Category: Sin categoría

La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

Todo se come, Todo se vende

Lluvia de ideas en torno a “Cocinero en su tinta” de Gustavo Rodríguez.

Gustavo Rodríguez

Sensaciones encontradas. Eso es lo que uno siente cuando terminada de leer “Cocinero en su tinta” (Planeta,2012) de Gustavo Rodríguez.

El libro es ordenado, tiene una estructura clara, casi lineal, que no plantea mayores complicaciones de tiempo y espacio. Además, si se logra superar las primeras páginas, el lector sentirá que aflora esa necesidad de final de las obras aristotélicamente redondas.
Pero el principal problema de la cuarta novela de Rodríguez es el lenguaje. Su carencia de lenguaje, más bien. Su prosa, muy correctita, es el grado cero del estilo. Es como verse obligado a comer un lomo saltado bien presentado pero desabrido. Hay una historia pero no hay literatura. No hay placer.

Entonces es inevitable sentir cierta decepción. Que por esta novela se haya armado tremendo escándalo es como ser Romeo y descubrir, de pronto, que Julieta va a decir que no.
Este no estilo se sostiene sobre todo en metáforas, comparaciones y descripciones plagadas de  lugares comunes y poca reflexión.

Por dios –lo dice un ateo- quién puede escribir: “El amor es un ingrediente de la comida, solo que es invisible en la receta”. “Si no los deslumbro en ese instante, quizá nunca tenga otra oportunidad”. “El aullido de una sirena lejana fue la única respuesta”. Todas citas del capítulo 1. Que se repiten, por el estilo, en los 18 capítulos, sin contar los tres intermedios donde Rembrandt Bedoya (sugerente nombre), protagonista de la novela, toma la palabra (el narrador pasa de la tercera a la primera persona) para compartir sus impresiones sobre el libro que Rodríguez (el escritor en la ficción) está relatando sobre Bedoya, “dueño de uno de los restaurantes de culto de la ciudad de Lima”.

Sin embargo, lo más dudoso de la novela es que Rodríguez se acomoda a la anécdota con gancho publicitario (“la primera novela sobre el boom gastronómico nacional”) y no cuestiona la ficción tejida por cocineros y empresarios sobre cómo es el cau-cau. Apenas asoman por allí algunos momentos de leve envidia entre ellos, superada hacia el final. Pero no solo no cuestionada nada. Les hace una comercial.

Porque eso es “Cocinero en su tinta”, un comercial sobre el supuesto boom de la comida peruana. El “Perú Nebraska” de la literatura (con minúsculas) nacional. Un comercial con estructura pero carente de pluma y propagandístico con lo establecido.

Rembrandt Bedoya es un personaje bien delineado. Tiene conflicto. Se está separando de su esposa para iniciar una, según ellos, seria comedia de enredos con su amante. Debe presentar un plato novedoso y original en Madrid Fusión. Busca en su memoria. Recuerda la violenta relación que tuvo con su padre. Es amparado por la cálida voz y los consejos de su abuela. Con todos estos ingredientes cocinará una receta sobresaliente para ser presentada en España y encausará sus dilemas como padre, pareja e hijo. Lindo final. Pero el problema del personaje es el mismo de la novela. Por algo es su protagonista. No hace otra cosa más que ensalzar el lugar común sobre la comida y los cocineros peruanos. Y por eso la sensación final es que el libro ha sido cocinado solo para vender.

Juan Carlos Méndez.

Más cansancio que algarabía

Una mirada a la obra de Paolo de Lima
Juan Paolo Gómez Fernández (Lima, 1971), conocido en el ambiente literario por el seudónimo de Paolo de Lima, ha reunido su obra bajo un pleonasmo: Al vaivén fluctuante del verso (Lima, 2012). El volumen contiene sus tres libros publicados, Cansancio (1995 y 1998), Mundo Arcano (2002) y Silenciosa algarabía (2009), así como tres poemas inéditos, Rociando mi frente a esas voces sentidas, Huella descaminada y La escritura es una ética.

Paolo de Lima ha declarado desde mediados de los noventa que a él no le interesa “escribir bien”, sino ir más allá de la seguridad de lo establecido por la tradición. Pero lo cierto es que, más que el testimonio de una evolución hacia la madurez artística, esta compilación es la crónica de un aprendizaje lento y esforzado que empieza desde la misma inopia expresiva y finaliza con los frutos más logrados de esta experiencia: algunos poemas elaborados con ajustada corrección.

