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Deliremos juntos

Foto: Caretas.

Luego del recuento de fin de año Fernando Ampuero nos comunicó, con una broma, su decepción. Y como aquí creemos que el principal blanco del blog debemos ser nosotros mismos, decidimos entrevistarlo. El primer contacto se realizó mediante un correo electrónico, por lo que el autor de El Peruano Imperfecto prefirió responder las preguntas por ese medio. Debido a su extensión, y con el fin de mantener intacto su valor documental, preferimos renunciar a las repreguntas. También hubo un tema de tiempo: decenas de correos mediante, y un mes después, alcanzamos un estadio que, debido a un viaje del entrevistado, amenazaba con seguir extendiéndose. Que no se interprete, entonces, el silencio como acuerdo. Solo una cosa más: con esta entrevista iniciamos un ciclo. Disfruten.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?
Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas, sería muy tedioso. En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes… ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática. Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Me sorprende la facilidad con la que asumes la etiqueta de criollo, pues pensaba que renegarías del corsé.  No me queda claro tampoco lo de la cobertura y los lectores: ¿cuántas ediciones ha vendido Osvaldo Reynoso, en 50 años, de Los Inocentes? ¿La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, no fue elegida como una de las novelas de la década por la revista Debate, de Apoyo (difícilmente un medio “andino”)? Mi impresión es que ese debate no respondió a una necesidad de reconocimiento, como tú dices, sino que es consecuencia del declive del canon comercial. No hay ahora, pues, ni Academia ni mercado, y a falta de mejor lugar la polémica descendió a lo primario: la casilla étnica.
No hay que tomar tan en serio estas tonterías. Lo importante es la literatura, no la vida literaria, y menos aun las encuestas: son fotografías para el olvido. En cuanto a la etiqueta de criollo que mencionas, me importa un bledo. Supongo que mis encrespados detractores quieren catalogarme como un blanco limeño, lo cual, a mi modo de ver, yo no lo siento peyorativo, dado que soy un mestizo, un peruano de origen indio y español, como la mayoría de los peruanos, con la diferencia de que tengo la piel clara. Nuestra nación es producto de una sociedad colonial, quiéranlo o no, y mi origen familiar criollo está ennoblecido por las guerras de independencia. Naturalmente, el término criollo me parece obsoleto. Más apropiado sería decir que soy un escritor limeño que ama al Perú, a pesar de todo.  Así de sencillo. Y me sorprende, de otro lado, que no recuerdes la causa principal de la polémica, pues ésta se halla ampliamente registrada en Internet. Los andinos, y sus oportunistas ayayeros, nos acusaron de mafiosos, alegando que manejábamos los medios, lo cual era falso,  y reclamaron mayor cobertura periodística. Ahora, cinco años después, ya no la reclaman, porque tienen gran cobertura (y siempre la tuvieron, en realidad), así como amiguetes en buena parte de los medios, pero igual nos atacan, porque al parecer esto no les sirve de mucho. Ignoro qué los tiene tan insatisfechos… ¿Nuestra existencia? ¿El hecho de que sigamos publicando nuevas obras? Recuerda que hace apenas tres semanas un crítico pedía un desagravio para Miguel  Gutiérrez. ¿Quién lo había ofendido? Nadie. Parecería que lo que les gusta es lloriquear. No les basta la cobertura, ni los “homenajes”.  ¿O acaso Reynoso y Gutiérrez están deseando disfrazarse también de Aladinos en las playas de Asia?

¿Cuáles crees que han sido las consecuencias de este debate?
Se ha pasado de un problema de vanidad herida, que ocasionó inicialmente el lío de los llamados escritores andinos, a un problema de racismo y clasismo. No soportan a los limeños. Se odia a un grupo de escritores por consigna, hagan lo que hagan. La fórmula es bastante vieja: elogian a un escritor para joder a otro. En eso estamos. Y además, para colmo, aderezan la situación con una pugna absurda: pretenden oponer a Arguedas contra Vargas Llosa. ¿Por qué? Antes que oponerlos, deberían complementarlos. El Perú literario es la suma de uno y otro. Pero no, no lo aceptan, pues buena parte de los escritores andinos ha hecho de Arguedas una religión. Me parece que exageran. Arguedas, a mi juicio, tiene un par de libros buenos y otros muy menores. Vargas Llosa, en cambio, es un autor con una calidad y un peso universal indiscutible.

