, cantinfleos místicos y versos megalomaniacos en los que publicitaba sus libros anteriores como textos sagrados, alternativas contra la desdicha y mensajes “del Ángel Enrique”. La inconsistencia de estos textos, que más que poemas parecen apresurados apuntes en una libreta, hace muy difícil poder tomarlos en serio y, más bien, uno se asombra por el nivel de chambonería de la editorial al pretender hacer pasar como libro de poesía lo que no es más que un desangelado boceto que terminó en la imprenta, todo hace indicar, sin la revisión de un editor responsable.

Si ‘Teoría de los cambios’ es un libro de calidad impublicable, ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ nos deja simplemente sin palabras. Es algo que quiso ser un libro de poemas y acabó siendo un esperpéntico desvarío que gira alrededor de las supuestas propiedades maravillosas de la infusión a la que alude el título, donde caben, de la manera más caprichosa que hay, los farragosos parloteos seudocientíficos y seudozen de costumbre, pero esta vez llevados a extremos delirantes: “Si la sangre de mi ADN contiene el mismo maravilloso despliegue matemático de Albus/Splendor, el sacrosanto libro cosmológico, entonces debo evitar caer en la nadidad”. También encontramos un lisérgico autobombo que se debate entre lo risible y lo lastimoso: “Si mis trabajos filosóficos son superiores a Platón y Aristóteles, no es por otra cosa más que por la invención magnánima de mis matemáticas que expresa la riqueza hecha universo”. Agreguemos a esto que Verástegui podría ser considerado como el primer poeta nacional que incluye entre sus versos anuncios publicitarios para la Marca Perú: “La yerbaluisa brota espontáneamente en todos los canales y acequias de Cañete, lo mismo que en todas las tierras cultivables del Perú. La yerbaluisa, lo mismo que este no tan farragoso escrito, es patrimonio cultural del Perú y de la humanidad”.

Hojear las treinta y pocas páginas de ‘Tratado sobre la yerbaluisa’ es una experiencia penosa, en la que asistimos a un acto donde el poeta utiliza la ahora precaria plataforma de su poesía para monologar mesiánicamente sobre sí mismo, llegando a la verdadera payasada en varios pasajes, especialmente en la sección IX, donde leemos lo siguiente: “En abril de 1970 publiqué mis primeros poemas en la revista Hora Zero Chiclayo, y fueron alborozadamente recibidos por las feministas y el pueblo peruano”; “me arrodillé ante Ruth, mi bella enamoradita sanmarquina de esos años, y con su mano derecha apretujada por mis dos manos, rodeados por estudiantes bullangueros, le prometí solemnemente que, en la nueva década que se iniciaba, como si yo hubiese sido designado por el Altísimo para cumplir la sacrosanta misión de develar los conocimientos de la sabiduría y hacer la luz en la Era de Acuario”.

¿Cuál es el criterio para aceptar publicar cosas como estas? ¿Es que basta que el autor de este manojo de extravagancias sea Enrique Verástegui para que el editor lo entregue a la imprenta sin realizar previamente su trabajo? ¿Basta que un libro sea firmado por Verástegui para que sea innecesario echar mano del sentido común a la hora de decidir si la calidad mínima de este es suficiente para publicarlo? Es una verdadera lástima que un poeta talentoso degrade libro a libro lo que empezó siendo una obra fulgurante; pero más triste todavía es que existan editores resueltos a seguirle el juego de esta manera tan bochornosa. (José Carlos Yrigoyen).

 

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Ego Nacional de Poesía

Hace varios años entrevisté a Martín Caparrós a propósito de una visita a Lima. Dentro de las varias cosas que me sorprendió de su conversación, recuerdo sobre todo dos: primero, su odio a Osvaldo Soriano, quien según él caminaba por los cafés de Buenos Aires con una libreta en la mano para nutrir su lista negra de enemigos (en la que estaba él); y segundo, que le gustaba que el Perú no tuviera un Premio Nacional de Literatura. Antes de escuchar su argumento lo miré con escepticismo, luego de lo cual me dio una larga aclaración que tenía que ver con la relación que establecían los intelectuales con el poder. Esa vez la conversación devino en México, su sistema de becas, el silencio comprado durante el PRI y el debate Vargas Llosa-Paz por aquello de la “dictadura perfecta”. Si la conversación hubiese tenido lugar hoy, estoy seguro de que el ejemplo hubiera sido Argentina, los “intelectuales K” y Vargas Llosa de nuevo, solo que esta vez por el affaire de la Feria del Libro.