En general, el trabajo de De Lima no termina de satisfacer debido a las profundas indefiniciones que afectan los proyectos que ha emprendido. En Cansancio, por ejemplo, el autor no decide qué estilo e intención dar a sus poemas y por ello estos acaban siendo inconsistentes estructuras que no califican ni como ejercicios: “El corazón avizora desde un balcón limeño / Transitan chismosas chibolas. Habría // que establecer la conjunción del rechazo y la / indiferencia. Habría que buscar invernales distancias sin Ella. / Sin embargo, no llego / a nacer”. Y cuando en medio del retórico desorden de su debut De Lima pretende la complicidad del lector y conmoverlo, su ingenuidad lo hace fracasar sin paliativos: “Soy feliz escribiendo / porque conocerte es lo mejor que me ha sucedido / (y conocerte también)”.

El desconcierto continúa en Mundo Arcano, aunque aquí De Lima es un poco menos arbitrario a la hora de confeccionar sus poemas. Esta vez elige tópicos acartonados que en realidad son pretextos (el desierto, una noche solitaria bebiendo whisky y escuchando jazz) para sacar de la manga una serie de inocuos artificios que quieren crear la apariencia de una escritura fresca y despojada. Los resultados, sin embargo, encallan siempre en lo trivial: “Los cuatro puntos cardinales son tres: sur y norte / un mal chiste leído en Chile, como los cinco puntos cardinales de Cuba. ¿Y Montreal? Martín Adán habló de Montreal”. Esta sensación de que el poeta carece de objetivos claros parece refrendada por una de las artes poéticas del volumen: “Que si la próxima vez / No sé qué / O sobre qué / Escribir / Hacerlo siempre / Sobre cualquier cosa”.

En cuanto a Silenciosa algarabía, es, sin duda, el mejor libro de los que ha publicado Paolo de Lima. Como ya he apuntado, es un correcto trabajo con el lenguaje que saca adelante composiciones como Cierto y en algún modo semejante y De Boston a Ottawa, que, más allá de ser los mejores poemas que Paolo de Lima hasta ha escrito a la fecha, son los primeros poemas propiamente dichos que este autor ha publicado. No obstante, el conjunto no se ve libre de las imperfecciones y vacilaciones de costumbre, que crean dudosas imágenes como esta: “…el cuerpo y su corazón de tormentas, músculos de hojalata”. Los inéditos que integran la última parte del volumen son una prolongación, sin mayor brillo, de los temas tratados en Silenciosa algarabía, y corroboran la impresión de que De Lima ha alcanzado un mínimo dominio formal con el que puede comenzar, por fin, a plasmar un discurso personal y medianamente fluido.

Lo que nos lleva a decir lo siguiente: a pesar de haber sido iniciada hace casi veinte años, la obra poética de Paolo de Lima recién está por escribirse. (José Carlos Yrigoyen)

[Autor: Paolo de Lima. Libro: Al vaivén fluctuante del verso. Hipocampo editores, 2012. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial.]

Deliremos juntos

Foto: Caretas.