¿La prensa cultural peruana es un páramo porque no existe, porque la que existe es irrelevante o porque es simplemente mala en conjunto?
Es un desierto porque, como cualquiera sabe, los propietarios de los diarios peruanos no dan cabida a la cultura, a excepción de La República, que al menos tiene una página cultural diaria. Si la cultura cuenta con poco espacio, nadie puede desarrollar un tema con cierta profundidad. Las reseñas son brevísimas. El mundo del espectáculo, la frivolidad y la gastronomía han ocupado todo el espacio que había antes.

En muchos países se critica al reseñismo por haber reemplazado a la crítica. Aquí los autores piden a gritos reseñismo, porque en el mejor de los casos lo único que consiguen es difusión. ¿Qué piensas?
No tengo nada contra las reseñas. Creo que debería haber por igual reseñas y críticas. Pero éstas no son el único mecanismo de difusión. Un autor debe ayudar a su editor a vender el libro, dado que hay un compromiso entre ambos, y si no consigue  reseñas puede dar entrevistas, poner afiches o utilizar el Facebook.

¿Cuál ha sido tu experiencia al respecto como editor de Somos y El Dominical?
Muy buena. Pero era otra época de El Comercio, cuando había periodistas decentes y no fenicios de quinta fila. Yo dirigí Somos por siete años, en el período de Alejo Miró Quesada y Bernardo Roca Rey, y tanto la cuota de arte y de cultura en general no se hacía extrañar. Esa revista fue un éxito y demostró que poner un poco de cultura en una revista no espanta a los lectores. Todo lo contrario. Y en el caso de El Dominical, cuya razón de ser no ha sido otra que la de dedicarse a la actualidad cultural, me ocupé en reforzar ese concepto, cosa que hoy no se hace, o bien solo se hace  de manera esporádica. No duré en ese cargo todo el tiempo que hubiera deseado porque, como sabes bien, yo dirigía de forma simultánea la unidad de investigación del diario y acabé despedido a causa de la investigación de los Petroaudios.

¿Qué se siente estar al otro lado ahora que, como dices, se te ha impuesto la “muerte civil” en El Comercio?
No siento nada: descanso en paz, como corresponde, pues estoy pagando el precio de haber hecho un periodismo ético. El Comercio de hoy, el que dirige el ala más reaccionaria de sus accionistas, tomó como represalia ignorar mi obra literaria, cosa que viene haciendo desde hace tres años, aunque en algunos casos, me imagino, habrá también autocensura y mariconada. No se publica una línea sobre mis libros. Todos saben que el anterior editor de Somos, Oscar Malca, fue despedido por publicar una fotografía mía. Pero esto, en fin, me importa muy poco. Los libros caminan solos, la mejor prensa es el boca a boca, y las reseñas y las críticas no solo las hacen las personas dedicadas por oficio a ello. El primer crítico siempre es el lector.

¿Sientes que en el caso peruano los medios digitales han contribuido a degradar el debate cultural o, en su defecto, crees que algunos han logrado contrarrestar la decadencia de la prensa cultural impresa?
Los medios digitales son una alternativa muy buena, primero porque existen (y esto ya es bastante), y segundo porque es una herramienta de gente joven. Lamentablemente muchos se dedican a la escatología, las vendettas y el prolijo ninguneo, porque no todo es “democracia” en el macrocosmos digital: también hay fascismo y desinformación. Y entonces, si se cae en un mal circuito, no solo se degrada el debate cultural, sino la vida. Basta ver lo que pasa a nuestro alrededor.  El país se ha convertido en un torbellino de politiquería barata, rencillas menores e insultos de idiotas por el Twitter. Ahora bien, el problema  de tener un blog diario es que te convierte en un polígrafo desbocado. Quienes lo escriben no se dan a sí mismos el tiempo necesario de reflexión. No estoy hablando del clisé de “respetar la opinión ajena”. Yo no respeto opiniones endebles; yo solo coincido con unas opiniones y discrepo de otras. Estoy hablando de madurar ideas.

