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Memorias de una Máscara

Caretas libertarias, roles conservadores. El caso de Anonymous

 

Guy Fawkes

Ayer fue 5 de noviembre, una fecha importante para Anonymous. Una mirada a su agenda de ataques DDos (Distributed Denial of Service) revela un ideario errático y contradictorio. En el 2008 ayudaron a detener la difusión de pornografía infantil. En el 2009 subieron videos pornográficos a YouTube con tags como “Jonas Brothers”. Demostrando su tolerancia, atacan a la cienciología por vivir del dinero de sus fieles, pero callan ante el sistema análogo que sostiene a otras religiones. Apoyan iniciativas como Occupy Wall Street, pero comparten un mismo lema con el Oregon Tea Party. Se enfrentan a Bank of America, Visa y Mastercard a través de Operation Payback. Simultáneamente, le hacen ganar millones de dólares a Warner Bros (Time Warner) gracias a la venta de la ya célebre máscara que los protege.

Se presumen libertarios, pero no defienden ni la libertad individual ni los derechos del individuo sobre sí mismo. Coquetean con el anarcocolectivismo, pero no promueven el fin de ningún Estado. Tienen un lema que de tan ambiguo termina siendo inofensivo: We are Anonymous. We are Legion. We do not forgive. We do not forget. Expect us.

¿Qué es lo que no perdonan y qué es lo que no olvidan? Nadie lo dice. Porque Anonymous dice ser una multitud que -como internet- no tiene liderazgos ni jerarquías. Quizás por eso no ha logrado articular una propuesta política o ideológica consistente. Son personas con acceso a internet y a una computadora personal. Son ciudadanos del mundo que pueden hacer colapsar cualquier página web que no coincida con lo que ellos entienden por “libertad de expresión” o “información libre”. Son gente que protesta airadamente cuando un gobierno como Turquía, Túnez, Irán, Egipto o Chile expresa su deseo de revisar las redes sociales. Pero que calla ante el ojo de la CIA o de las empresas privadas que lo monitorean todo en Facebook, Twitter y Google.

Anonymous no se enfrenta a ninguno de los que Ollanta Humala llama “los poderes fácticos”. Pero si de algo sirve su lucha es para legitimar el activismo en redes como una especie de autorregulación controlada. Es la encarnación de lo que algunos llaman “el sistema”, corrigiendo sus propios errores.

Y todo esto lo hace detrás del rostro de un fanático religioso. Una máscara que ha sido re apropiada y resemantizada a partir de la película V for Vendetta (2006), pero que finalmente representa a un ex servidor de la corona española que quiso imponer una teocracia católica en la Inglaterra del siglo XVII. Un ultra conservador, políticamente hablando.

Sucede que a veces, como en el teatro griego, la máscara no sirve para ocultar una identidad. Sirve, en cambio, para revelar el carácter de quien la usa.

Carlos Cabanillas