Luego del recuento de fin de año Fernando Ampuero nos comunicó, con una broma, su decepción. Y como aquí creemos que el principal blanco del blog debemos ser nosotros mismos, decidimos entrevistarlo. El primer contacto se realizó mediante un correo electrónico, por lo que el autor de El Peruano Imperfecto prefirió responder las preguntas por ese medio. Debido a su extensión, y con el fin de mantener intacto su valor documental, preferimos renunciar a las repreguntas. También hubo un tema de tiempo: decenas de correos mediante, y un mes después, alcanzamos un estadio que, debido a un viaje del entrevistado, amenazaba con seguir extendiéndose. Que no se interprete, entonces, el silencio como acuerdo. Solo una cosa más: con esta entrevista iniciamos un ciclo. Disfruten.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?
Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas, sería muy tedioso. En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes… ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática. Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Me sorprende la facilidad con la que asumes la etiqueta de criollo, pues pensaba que renegarías del corsé.  No me queda claro tampoco lo de la cobertura y los lectores: ¿cuántas ediciones ha vendido Osvaldo Reynoso, en 50 años, de Los Inocentes? ¿La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, no fue elegida como una de las novelas de la década por la revista Debate, de Apoyo (difícilmente un medio “andino”)? Mi impresión es que ese debate no respondió a una necesidad de reconocimiento, como tú dices, sino que es consecuencia del declive del canon comercial. No hay ahora, pues, ni Academia ni mercado, y a falta de mejor lugar la polémica descendió a lo primario: la casilla étnica.
No hay que tomar tan en serio estas tonterías. Lo importante es la literatura, no la vida literaria, y menos aun las encuestas: son fotografías para el olvido. En cuanto a la etiqueta de criollo que mencionas, me importa un bledo. Supongo que mis encrespados detractores quieren catalogarme como un blanco limeño, lo cual, a mi modo de ver, yo no lo siento peyorativo, dado que soy un mestizo, un peruano de origen indio y español, como la mayoría de los peruanos, con la diferencia de que tengo la piel clara. Nuestra nación es producto de una sociedad colonial, quiéranlo o no, y mi origen familiar criollo está ennoblecido por las guerras de independencia. Naturalmente, el término criollo me parece obsoleto. Más apropiado sería decir que soy un escritor limeño que ama al Perú, a pesar de todo.  Así de sencillo. Y me sorprende, de otro lado, que no recuerdes la causa principal de la polémica, pues ésta se halla ampliamente registrada en Internet. Los andinos, y sus oportunistas ayayeros, nos acusaron de mafiosos, alegando que manejábamos los medios, lo cual era falso,  y reclamaron mayor cobertura periodística. Ahora, cinco años después, ya no la reclaman, porque tienen gran cobertura (y siempre la tuvieron, en realidad), así como amiguetes en buena parte de los medios, pero igual nos atacan, porque al parecer esto no les sirve de mucho. Ignoro qué los tiene tan insatisfechos… ¿Nuestra existencia? ¿El hecho de que sigamos publicando nuevas obras? Recuerda que hace apenas tres semanas un crítico pedía un desagravio para Miguel  Gutiérrez. ¿Quién lo había ofendido? Nadie. Parecería que lo que les gusta es lloriquear. No les basta la cobertura, ni los “homenajes”.  ¿O acaso Reynoso y Gutiérrez están deseando disfrazarse también de Aladinos en las playas de Asia?

¿Cuáles crees que han sido las consecuencias de este debate?
Se ha pasado de un problema de vanidad herida, que ocasionó inicialmente el lío de los llamados escritores andinos, a un problema de racismo y clasismo. No soportan a los limeños. Se odia a un grupo de escritores por consigna, hagan lo que hagan. La fórmula es bastante vieja: elogian a un escritor para joder a otro. En eso estamos. Y además, para colmo, aderezan la situación con una pugna absurda: pretenden oponer a Arguedas contra Vargas Llosa. ¿Por qué? Antes que oponerlos, deberían complementarlos. El Perú literario es la suma de uno y otro. Pero no, no lo aceptan, pues buena parte de los escritores andinos ha hecho de Arguedas una religión. Me parece que exageran. Arguedas, a mi juicio, tiene un par de libros buenos y otros muy menores. Vargas Llosa, en cambio, es un autor con una calidad y un peso universal indiscutible.

¿La prensa cultural peruana es un páramo porque no existe, porque la que existe es irrelevante o porque es simplemente mala en conjunto?
Es un desierto porque, como cualquiera sabe, los propietarios de los diarios peruanos no dan cabida a la cultura, a excepción de La República, que al menos tiene una página cultural diaria. Si la cultura cuenta con poco espacio, nadie puede desarrollar un tema con cierta profundidad. Las reseñas son brevísimas. El mundo del espectáculo, la frivolidad y la gastronomía han ocupado todo el espacio que había antes.

En muchos países se critica al reseñismo por haber reemplazado a la crítica. Aquí los autores piden a gritos reseñismo, porque en el mejor de los casos lo único que consiguen es difusión. ¿Qué piensas?
No tengo nada contra las reseñas. Creo que debería haber por igual reseñas y críticas. Pero éstas no son el único mecanismo de difusión. Un autor debe ayudar a su editor a vender el libro, dado que hay un compromiso entre ambos, y si no consigue  reseñas puede dar entrevistas, poner afiches o utilizar el Facebook.