¿Qué blogs lees? ¿Cuáles, como el nuestro, te han decepcionado?
¡Por favor! Ustedes no me han decepcionado, porque nunca despertaron en mí ilusiones de ningún tipo. Su juego es asunto conocido, ¿no?  Y respecto al otro punto, los blogs, no los leo a menudo, a excepción de Moleskine Literario, que es un informativo cultural estupendo. Pero tengo una aplicación en Google por la que cada vez que aparece mi nombre mencionado, para bien o para mal, me trasladan el contenido a mi e-mail. Lástima que esa aplicación no elimine el comentario adverso y me envíe solo el favorable. Viviría como en ese infierno de “La isla feliz” de Huxley.

¿A qué críticos peruanos en ejercicio –de cualquier medio- lees?
Leo a todos los que hay, o a todos los que tengo acceso, que son poquísimos. Tenemos críticos muy buenos: Julio Ortega, José Miguel Oviedo y Gustavo Faverón son los más destacados, pero también son fundamentales los ensayos críticos de Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo. Asimismo hay críticos interesantes de poesía como Mario Montalbetti, aunque no siempre entiendo lo que trata de decir, tal vez por mi culpa. Oquendo, que dirige con Mirko Lauer la buena revista Hueso Húmero, es un reseñista ocasional y muy certero. Iván Thays es tanto crítico como escritor y animador cultural. González Vigil, Javier Ágreda y Enrique Sánchez Hernani tienen la virtud de ser constantes. No puedo enumerarlos a todos, pues la mayoría de críticos son aves de paso. Ahora leo por Internet los suplementos culturales de los periódicos extranjeros. Y cuando salgo fuera del país, bueno, me avergüenza decir que no existe en el Perú un suplemento cultural. En esto hemos retrocedido mucho.

Por el recuento del año hemos recibido amenazas de agresión física, amigos eliminados del Facebook e insultos por doquier, además de una carta tuya en duros términos. Y, sin embargo, en el recuento no hay un solo insulto o descalificación personal, solo comentarios valorativos sobre las obras. ¿Crees que nos hemos acostumbrado a no aceptar críticas?
¿Duros términos? No sé de qué hablas. Yo te escribí un correo a ti, Jerónimo, porque  tú y yo nos hemos conocido personalmente, trabajamos juntos por un tiempo y, en ese tren, decidimos olvidar antiguos desaguisados.  Mi carta, de otro lado, tenía dos líneas, era una broma amistosa y te “agradecía” el presente navideño: la lista de libros del 2011 donde ustedes me mandaban a parir. Nada más… Asimismo, te recuerdo que yo no he pedido esta entrevista. Tú me la pediste y yo acepté. ¿Me arriesgué a caer en una especie de trampa? Indudablemente, y no tengo problemas con eso. Sé bien que tras publicar la entrevista en el blog Nosotros Matamos Menos vendrán enseguida los comentarios de los maníacos-depresivos, personas desconocidas y anónimos que se regodean en el retaceo y los insultos. En suma, todos felices, en particular aquellos que se autodenominan matones literarios. Me alegro por ustedes… Además, Jerónimo, la crítica que se ha publicado en tu blog la considero tendenciosa. Ustedes, en la polémica andinos-criollos, defendieron rabiosamente a los andinos. Tendencioso también fue el ingenuo maniqueísmo en el preámbulo de su lista de libros, en el que vuelven a polarizar nuestra narrativa. ¿Qué podía esperarme? Solo diré, para terminar, que hay otra lista de los libros del 2011 que favorece a mi reciente novela, El Peruano Imperfecto; por ejemplo, la del blog que escribe Julio Ortega (http://www.elboomeran.com/blog/483/blog-de-julio-ortega). Y que fuera de eso (lo digo sin jactancia) me favorecen los lectores. No es mucho, pero es algo, pues en menos de tres meses El Peruano Imperfecto ha sido reimpreso, cosa infrecuente en estos tiempos, sobre todo cuando a un libro, como es mi caso, lo piratean masivamente desde la primera semana de su aparición.