Bueno, el punto es que Petroperú está relanzando los Premios Nacionales de Fomento a la Cultura en coordinación con el Ministerio de Cultura, en virtud de un memorándum firmado hoy donde se establece lo siguiente:

La propuesta incluirá premios en las categorías Premio Nacional a la Trayectoria Artística (recuperación del Premio Nacional de Arte y Literatura), Premio Nacional de Talento Creativo (dirigido a reconocer a personas que han sobresalido en algún ámbito de la creación cultural, sin importar la edad o trayectoria), Premio a las Buenas Prácticas Culturales (dirigido a instituciones y empresas que fomenten la cultura nacional) y el Premio Especial  (entregado de manera excepcional por circunstancias o aniversarios culturales muy relevantes).

Más allá de la tierna ambigüedad de la última categoría, y de que estas están más o menos determinadas, la pregunta es ¿cuál sería la mejor modalidad para un Premio? Algunas de las opciones son:

1.     Mejor obra del año (como en los extintos Premios Nacionales).

2.     A la carrera de un artista (lo más lógico, en tanto el Copé funciona como un premio anual).

3.     Con dotación económica única.

4.     Con dotación económica y pensión vitalicia (como en Chile).

5.     Bianual (como en Chile).

6.     Con modalidad juvenil (Premio Poeta Joven del Perú).

7.     Becas por proyecto (México y Chile).

8.     Pensión mínima por registro municipal (el descabellado modelo argentino).

9.     “Poeta laureado” (el modelo anglosajón, ya sea Congreso –un despropósito- o la reina –que no tenemos-).

De aquí surgen muchas preguntas.

¿Qué disciplinas califican como premiables? En un escenario pesimista, incluso la gastronomía (¿por qué insisten en que es arte?), lo que nos haría una caricatura de país.

Luego, ¿quién decide? Dejar este rol a la burocracia (delegados del INC, del Ministerio de Cultura, etc.) sería negligente. Y por otro lado, un jurado, por definición, forma un canon: ¿quién determina cuál es? ¿Susana Baca? ¿Su esposo? ¿Un corral de vacas sagradas? Otra opción es que sean académicos respetables. El modelo Copé convoca a un profesor de la Pucp, a otro de San Marcos, a alguien de la Academia Peruana de la Lengua y a un representante propio. Bien, ¿qué ha asegurado este modelo de terna en los últimos años? Prácticamente la invisibilidad y el poco nivel de los ganadores, con contadísimas excepciones que habrá tiempo de nombrar otro día. Si no falla el estímulo, que en el caso del Copé es cuantioso, ¿cuál es el problema? ¿Los creadores o quienes eligen?

Grosso modo, podemos hacer ya un balance de ventajas y desventajas obvias.

Es increíble que escritores como Rodolfo Hinostroza o Enrique Verástegui, cuyo trabajo es largamente utilizado en materiales educativos a cambio de nada, no posean ningún tipo de reconocimiento (el Premio Southern, de frecuencia casi esporádica, es insuficiente). Evitar lo que le ocurrió a Paco Bendezú o a Alejandro Romualdo con alguna iniciativa de este tipo ayudaría a paliar el múltiple abandono que sufren los artistas. No es un abandono retórico: los narradores de éxito y los libros de autoayuda demuestran que el Estado no es capaz siquiera de respetar sus propias reglas, así que si éstos dependen del éxito en el mercado, por la piratería, están perdidos.

En el lado negativo, figura la posibilidad siempre latente de generar redes de clientelismo. En México y Argentina este modelo ha alcanzado el paroxismo, al punto de que se hace imposible escardar la mediocridad de la luz. Y por otra parte, ¿no es parte de su atractivo, y aquí hablo ya solo de poesía, la distancia respecto al mercado, su coexistencia al margen de, ese tono impoluto que cobra por no responder a las reglas capitalistas (por tiraje y ventas difícilmente la poesía es un producto, a lo más, una artesanía)?

Por último y no por ello menos importante, ¿qué piensa el lector?

Jerónimo Pimentel