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Respuesta a Enrique Sánchez Hernani

Fuente: brandautopsy.com

(Nota: esta es una respuesta a un par de comentarios de ESH a mi post anterior. Para leerlos, clikea aquí)

Estimado Enrique, algunas precisiones:

Me sorprende mucho, y lo digo con buena onda como siempre, ese conformismo que transpiran tus comentarios. Si tú fueras un poeta joven que nunca se enteró de cómo era El Dominical en sus buenos tiempos, entendería (y con mucho esfuerzo) que te guste el trabajo (yo lo llamaría el desastre) que está haciendo Martha Meier en el suplemento. Pero tú sí viviste un tiempo mejor, cuando había una prensa cultural digna de llevar ese nombre. Y quiero que te pongas la mano en el pecho, como quien canta el himno nacional, y me respondas: tú que leíste el Dominical de Alat, aquel que estaba consagrado a la literatura, a la crítica y a la creación,  ¿no sientes vergüenza ajena cuando contemplas el mamarracho en que lo ha convertido la Meier? ¿Realmente puedes compararlos? ¿Crees realmente que es un suplemento que honra su tradición?

Tu argumento, además, es de una complacencia terrible: según tú, como es inviable económicamente mantener un suplemento literario, pues hay que matarlo y convertirlo en ese panfleto seudoecológico que se edita todos los domingos. En Chile, por ejemplo (no te digo Londres o París) hay un diario tan conservador como El Comercio, que es El Mercurio, y que tiene un suplemento literario excelente, digno del Primer Mundo. La diferencia es que los dueños de El Mercurio son capaces de mantenerlo porque no creen que el conservadurismo esté peleado con la cultura: eso es lo que los diferencia de aquellos que te emplean. Y eso no solo sucede en Chile, sino en Argentina, en Colombia, en Uruguay o en México. El Comercio, los domingos, tiene más de cien páginas consagradas a los más diversos temas, desde jardinería hasta mascotas: ¿por qué eliminar los espacios literarios, o reducirlos a la mínima expresión? ¿Porque no vende? ¿Cuál es entonces tu política cultural? ¿La de Ferrando? ¿Hay que ofrecer lo que le gusta a la gente para poder recabar más plata? ¿Un diario como El Comercio debe sacrificar toda inclinación seria por la cultura, hacer de la reseña un cherry, del Dominical un chiste y de Somos un encarte para viejas pitucas? No lo creo, pero si eso es lo que crees, discrepo totalmente contigo. A propósito, sé que vas a sacar un libro. Te pregunto: ¿Te gustaría que hubiera una crítica seria sobre él? Si quieres que eso suceda en El Comercio vas a tener que esperar sentado. No hay nadie que haga crítica en el diario decano. ¿No te frustra eso?

Por otro lado, para hablar de esa panacea periodística que te parece la revista Somos, temo que te equivocas. Porque Somos, desde hace veinticinco años, es un magacín familiar. No desde que lo asumió el Correveidile. Pero la diferencia es que antes lo asumieron periodistas de verdad, gente que tenía cultura, como Ampuero (quien me cae mal, pero es mil veces más periodista que Lavado) o Malca, gente que si bien nunca se inclinó por hacer de Somos una revista cultural, siempre concedió un espacio a la literatura peruana. Ahí están los ejemplos que ya cité en mi comentario anterior. Que Lavado haya dado espacio a Fuguet (ni siquiera por un libro, sino por una película, se te escapó ese detalle) y alguna vez a Marías, no me dice nada. Además, mi pregunta era puntual, y era por el interés de Somos por literatura peruana. Porque Lavado, como muchos otros, cree que la cultura peruana es la gastronomía, a la que sí le dedica artículos una y otra vez. ¿Qué hubiera pensado el joven ESH de finales de los setenta, aquel que reseñaba y criticaba afiladamente a Montalbetti, a Pimentel, a Verástegui, de esa revista y su trato con la cultura? Me gustaría saberlo, la verdad.

Me parece increíble, Enrique, que tu conclusión sea esta: Somos está muy bien, Lavado es un periodista A1 (aunque no precisas qué ha hecho para serlo), Martha Meier es una adalid de la cultura nacional y este es un Dominical al que no le podemos reprochar nada. ¿Para qué quejarnos, si la prensa cultural peruana es lo máximo?

Por último, no entiendo bien tu segundo mail con su precisión y su “sorry” final, porque que yo sepa no tengo ningún libro que espere una reseña tuya. Solo para precisarlo y no suscitar malentendidos.

Un saludo afectuoso también para ti.

José Carlos Yrigoyen.