¿Se cultivan los rencores? ¿Qué piensas de tu novela El Enano ahora, a la distancia?
No cultivo rencores. Prefiero las hortensias. Ahora bien, si alguien me sigue dando la lata, le voy a contestar, a la larga o a la corta. Si se calma, también me calmo yo. Aunque parezca gracioso decirlo, no me interesa sostener polémicas. Pero no siempre puedo evitarlo. El Enano fue una respuesta a una infinidad de insultos y abusos de un hombre con relativo talento, pero muy mala persona. Ese libro me robó la mitad de un verano: lo escribí en la playa en cosa de dos meses. Por cada página que escribía, salía unos quince minutos a nadar. Luego, más fresco, le daba nuevamente a las teclas. Si en un día avanzaba ocho páginas, eran ocho zambullidas. Cuando estaba en el mar compartía el tiempo con mi novia, Soledad, con quien en esos días pasábamos juntos nuestro primer verano. Yo, muy apenado, pedía disculpas por ser un enamorado tan aburrido. Recuerdo que le decía: “Tengo que terminar este libro y luego tomaré unas vacaciones de escritura de varios meses”. En las noches, eso sí, la llevaba a cenar a los restaurancitos de Punta Hermosa y me reía a carcajadas contándole lo que ese día había escrito. Ella también reía, pero es más sensata que yo y me sugirió que debía eliminar algunas anécdotas excesivas. Le hice caso. También le hice caso cuando me dijo que no era necesario escribir una segunda parte de El Enano, porque con los escándalos del caso Fernando Zevallos y el caso Bavaria yo decía que había mucha tela por cortar.

¿Qué piensas de los enemigos literarios?
Son individuos que hacen interesante la vida, siempre y cuando sean personas inteligentes y con sentido del humor. Lo peor que nos puede pasar es que se  aparezcan enemigos tontos, ya que muchos de quienes nos odian se vanaglorian de su espontaneidad. De suceder algo así,  la única alternativa es ignorarlos. Sin embargo, hay algo más terrible aún: no tener lo uno ni lo otro.  Oscar Wilde, con la agudeza lacerante que lo distinguía, decía sobre Sir Bernard Shaw: “No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere”. Qué espanto. Me hace pensar en algunos escribas infelices que conozco bien, aunque ellos crean que pueden engañarme. (Jerónimo Pimentel)

Cómo evitar que te coman la cabeza

La gran novedad de este Mistura no es la llegada de Adrià, sino el hecho de que, por fin, se articuló un discurso social a partir del llamado ‘boom gastronómico’ peruano. Era grotesco celebrar la comida en un país con el nivel de muertos de hambre que tiene el Perú (horror que advirtió González Prada hace más de un siglo en ‘Los Ventrales’), de la misma forma en la que no estaba claro en qué medida la algarabía respecto a la cocina local le merecía a ésta el calificativo de vanguardista (no a nivel de técnica, sabemos ahora, sino de inclusión, lo que no está mal). Entendemos que la declaración de Lima tiene como objeto eso, darle a este fenómeno una posibilidad de paliar las debilidades de la cadena productiva.

Hasta aquí todo bien.

Otra cosa es llevar este entusiasmo al paroxismo y aplaudir la ceguera respecto a cualquier otro acto cultural, empequeñecido por la miopía y los fastos del fogón peruano. Ya son muchos los indicadores de esta aberración:

1. El deseo, desesperado, de querer encontrar “otro Gastón” en música, letras, pintura, etc.

2. Considerar plausible la ausencia de todo tipo de crítica, uno de los rasgos más dañinos del ‘boom gastronómico’.

3. Que varios diarios locales hayan reducido su cobertura periodística cultural a la difusión culinaria.

Desarrollemos un poco.

1. A la alergia natural por el mesianismo, y su derivado local, el ‘ferrandismo’, hay que añadir una diferencia sustancial entre gastronomía y arte. Comer es una necesidad que puede llegar a ser un negocio y, eventualmente, alcanzar la representación suficiente como para tornarse en un rasgo de identidad. Para nada tiene que ver esto con el arte. Con el hedonismo, a lo más, con el deslumbramiento y la sorpresa, tal vez, incluso con el acervo cultural, en tanto hay un recetario popular que, en carrera solitaria, se ha tornado en el eslabón invisible que en una fantasía bienintencionada nos une. ¡Pero eso es sociología, no arte! ¿Se debe forzar una analogía con la literatura? ¿A quién esperan quienes reclaman un Gastón letrado mientras ignoran o denostan al Nobel vigente? La función del artista no es ser un emprendedor, es hacer obras de arte que merezcan tal nombre.