¿Cuál ha sido tu experiencia al respecto como editor de Somos y El Dominical?
Muy buena. Pero era otra época de El Comercio, cuando había periodistas decentes y no fenicios de quinta fila. Yo dirigí Somos por siete años, en el período de Alejo Miró Quesada y Bernardo Roca Rey, y tanto la cuota de arte y de cultura en general no se hacía extrañar. Esa revista fue un éxito y demostró que poner un poco de cultura en una revista no espanta a los lectores. Todo lo contrario. Y en el caso de El Dominical, cuya razón de ser no ha sido otra que la de dedicarse a la actualidad cultural, me ocupé en reforzar ese concepto, cosa que hoy no se hace, o bien solo se hace  de manera esporádica. No duré en ese cargo todo el tiempo que hubiera deseado porque, como sabes bien, yo dirigía de forma simultánea la unidad de investigación del diario y acabé despedido a causa de la investigación de los Petroaudios.

¿Qué se siente estar al otro lado ahora que, como dices, se te ha impuesto la “muerte civil” en El Comercio?
No siento nada: descanso en paz, como corresponde, pues estoy pagando el precio de haber hecho un periodismo ético. El Comercio de hoy, el que dirige el ala más reaccionaria de sus accionistas, tomó como represalia ignorar mi obra literaria, cosa que viene haciendo desde hace tres años, aunque en algunos casos, me imagino, habrá también autocensura y mariconada. No se publica una línea sobre mis libros. Todos saben que el anterior editor de Somos, Oscar Malca, fue despedido por publicar una fotografía mía. Pero esto, en fin, me importa muy poco. Los libros caminan solos, la mejor prensa es el boca a boca, y las reseñas y las críticas no solo las hacen las personas dedicadas por oficio a ello. El primer crítico siempre es el lector.

¿Sientes que en el caso peruano los medios digitales han contribuido a degradar el debate cultural o, en su defecto, crees que algunos han logrado contrarrestar la decadencia de la prensa cultural impresa?
Los medios digitales son una alternativa muy buena, primero porque existen (y esto ya es bastante), y segundo porque es una herramienta de gente joven. Lamentablemente muchos se dedican a la escatología, las vendettas y el prolijo ninguneo, porque no todo es “democracia” en el macrocosmos digital: también hay fascismo y desinformación. Y entonces, si se cae en un mal circuito, no solo se degrada el debate cultural, sino la vida. Basta ver lo que pasa a nuestro alrededor.  El país se ha convertido en un torbellino de politiquería barata, rencillas menores e insultos de idiotas por el Twitter. Ahora bien, el problema  de tener un blog diario es que te convierte en un polígrafo desbocado. Quienes lo escriben no se dan a sí mismos el tiempo necesario de reflexión. No estoy hablando del clisé de “respetar la opinión ajena”. Yo no respeto opiniones endebles; yo solo coincido con unas opiniones y discrepo de otras. Estoy hablando de madurar ideas.

¿Qué blogs lees? ¿Cuáles, como el nuestro, te han decepcionado?
¡Por favor! Ustedes no me han decepcionado, porque nunca despertaron en mí ilusiones de ningún tipo. Su juego es asunto conocido, ¿no?  Y respecto al otro punto, los blogs, no los leo a menudo, a excepción de Moleskine Literario, que es un informativo cultural estupendo. Pero tengo una aplicación en Google por la que cada vez que aparece mi nombre mencionado, para bien o para mal, me trasladan el contenido a mi e-mail. Lástima que esa aplicación no elimine el comentario adverso y me envíe solo el favorable. Viviría como en ese infierno de “La isla feliz” de Huxley.

¿A qué críticos peruanos en ejercicio –de cualquier medio- lees?
Leo a todos los que hay, o a todos los que tengo acceso, que son poquísimos. Tenemos críticos muy buenos: Julio Ortega, José Miguel Oviedo y Gustavo Faverón son los más destacados, pero también son fundamentales los ensayos críticos de Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo. Asimismo hay críticos interesantes de poesía como Mario Montalbetti, aunque no siempre entiendo lo que trata de decir, tal vez por mi culpa. Oquendo, que dirige con Mirko Lauer la buena revista Hueso Húmero, es un reseñista ocasional y muy certero. Iván Thays es tanto crítico como escritor y animador cultural. González Vigil, Javier Ágreda y Enrique Sánchez Hernani tienen la virtud de ser constantes. No puedo enumerarlos a todos, pues la mayoría de críticos son aves de paso. Ahora leo por Internet los suplementos culturales de los periódicos extranjeros. Y cuando salgo fuera del país, bueno, me avergüenza decir que no existe en el Perú un suplemento cultural. En esto hemos retrocedido mucho.

