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Diario de un mal año (1): recuento de poesía

No ha sido este un año alentador para la poesía peruana. La campaña electoral afectó mucho la producción cultural, por lo que en definitiva los 8 meses (nadie publica de enero a marzo, como tampoco en diciembre) se volvieron 4. Aún tomando en cuenta ese atenuante, el resultado es pobre: en total, no deben haber llegado a librerías más de 5 poemarios de interés. Las decepciones, por otro lado, no son pocas, tanto entre viejos como jóvenes. Veamos.

Poemario del año

Berlín’, de Victoria Guerrero. En este último capítulo de una trilogía que empieza con ‘El mar, ese oscuro porvenir’ y continua con ‘Ya nadie incendia el mundo’, Guerrero asume riesgos tanto formales como temáticos y consolida un proyecto poético que la pone entre las voces preeminentes de su generación. De lectura obligatoria.

Medalla de plata

Dos buenos regresos. Martín Rodriguez-Gaona por ‘Códex de los poderes y los encantos’ y Giancarlo Huapaya por ‘Taller sub verso’.

En el ‘Codex…’ MRG tiene por lo menos 3 poemas que irán de frente a sus postreros selected poems, como ‘La dueña y los altos oficios’ y ‘Hoy viernes que proso estos versos’. No es poco si tomamos en cuenta lo que decía Gottfried Benn: un poeta, a lo más, escribe  6 buenos poemas en su vida. Huapaya, por su parte, afina su propuesta poética dando un salto enorme respecto a su entrega anterior, ‘Polisexual’. ¿Una curiosidad? MRG escribe: “Por lo demás,/ cada día estoy más consciente de que mi preocupación/ real es ser mujer/ antes que poeta”. Huapaya responde: “Soy mujer por estrategia política”.

Menciones honrosas

John Martínez por ‘El Elegido’ y Miguel Ángel Sanz Chung por ‘La casa amarilla/ Casa abandonada’.

Martínez construye una buena poética en una tradición por lo general desatendida, aunque peca de tímido: hubiera provocado un acercamiento menos seguro a la danza de tijeras. Su mérito está en lo reflexivo/contemplativo, pero el proyecto invitaba a una inmersión más atrevida, menos respetuosa, a la figura del danzak.

Por su parte, Sanz Chung acierta y yerra a la vez. ‘La casa amarilla’ es un buen libro que muestra las virtudes de su autor: cadencia, sonoridad, lenguaje. Sin embargo, estos logros desaparecen en ‘Casa abandonada’, donde exhibe los límites de su propuesta. La pregunta es: ¿había necesidad de publicar un díptico? Creemos que no: ambos libros responden más a una obsesión conceptual que a una real necesidad expresiva, y el precio a pagar es la irregularidad.

Mejor reedición

‘Ruda’ de José Cerna y ‘Contra natura’ de Rodolfo Hinostroza.

‘Ruda’, publicado por primera vez en 1998 pero cuya creación comprende varias décadas, es el único poemario que ha publicado  Cerna. Como su edición príncipe apenas circuló entre algunos pocos lectores, esta reedición, pulcramente realizada por la editorial Sol Mayor en folios libres, propicia el reencuentro con un libro notable, el mejor producto de la corriente estructuralista de Hora Zero.

Por su parte, Lustra nos brindó una nueva y lujosa versión de ‘Contra natura’. Diseño, formato, papel y acabados tributan los 40 años de la edición de Barral de 1971, lo que permite a nuevos lectores disfrutar la obra esencial de Rodolfo Hinostroza, prácticamente inencontrable.

Decepciones

Tres poemarios luchan a pulso en esta categoría: ‘Latitud del fuego’ de Andrea Cabel, ‘Quise decir adiós’ de Enrique Sánchez Hernani y ‘Mares’ de Diego Lazarte.

Cabel apuesta por la fórmula de ‘Las falsas actitudes del agua’ y termina imitándose a sí misma. Es un error frecuente en los autores que se encandilan con su propia voz. La poesía no trata de eso.

Sánchez Hernani confunde testimonio con poema. Nadie duda de lo hondo de su relación con Constantino Carvallo, pero el exceso sentimental, sin un adecuado respaldo expresivo, torna a la poesía en sensiblera.

Lazarte comete el mismo error de Cabel, con el agravante de que en su caso los resultados son menos meritorios.

NOTA. Próxima entrega, recuento cultural: novela, ensayo, teatro, cine, música y otras yerbas.

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Balas perdidas (2)

Bufet caníbal: Sobre el debut poético de Félix Méndez, Ágape de espectros, lo primero que debo decir es que se trata de un libro fallido. Pero si me quedo en eso estoy contando la mitad de la historia. Méndez titubea expresivamente justo cuando sus poemas están agarrando vuelo, se le tuerce la oreja de vez en cuando y sus imágenes muchas veces fracasan cuando la fatiga le impele a caer en facilistas lugares comunes; sin embargo, estas falencias son más bien tributos que ha tenido que pagar a la hora de jugarse el todo por el todo para llevar a cabo su propuesta, bastante original y complicada: la creación de un espacio mental donde los alimentos son símbolos de corrupción y emblemas de la sordidez, un inframundo donde satisfacer el hambre es una sangrienta parafilia. Si bien a Méndez le cuesta mucho redondear la faena de escribir un poema que se sostenga de principio a fin,  hay momentos en que el propósito de aprehender estas atmósferas de lisiada belleza se ve cumplido: “La calma de las campanas antes de su tañido. / Encontré una piedra con una inscripción que decía “Cocíname”. / Los nomos se desnudan tras las sirenas. / El demonio visita al cadáver. / Lo besa. Lo consuela. Profana su tumba de puro hambre”. Una primera entrega que deja una promesa latente: quisiera leer a Méndez con más control de sus posibilidades expresivas y, sobre todo, con algo más de autocrítica. Si así sucede, Ágape de espectros podría ser la antesala de algo realmente bueno.

[Félix Méndez, Ágape de espectros (2011). Katatay Editores. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna].

Fórmula uno: Mares es el título del último libro de Diego Lazarte, uno de los poetas jóvenes más activos de los últimos años, autor de un conjunto interesante, Diario de navegación, en el que era posible encontrar algunos buenos poemas, poseídos por una fuerza expresiva singular (aunque algo deudora del Hinostroza de Consejero del Lobo). Mares, en cambio, no consigue colmar las expectativas que se albergan sobre Lazarte (como tampoco lo había hecho Manchas solares, su libro anterior), pues aquí no hace más que repetir la fórmula en la que parece sentirse demasiado cómodo: elegir un tema que sea el más impersonal posible y, en base a unas pocas referencias superficiales, elaborar una monótona serie de poemas que difieren muy poco entre sí: similar estilo, el mismo ritmo, semejantes imágenes. Una retórica que hipnotiza y zombifica a su autor y lo hace caer en extremos como este: “Caes en un vértigo irresistible / mientras las arañas de Marte / escriben numerosos enigmas / largas y empalagosas cartas de amor”. Luego de leer este breve volumen uno se pregunta qué sería de Lazarte si se animara a escribir sobre lo que realmente le interesa o le atemoriza, en vez de seguir demostrándonos una y otra vez que es capaz de escribir libros limpios y correctos, como si de eso tratara la cosa. En poesía, al menos, no lo es.

[Diego Lazarte, Mares (2011). Katatay Editores. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial].

José Carlos Yrigoyen