2. Hace poco ahondábamos en la ausencia de todo discurso crítico en la prensa peruana, incluso a nivel de reseñismo, lo que en otras latitudes es considerado de por sí un defecto. Una segunda reflexión coquetea con la catástrofe: ni en artes plásticas, ni en teatro, ni en danza, ni en música ni, por supuesto, en gastronomía, existe una crítica mínimamente institucionalizada ni ejercida. Los pocos espacios de análisis y valoración que subviven en los medios son el resultado de otras batallas, de otras épocas y de otras amistades. Más allá de si los aprecia o no, piense el lector en Luis Lama, Élida Román, Alonso Alegría y Ricardo González-Vigil. Añada los pocos que faltan. Ahora pregúntese cuál es relevo generacional de este puñado de autores que fraguan TODAS los críticas de TODAS las disciplinas atrás nombradas en TODOS los medios peruanos. Ahora llore. Incluso un país tan subdesarrollado culinariamente como Chile existe un Círculo de Cronistas Gastronómicos. Aquí tenemos a María Elena Cornejo.

3. Según toda teoría periodística los diarios generalistas (no los de nicho, como Gestión) ofrecen una visión integral del mundo. ¿Qué dice de Perú 21 su renuncia total a la cultura en favor de la gastronomía? Ya no hablamos aquí de crítica, sino de simple cobertura. Lo que ocurre es la abdicación de la visión pedagógica de la prensa por una mirada economicista que busca rentabilizar cada centímetro cuadrado de página. Si algo tiene que ser rentable para que se cubra nunca se hubiera publicado una línea de Vallejo, que estuvo más cerca de la sombra que del best seller. El despropósito  sorprendería menos si no fuera un acto consciente. Para entrar ya en terrenos triviales, tenemos el ejemplo de un tipo llamado Gonzalo Pajares, que en el colmo del oportunismo y enarbolando una prosa de segundo de media se vanagloria de no cubrir literatura peruana, pues para él ésta acabó con Eielson. Da mucha vergüenza ajena verlo ufanarse de sus miserias (ya en el libro de Javier Wong había hecho de su ignorancia una insignia, afirmando que solo admira a un escritor). Cuando la cultura está en manos de un “editor” que contrapone cebiches a poemarios, y cree que los libros de Varela o Belli o Hinostroza están por debajo de un tacu-tacu montado del Superba, entendemos el porqué de su cotidiano desastre profesional. Como muestra dos botones: el viernes pasado confesó a Sandra Plevisani, sin razón alguna, que goza comiendo la masa cruda de las tortas, como para acabar de fraguar su imagen de sibarita; al día siguiente, mostró los vagos límites de su incontinencia ante Vanessa Terkes en una entrevista tan arrecha y ordinaria que El Trome, a su lado, parece Esquire. En el fondo, nada pierde la poesía peruana ante la insensibilidad e incompetencia de este señor. Como decía un amigo, la estupidez es invisible para quien la ostenta.
(Jerónimo Pimentel)

Respuesta a Enrique Sánchez Hernani

Fuente: brandautopsy.com

(Nota: esta es una respuesta a un par de comentarios de ESH a mi post anterior. Para leerlos, clikea aquí)

Estimado Enrique, algunas precisiones:

Me sorprende mucho, y lo digo con buena onda como siempre, ese conformismo que transpiran tus comentarios. Si tú fueras un poeta joven que nunca se enteró de cómo era El Dominical en sus buenos tiempos, entendería (y con mucho esfuerzo) que te guste el trabajo (yo lo llamaría el desastre) que está haciendo Martha Meier en el suplemento. Pero tú sí viviste un tiempo mejor, cuando había una prensa cultural digna de llevar ese nombre. Y quiero que te pongas la mano en el pecho, como quien canta el himno nacional, y me respondas: tú que leíste el Dominical de Alat, aquel que estaba consagrado a la literatura, a la crítica y a la creación,  ¿no sientes vergüenza ajena cuando contemplas el mamarracho en que lo ha convertido la Meier? ¿Realmente puedes compararlos? ¿Crees realmente que es un suplemento que honra su tradición?