Por el recuento del año hemos recibido amenazas de agresión física, amigos eliminados del Facebook e insultos por doquier, además de una carta tuya en duros términos. Y, sin embargo, en el recuento no hay un solo insulto o descalificación personal, solo comentarios valorativos sobre las obras. ¿Crees que nos hemos acostumbrado a no aceptar críticas?
¿Duros términos? No sé de qué hablas. Yo te escribí un correo a ti, Jerónimo, porque  tú y yo nos hemos conocido personalmente, trabajamos juntos por un tiempo y, en ese tren, decidimos olvidar antiguos desaguisados.  Mi carta, de otro lado, tenía dos líneas, era una broma amistosa y te “agradecía” el presente navideño: la lista de libros del 2011 donde ustedes me mandaban a parir. Nada más… Asimismo, te recuerdo que yo no he pedido esta entrevista. Tú me la pediste y yo acepté. ¿Me arriesgué a caer en una especie de trampa? Indudablemente, y no tengo problemas con eso. Sé bien que tras publicar la entrevista en el blog Nosotros Matamos Menos vendrán enseguida los comentarios de los maníacos-depresivos, personas desconocidas y anónimos que se regodean en el retaceo y los insultos. En suma, todos felices, en particular aquellos que se autodenominan matones literarios. Me alegro por ustedes… Además, Jerónimo, la crítica que se ha publicado en tu blog la considero tendenciosa. Ustedes, en la polémica andinos-criollos, defendieron rabiosamente a los andinos. Tendencioso también fue el ingenuo maniqueísmo en el preámbulo de su lista de libros, en el que vuelven a polarizar nuestra narrativa. ¿Qué podía esperarme? Solo diré, para terminar, que hay otra lista de los libros del 2011 que favorece a mi reciente novela, El Peruano Imperfecto; por ejemplo, la del blog que escribe Julio Ortega (http://www.elboomeran.com/blog/483/blog-de-julio-ortega). Y que fuera de eso (lo digo sin jactancia) me favorecen los lectores. No es mucho, pero es algo, pues en menos de tres meses El Peruano Imperfecto ha sido reimpreso, cosa infrecuente en estos tiempos, sobre todo cuando a un libro, como es mi caso, lo piratean masivamente desde la primera semana de su aparición.

¿Se cultivan los rencores? ¿Qué piensas de tu novela El Enano ahora, a la distancia?
No cultivo rencores. Prefiero las hortensias. Ahora bien, si alguien me sigue dando la lata, le voy a contestar, a la larga o a la corta. Si se calma, también me calmo yo. Aunque parezca gracioso decirlo, no me interesa sostener polémicas. Pero no siempre puedo evitarlo. El Enano fue una respuesta a una infinidad de insultos y abusos de un hombre con relativo talento, pero muy mala persona. Ese libro me robó la mitad de un verano: lo escribí en la playa en cosa de dos meses. Por cada página que escribía, salía unos quince minutos a nadar. Luego, más fresco, le daba nuevamente a las teclas. Si en un día avanzaba ocho páginas, eran ocho zambullidas. Cuando estaba en el mar compartía el tiempo con mi novia, Soledad, con quien en esos días pasábamos juntos nuestro primer verano. Yo, muy apenado, pedía disculpas por ser un enamorado tan aburrido. Recuerdo que le decía: “Tengo que terminar este libro y luego tomaré unas vacaciones de escritura de varios meses”. En las noches, eso sí, la llevaba a cenar a los restaurancitos de Punta Hermosa y me reía a carcajadas contándole lo que ese día había escrito. Ella también reía, pero es más sensata que yo y me sugirió que debía eliminar algunas anécdotas excesivas. Le hice caso. También le hice caso cuando me dijo que no era necesario escribir una segunda parte de El Enano, porque con los escándalos del caso Fernando Zevallos y el caso Bavaria yo decía que había mucha tela por cortar.