Crítica raquítica

Fuente: Banalities

Cuando leo a los actuales reseñadores literarios de la prensa limeña extraño la página de crítica de libros que durante los años noventa mantuvo Rocío Silva Santisteban en Somos. No quiero decir con esto que Silva Santisteban fuera nuestra Michiko Kakutani ni mucho menos. Pero el poquísimo espacio que le asignaban, limitado como para fundamentar sus opiniones, lo administraba con suficiente criterio como para cumplir el requerimiento básico que se le exige a alguien al que se le encarga un espacio destinado a criticar las novelas, poemarios y ensayos que aparecen cada semana: decir lo que en verdad piensa. Arriesgar mínimamente una opinión. Pasar por la experiencia, nada agradable, es cierto, de quedar de vez en cuando mal con alguien. Recuerdo algunas reseñas suyas donde era terminante y hasta feroz con los libros que le disgustaban; como por ejemplo, cuando destrozó uno de las tantas insufribles entregas con las que Edgar O´Hara nos torturaba por esa época: En una casa prestada. Rocío llegó a preguntarse públicamente cómo era posible que existieran editores que permitieran que semejantes bodrios vieran la luz. Por lo que sé, O´ Hara nunca le perdonó ese ejercicio de sinceridad. Recuerdo también críticas negativas a otros poetas y narradores que eran amigos y conocidos de la autora de Ese oficio no me gusta, como Mary Soto –por su libro Limpios de tiempo– o Sergio Galarza –por su colección de relatos Todas las mujeres son galgos. Recuerdo también, y más nítidamente, que a mi primer libro, un pecado juvenil, también le dio con palo. Y estaba bien. En fin: uno podía criticarle muchas cosas a RSS, pero no que careciera de los ovarios suficientes para estampar en letras de molde su auténtico punto de vista.

Pues bien, ¿qué ha pasado con la crítica literaria de los medios en esta última década? Con muy honrosas excepciones, esta prácticamente ha desaparecido. Algunas publicaciones la   eliminaron un buen día de sus páginas sin el menor remordimiento –como es el caso de Correo, el pasquín dirigido por Aldo Mariátegui- y otros se la encomendaron a gente que, o no da la talla para ejercerla, o la toma como un trabajo rutinario y aséptico en el que la finalidad principal es pasar piola. Es decir, completar el número establecido de palabras sin decir absolutamente nada relevante o cubrir indiscriminadamente de flores a cualquier volumen que llegue al correo de la redacción.

Querido lector de Nosotros Matamos Menos: ¿alguna vez ha leído usted, en todos estos años, una sola crítica negativa pergeñada por José Donayre Hoefken, encargado de la sección de libros de la revista Caretas? Yo, nunca. Todas ellas son decididamente entusiastas: jamás entablan una sola atingencia a los libros sometidos a su escrutinio. Si mañana hubiera una hecatombe nuclear y solo quedaran las críticas de Donayre para estudiar lo que fue la literatura peruana reciente, cualquiera creería que vivimos una Edad de Oro en nuestras letras; que cada semana en el Perú era publicado un libro estupendo, de gran calidad; que cada mes surgía un joven poeta cuya opera prima sugería un Eielson o un Hinostroza en potencia. La realidad, como nosotros sabemos, es muy distinta, y por eso me queda la sensación de que Donayre vive en una dimensión paralela, donde cada vez que se asoma por la ventana contempla Picadilly Circus o cualquier otro de los centros culturales más fulgurantes del mundo literario contemporáneo.

Si bien ya de El Comercio y de la camarilla de ignorantes que lo maneja no se puede esperar nada, es una lástima lo que ha sucedido en los últimos años con la ya fenecida columna semanal de Ricardo González Vigil, quien siempre fue un crítico más que respetable. Pero hay que ser honesto, pues: sus columnas, en los últimos años, eran la mar de confusas. No sé si el motivo de ello sea que le editaban los textos de cualquier manera o si se le acababa el espacio antes de poder llegar al meollo de lo que quería decir, pero en la mayoría de los casos terminaba hablando de cualquier cosa antes que de la obra que debía ser motivo de su reseña. Por otro lado, ¿no es ya un poco monótono que un crítico viva calificando cuanto libro analiza como “extraordinario” “portentoso” o “formidable”?  No obstante lo apuntado, que la columna de RGV deje de ser publicada es un hecho lamentable, pues de todas formas es un espacio perdido. En cuanto a la sección de libros de la revista Somos, regentada por Enrique Sánchez Hernani, el problema es distinto: ni con la mejor voluntad del mundo se puede hacer una crítica seria cuando se te pide que ella no exceda las dos líneas de un texto de Word. Eso, como ya apunté en un post anterior, se debe a la visionaria labor de Eduardo Lavado, quien considera que una reseña no debe tener más caracteres que uno de los telegráficos chismes faranduleros del Correveidile, su máximo aporte al periodismo nacional. Bip.

De los demás reseñadores es poco lo que se puede decir (o no se puede decir nada distinto a lo anterior): o ejercen una crítica que juega al avestruz (pura descripción, cero opinión, o, lo que es peor, una desmedida generosidad con todo los libros que reciben) o las páginas culturales de los medios en que laboran son tan insignificantes que es como si no existieran. La salvedad a esta regla es Javier Agreda, crítico del diario La República. No lo digo porque esté de acuerdo siempre con él (en realidad, de cada diez reseñas que publica, discrepo con ocho) sino porque cuando un libro le parece malo no tiene remilgos en decirlo y suele fundamentar sus opiniones con propiedad. Quizá sus reseñas a estas alturas pequen de mecánicas (su modus operandi es el siguiente: primero presenta el libro, luego señala sus virtudes, y en el 90% de los casos termina dando una maleteada), pero a diferencia de casi todos los demás se toma su trabajo con cierto rigor. Lo cual es mucho en un ambiente literario donde ya se perdió el coraje suficiente para señalar que el trabajo de un escritor es insatisfactorio. Aunque luego de este post, quizá yo sea el autor con quien se rompa esa tendencia. (José Carlos Yrigoyen)