Tu argumento, además, es de una complacencia terrible: según tú, como es inviable económicamente mantener un suplemento literario, pues hay que matarlo y convertirlo en ese panfleto seudoecológico que se edita todos los domingos. En Chile, por ejemplo (no te digo Londres o París) hay un diario tan conservador como El Comercio, que es El Mercurio, y que tiene un suplemento literario excelente, digno del Primer Mundo. La diferencia es que los dueños de El Mercurio son capaces de mantenerlo porque no creen que el conservadurismo esté peleado con la cultura: eso es lo que los diferencia de aquellos que te emplean. Y eso no solo sucede en Chile, sino en Argentina, en Colombia, en Uruguay o en México. El Comercio, los domingos, tiene más de cien páginas consagradas a los más diversos temas, desde jardinería hasta mascotas: ¿por qué eliminar los espacios literarios, o reducirlos a la mínima expresión? ¿Porque no vende? ¿Cuál es entonces tu política cultural? ¿La de Ferrando? ¿Hay que ofrecer lo que le gusta a la gente para poder recabar más plata? ¿Un diario como El Comercio debe sacrificar toda inclinación seria por la cultura, hacer de la reseña un cherry, del Dominical un chiste y de Somos un encarte para viejas pitucas? No lo creo, pero si eso es lo que crees, discrepo totalmente contigo. A propósito, sé que vas a sacar un libro. Te pregunto: ¿Te gustaría que hubiera una crítica seria sobre él? Si quieres que eso suceda en El Comercio vas a tener que esperar sentado. No hay nadie que haga crítica en el diario decano. ¿No te frustra eso?

Por otro lado, para hablar de esa panacea periodística que te parece la revista Somos, temo que te equivocas. Porque Somos, desde hace veinticinco años, es un magacín familiar. No desde que lo asumió el Correveidile. Pero la diferencia es que antes lo asumieron periodistas de verdad, gente que tenía cultura, como Ampuero (quien me cae mal, pero es mil veces más periodista que Lavado) o Malca, gente que si bien nunca se inclinó por hacer de Somos una revista cultural, siempre concedió un espacio a la literatura peruana. Ahí están los ejemplos que ya cité en mi comentario anterior. Que Lavado haya dado espacio a Fuguet (ni siquiera por un libro, sino por una película, se te escapó ese detalle) y alguna vez a Marías, no me dice nada. Además, mi pregunta era puntual, y era por el interés de Somos por literatura peruana. Porque Lavado, como muchos otros, cree que la cultura peruana es la gastronomía, a la que sí le dedica artículos una y otra vez. ¿Qué hubiera pensado el joven ESH de finales de los setenta, aquel que reseñaba y criticaba afiladamente a Montalbetti, a Pimentel, a Verástegui, de esa revista y su trato con la cultura? Me gustaría saberlo, la verdad.

Me parece increíble, Enrique, que tu conclusión sea esta: Somos está muy bien, Lavado es un periodista A1 (aunque no precisas qué ha hecho para serlo), Martha Meier es una adalid de la cultura nacional y este es un Dominical al que no le podemos reprochar nada. ¿Para qué quejarnos, si la prensa cultural peruana es lo máximo?

Por último, no entiendo bien tu segundo mail con su precisión y su “sorry” final, porque que yo sepa no tengo ningún libro que espere una reseña tuya. Solo para precisarlo y no suscitar malentendidos.

Un saludo afectuoso también para ti.

José Carlos Yrigoyen.

Crítica raquítica

Fuente: Banalities

Cuando leo a los actuales reseñadores literarios de la prensa limeña extraño la página de crítica de libros que durante los años noventa mantuvo Rocío Silva Santisteban en Somos. No quiero decir con esto que Silva Santisteban fuera nuestra Michiko Kakutani ni mucho menos. Pero el poquísimo espacio que le asignaban, limitado como para fundamentar sus opiniones, lo administraba con suficiente criterio como para cumplir el requerimiento básico que se le exige a alguien al que se le encarga un espacio destinado a criticar las novelas, poemarios y ensayos que aparecen cada semana: decir lo que en verdad piensa. Arriesgar mínimamente una opinión. Pasar por la experiencia, nada agradable, es cierto, de quedar de vez en cuando mal con alguien. Recuerdo algunas reseñas suyas donde era terminante y hasta feroz con los libros que le disgustaban; como por ejemplo, cuando destrozó uno de las tantas insufribles entregas con las que Edgar O´Hara nos torturaba por esa época: En una casa prestada. Rocío llegó a preguntarse públicamente cómo era posible que existieran editores que permitieran que semejantes bodrios vieran la luz. Por lo que sé, O´ Hara nunca le perdonó ese ejercicio de sinceridad. Recuerdo también críticas negativas a otros poetas y narradores que eran amigos y conocidos de la autora de Ese oficio no me gusta, como Mary Soto –por su libro Limpios de tiempo– o Sergio Galarza –por su colección de relatos Todas las mujeres son galgos. Recuerdo también, y más nítidamente, que a mi primer libro, un pecado juvenil, también le dio con palo. Y estaba bien. En fin: uno podía criticarle muchas cosas a RSS, pero no que careciera de los ovarios suficientes para estampar en letras de molde su auténtico punto de vista.