¿Qué piensas de los enemigos literarios?
Son individuos que hacen interesante la vida, siempre y cuando sean personas inteligentes y con sentido del humor. Lo peor que nos puede pasar es que se  aparezcan enemigos tontos, ya que muchos de quienes nos odian se vanaglorian de su espontaneidad. De suceder algo así,  la única alternativa es ignorarlos. Sin embargo, hay algo más terrible aún: no tener lo uno ni lo otro.  Oscar Wilde, con la agudeza lacerante que lo distinguía, decía sobre Sir Bernard Shaw: “No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere”. Qué espanto. Me hace pensar en algunos escribas infelices que conozco bien, aunque ellos crean que pueden engañarme. (Jerónimo Pimentel)

La que se viene…

Como parte de las repercusiones del recuento literario del año pasado (amenazas de agresión física, insultos, eliminaciones del Facebook y otras especies propias de la provincia peruana), una larga entrevista a Fernando Ampuero. Sí, Ampuero. Vale tomar en cuenta dos cosas: la entrevista nace de su descontento con el blog y, un poco más allá, con el estado de la prensa cultural peruana. Un adelanto de un intercambio que promete ser, por lo menos, divertido.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?

Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas. Sería muy tedioso… En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes. ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática… Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Derecha Bruta, Derecha Achorada

Breves apuntes sobre el liberalismo peruano

Tafur y Mariátegui

Cómo estará de mal la izquierda peruana que su mayor representante mediático es hoy Juan Carlos Tafur, desde el otro lado de la orilla ideológica. El periodista acuñó el término “derecha bruta y achorada” para tipificar a quienes promovían una campaña sucia contra la hoy alcaldesa. El principal acusado fue Aldo Mariátegui, a quien Tafur sindicó como “el líder de opinión de la DBA”. Lo secundó Augusto Álvarez Rodrich, quien se ha encargado de popularizar las siglas en prensa y redes sociales: DBA. No son los únicos. Rosa María Palacios y Pedro Salinas (quien se autodenomina parte de la “derecha caviar”) también han utilizado el hashtag.

Pero el término es un sinsentido por donde se le mire.

Primero, porque no distingue diferencias ideológicas o sustanciales. Si se trata de acusar a una derecha antidemocrática, bien podríamos proponer un concurso NMM: enumere cuántos miembros de esa derecha (BA o no) han colaborado con nuestra última dictadura, el fujimorismo. Con la honrosa excepción de Pedro Salinas, ¿no estamos ante una mera diferencia de estilo (es decir, de “achoramiento verbal”)?

Y si se trata de una simple diferencia de estilos, ¿qué es preferible en tiempos de un mal entendido pragmatismo, transfuguismo y candidatos “independientes”? Mientras el mundo persiste en tener partidos conservadores, radicales, republicanos y demócratas aquí se sigue hablando del fin de las ideologías.

Vale la pena agregar un paréntesis: ¿cuándo perdió sus dientes la izquierda peruana? Luego de sus indefendibles coqueteos con SL y el MRTA, la izquierda mediática cae en el error opuesto: abandonar las batallas. Antes “la izquierda era la agresiva y los liberales éramos las señoritas de la clase”, recuerda el director de Correo. El mismo Mariátegui reconoce como una de sus influencias al diario Liberación de César Hildebrandt. Hoy el semanario de Hildebrandt es una solitaria terquedad entre chalinas verdes y simple ineficiencia. La prensa combativa de hoy es la de ultraderecha. Es la del fujimorismo en Willax, radio La Exitosa y Avanzada (la empresa que maneja el delincuente Carlos Raffo con la colaboración de su portátil digital).

Volviendo a la pregunta: ¿es realmente preferible un encaletado encaje naranja antes que una frontal Martha Chávez? Definitivamente no.

Pero el problema principal con el término DBA es su inexactitud.

El periodista dice que la DBA “no conoce la historia del Perú“. Sin embargo, cualquiera que haya revisado la génesis de la república reconocerá que la llamada DBA no hace sino seguir los lineamientos de la añeja tradición del liberalismo peruano.

En Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano, por ejemplo, Jorge Basadre recuerda la primera constitución liberal (1823) y a los primigenios liberales locales: el sacerdote Francisco Javier Luna Pizarro y Francisco Javier Mariátegui (abuelo del Amauta). Luego, las primeras generaciones liberales se opusieron a un autoritarismo monárquico. Pero evitaron colisionar con la iglesia, y finalmente apoyaron los arreglos del civilismo. Además, “retrasaron la abolición de la esclavitud” y otras reformas políticas. Las siguiente generaciones liberales proscribieron a los partidos en favor de los electores “notables”. No es casual que dos de los mayores estudiosos del liberalismo peruano hayan sido el fascista Carlos Miró Quesada Laos y Raúl Ferrero Rebagliati, reciéntemente homenajeado por el congreso a propósito de su centenario. Ferrero, autor de El liberalismo peruano. Contribución a una historia de las ideas (Lima, 1958) fue uno de los más arduos opositores al sufragio universal (y defensor del voto solo para la “gente de razón”).