Pues bien, ¿qué ha pasado con la crítica literaria de los medios en esta última década? Con muy honrosas excepciones, esta prácticamente ha desaparecido. Algunas publicaciones la   eliminaron un buen día de sus páginas sin el menor remordimiento –como es el caso de Correo, el pasquín dirigido por Aldo Mariátegui- y otros se la encomendaron a gente que, o no da la talla para ejercerla, o la toma como un trabajo rutinario y aséptico en el que la finalidad principal es pasar piola. Es decir, completar el número establecido de palabras sin decir absolutamente nada relevante o cubrir indiscriminadamente de flores a cualquier volumen que llegue al correo de la redacción.

Querido lector de Nosotros Matamos Menos: ¿alguna vez ha leído usted, en todos estos años, una sola crítica negativa pergeñada por José Donayre Hoefken, encargado de la sección de libros de la revista Caretas? Yo, nunca. Todas ellas son decididamente entusiastas: jamás entablan una sola atingencia a los libros sometidos a su escrutinio. Si mañana hubiera una hecatombe nuclear y solo quedaran las críticas de Donayre para estudiar lo que fue la literatura peruana reciente, cualquiera creería que vivimos una Edad de Oro en nuestras letras; que cada semana en el Perú era publicado un libro estupendo, de gran calidad; que cada mes surgía un joven poeta cuya opera prima sugería un Eielson o un Hinostroza en potencia. La realidad, como nosotros sabemos, es muy distinta, y por eso me queda la sensación de que Donayre vive en una dimensión paralela, donde cada vez que se asoma por la ventana contempla Picadilly Circus o cualquier otro de los centros culturales más fulgurantes del mundo literario contemporáneo.

Si bien ya de El Comercio y de la camarilla de ignorantes que lo maneja no se puede esperar nada, es una lástima lo que ha sucedido en los últimos años con la ya fenecida columna semanal de Ricardo González Vigil, quien siempre fue un crítico más que respetable. Pero hay que ser honesto, pues: sus columnas, en los últimos años, eran la mar de confusas. No sé si el motivo de ello sea que le editaban los textos de cualquier manera o si se le acababa el espacio antes de poder llegar al meollo de lo que quería decir, pero en la mayoría de los casos terminaba hablando de cualquier cosa antes que de la obra que debía ser motivo de su reseña. Por otro lado, ¿no es ya un poco monótono que un crítico viva calificando cuanto libro analiza como “extraordinario” “portentoso” o “formidable”?  No obstante lo apuntado, que la columna de RGV deje de ser publicada es un hecho lamentable, pues de todas formas es un espacio perdido. En cuanto a la sección de libros de la revista Somos, regentada por Enrique Sánchez Hernani, el problema es distinto: ni con la mejor voluntad del mundo se puede hacer una crítica seria cuando se te pide que ella no exceda las dos líneas de un texto de Word. Eso, como ya apunté en un post anterior, se debe a la visionaria labor de Eduardo Lavado, quien considera que una reseña no debe tener más caracteres que uno de los telegráficos chismes faranduleros del Correveidile, su máximo aporte al periodismo nacional. Bip.

De los demás reseñadores es poco lo que se puede decir (o no se puede decir nada distinto a lo anterior): o ejercen una crítica que juega al avestruz (pura descripción, cero opinión, o, lo que es peor, una desmedida generosidad con todo los libros que reciben) o las páginas culturales de los medios en que laboran son tan insignificantes que es como si no existieran. La salvedad a esta regla es Javier Agreda, crítico del diario La República. No lo digo porque esté de acuerdo siempre con él (en realidad, de cada diez reseñas que publica, discrepo con ocho) sino porque cuando un libro le parece malo no tiene remilgos en decirlo y suele fundamentar sus opiniones con propiedad. Quizá sus reseñas a estas alturas pequen de mecánicas (su modus operandi es el siguiente: primero presenta el libro, luego señala sus virtudes, y en el 90% de los casos termina dando una maleteada), pero a diferencia de casi todos los demás se toma su trabajo con cierto rigor. Lo cual es mucho en un ambiente literario donde ya se perdió el coraje suficiente para señalar que el trabajo de un escritor es insatisfactorio. Aunque luego de este post, quizá yo sea el autor con quien se rompa esa tendencia. (José Carlos Yrigoyen)

Iván, el terrible

Foto: Milagros Ojeda

Autor: Iván Thays.
Libro: Un sueño fugaz. Anagrama, 2011.
Relación con el autor: ninguna.

Bajo el título de Un sueño fugaz, Iván Thays ha adaptado a una estructura alternativa los cuentos que formaban parte de la novela La disciplina de la vanidad. La relectura de estos textos permite hacer una valoración de lo mejor y lo peor de la obra de este autor, quien casi veinte años después de su interesante Las fotografías de Frances Farmer no ha logrado consolidarse como un escritor de valía, a pesar de las cuatro novelas que ha publicado hasta la fecha y de haber sido favorecido con algunos premios y menciones en concursos internacionales. La revisión de los relatos de Un sueño fugaz puede explicarnos de alguna manera las razones de esta situación.
Mientras leía esta última entrega de Thays (con un penoso esfuerzo que nunca se vio recompensado) divagaba sobre las coincidencias entre su obra y la de Armando Robles Godoy. Perdón: de lo más fallido de la obra de Robles Godoy (esto es, buena parte de Espejismo, casi toda Sonata soledad e Imposible amor). La primera es que al igual que los personajes de esas películas, los de Thays son, a lo largo de todos sus libros, una suerte de zombis, de emisores deshumanizados que se limitan a pronunciar frases supuestamente densas, ingeniosas y poéticas que suenan falsas y hasta ridículas en sus labios (“La polución nocturna es pésima consejera literaria”; “¿Pero qué es lo que pienso yo del amor? Oh, nada, nada, no es la gran cosa”, etc.), vicio que congela toda emoción y vuelve inverosímiles las situaciones que Thays plantea en sus, digamos, historias.
Estos autómatas, además, son arquetipos que viajan de libro en libro con distintos nombres y afeites. Por ejemplo, los escritores que protagonizan los dos últimos libros de Thays son son seres atormentados por la pérdida de un hijo (caso del narrador de Un sueño fugaz y el de Un lugar llamado Oreja de Perro) que aprovechan su dolor para llenarnos de observaciones insustanciales y pedestres, así como de alguna cita literaria que suele ser un pretexto para encubrir una crónica incapacidad de redondear una incursión aunque sea epidérmica por los laberintos de la condición humana.
En todas las novelas de Thays estas reiteraciones, fórmulas y esbozos de algo que pudieron ser historias propiamente dichas intentan ser disimulados por la priorización de un lenguaje elegante, por momentos bastante logrado y que busca otorgarle a sus libros la profundidad que sus triviales argumentos no pueden conceder. Lo que sucede es que las ficciones de Thays padecen del síndrome de Espejismo: al igual que Robles Godoy en esa cinta, Thays exhibe su solvencia narrativa, su apreciable capacidad descriptiva y cierta habilidad para metaforizar las situaciones planteadas, pero sin tener un real motivo para hacerlo. Así todo el mundo narrativo thaysiano termina resultando escenográfico y artificial; si añadimos a estas limitaciones la constante y muchas veces gratuita inclusión de citas y personajes literarios, la impresión final es que no solo estamos frente a un autor que no tiene nada importante que decirnos, sino que al intentar hacerlo cae en una antipática pretensión que anula cualquier sincero acercamiento con el lector.
A eso se reduce, pues, la obra de Iván Thays hasta hoy. Un conglomerado de fantasmas al margen del tiempo y de la vida, una fría dimensión cadavérica producida por las represiones artísticas de su creador. Y en todo eso también hay semejanzas con lo menos importante de la obra de Robles Godoy. Pero la gran diferencia entre ambos, hay que decirlo, es que Thays aun no ha escrito su Muralla verde ni su En la selva no hay estrellas, y nada indica que esté cerca de elaborar la obra consagratoria que hace dos décadas sus lectores esperan de él. (José Carlos Yrigoyen)*

*Esto fue escrito después de leer el comentario de Emilio Bustamante sobre la obra de Armando Robles Godoy, incluido en un diccionario de directores peruanos publicado en el segundo número de la revista La gran ilusión.