El politólogo Norberto Bobbio explica lo que a las generaciones más jóvenes se les hace extraño: que el liberalismo y la democracia son dos tradiciones opuestas. El liberalismo es una concepción moderna del estado que busca limitar sus funciones. La democracia, en cambio, es una antigua tradición que pretende distribuir el poder en muchas manos y lograr la participación directa en las decisiones colectivas. Según Bobbio, históricamente el liberalismo ha florecido en sociedades con participación restringida, limitada sobre todo a las clases altas. Y la tendencia al sufragio universal es su gran amenaza.

Volvamos a la DBA. Sucede simplemente que Tafur confunde liberalismo con democracia liberal. La segunda recién apareció en el Perú con el Fredemo, y terminó engendrando al hijo deforme del fujimorismo (que finalmente siguió la fórmula del histórico liberalismo peruano: priorizar un estado mínimo antes que un estado de derecho).

Antes de soñar siquiera con un partido liberal demócrata, conviene saber de dónde vienen ambas tradiciones (liberalismo y democracia). Y mirarse al espejo.

Carlos Cabanillas

Di-sol-ver. Balance 2011 (II).

Lo mejor y lo peor en libros, cine, música y teatro

Novela

Este año los dos líderes del debate entre andinos y criollos han publicado con la editorial Alfaguara. Miguel Gutiérrez y Fernando Ampuero, cada cual a su modo, han marcado el 2011 con dos de sus novelas más personales.

NMM ha comentado ambos libros con entusiasmos disímiles.

La novela de Ampuero, El peruano imperfecto (Alfaguara, 2011) se anunció como una inmersión en los conflictos del ser nacional observado desde cierto sector social. Terminó siendo apenas una ligera narración de las cuitas de un seductor por los alrededores de la muerte.

El caso de Miguel Gutiérrez es diametralmente opuesto. Se invita al lector a continuar el debate sobre Una pasión latina (Alfaguara, 2011), la novela del año, en el post respectivo.

También nos gustó El diablo en mi cama (edición de autor presentada el 2010 pero distribuida el 2011) de Eneas Marrull, quien empezó el año inspirando la creación de un personaje en la última novela de Ampuero. Final y felizmente, el autor se impuso al personaje.

La decepción fue Un sueño fugaz (Anagrama, 2011) de Iván Thays. Una concesión innecesaria luego de su aceptable Un lugar llamado Oreja de Perro (Anagrama, 2008). El debate sigue en el libro de reclamaciones: el post respectivo.

Dos novelas extranjeras definieron el 2011: 1Q84 (Tusquets) de Haruki Murakami y Libertad (Salamandra) de Jonathan Franzen.

La del japonés tiene una prosa limpia y envolvente, musical e inocentemente perturbadora. Su estructura clásica es el sostén de un viaje a un mundo donde los protagonistas (chico-busca-chica y al revés) buscan encauzar sus vidas mientras una dogmática maldad los pone a prueba.

La del norteamericano es un minucioso electrocardiograma de la destrucción de una familia (la familia) y la descripción irónica del sueño americano: su pesadilla.

Cuento

Mejor libro de cuentos: Lecciones para un niño que llega tarde (Duomo, 2011) donde Carlos Yushimito confirma las virtudes mostradas en “Las Islas” (SIC, 2006)y también varios de sus cuentos. También nos gustó: El descubrimiento del ruido (Estruendomudo, 2011) de Martín López de Romaña, donde el silencio de lo cotidiano adquiere notoriedad. Y Disidentes. Antología de nuevas narradoras peruanas (Ediciones Altazor, 2011), selección y prólogo de Gabriel Ruiz Ortega. Interesante intento “catastral” de las búsquedas y logros de las escritoras que toman la posta (en prosa) de las hijas de “Noches de Adrelanina”. Volveremos sobre este libro.

Reediciones

Fundamental e inclasificable. El pez de oro (A.F.A. Editores Importadores, 2011) de Gamaliel  Churata, bajo el cuidado de José Luis Ayala. Una pieza clave de lo que podría definirse como la vanguardia indigenista. El original es de 1957.

También La novena maravilla (Fondo Editorial del Congreso de la República, 2011) de El Lunarejo (el verdadero, no el narco), también conocido como Juan de Espinosa Medrano. Se ha reeditado luego de tres siglos. Y se ha “modernizado” para facilitarle la lectura a los ignorantes de estos tiempos. Cuenta con un prólogo de Ramón Mujica.

Yapa

Aunque publicado el 2010, igual hay que leer Kapuscinski Non-Fiction (Galaxia Gutenberg) de Artur Domoslawski, un autor que ha pasado más de una vez por el Perú.  Se trata, por fin, de la esperada edición en castellano de un conflictivo retrato del maestro desdibujado -con rigor de buitre- por su alumno. Imprescindible para aquellos que quieren trascender los 140 caracteres.

Cómic y novela gráfica

Mejor ilustrador: Miguel Det, por Novísima corónica i mal gobierno y Conversaciones en la ciudad de cartón (Ediciones Contracultura, 2011). Det renunció en mayo del 2011 al suplemento El Otorongo durante la feroz campaña presidencial de entonces. Pero sin duda supo sobreponerse, pues fue su año (no así el de Perú21).

También nos gustó: Vida Mundana (Ediciones Contracultura, 2011) de Rubén Sáez.

Ensayo y ciencias sociales

Perú, país de metal y melancolía (Fondo de Cultura Económica, 2011) de Alfredo Barnechea. Un libro que retoma un viejo género: el de la biografía intelectual. El relato está  estructurado cronológicamente, a manera de un libro de memorias (“memorias de una educación política”, las llama el autor). Pero también se permite ciertas libertades, desde los saltos temporales hasta el sabroso anecdotario de personalidades como Vargas Llosa, Haya de la Torre, Belaúnde, Eudocio Ravines y Carlos Delgado.

También nos gustó: Todas las sangres en debate de Dorian Espezúa. A su lado, el libro Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía (Edición del autor, 2011) de Osmar González y Juan Carlos Guerrero. Una tesis sobre las otras balas perdidas de la clase alta limeña.

La mejor reedición es sin duda “¿He vivido en vano?” La mesa redonda sobre Todas las sangres (IEP/PUCP, 2011), un rescate de Guillermo Rochabrún. El libro recopila no solo la transcripción de la mesa redonda. También incluye otras entrevistas y textos de los participantes de entonces. Un documento histórico que incluye un CD de audio de la masacre. Como para recordar que el 2011 también se conmemoró el centenario de José María Arguedas.

Un libro notable de fines del año pasado también merece un comentario. Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999 (IEP, 2010), la última publicación de Carlos Iván Degregori. Apareció como una advertencia en plena campaña presidencial.

En el extranjero, destacó The Net Delusion. The dark side of internet freedom (PublicAffairs, 2011) de Evgeny Morozov. Una guía para entender el comportamiento de los blogs y las redes sociales en el contexto de un autoritarismo competitivo. Es decir, un manual para lo que nos podría esperar el 2012 frente a la probable alianza Humala-Fujimori. El de Morozov es uno de los 100 libros que recomienda The New York Times como regalo navideño. También apareció The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011), de Eli Pariser. Dos libros que desmitifican la supuesta democratización de internet.

Cine

La mejor película del año es Las malas intenciones, de Rosario García-Montero. El personaje de Cayetana de los Heros, a sus ocho años, se siente atraída por la figura del héroe. Pero no con la de cualquier tipo de heroicidad. Ella se identifica con el mártir, el héroe derrotado y humanizado que expía sus demonios a través de un sacrificio purificador. Por ejemplo, el Grau que se lanza al mar escapando de la crisis de su propia familia. Pero en el Perú de 1983 ya no hay héroes. No hay autoridades ni padres (de la patria), y el terrorismo ha tomado por asalto la normalidad. Como se dijo en un post, Las malas intenciones no le teme a la maldad. Incluso si ésta se susurra como en la perversa canción infantil “La Catalina” (De pronto pasó un soldado y lo hizo detener/‘Deténgase soldado que una pregunta le quiero hacer/¿Usted no ha visto a mi marido que a la guerra un día fue?’/‘Yo no he visto a su marido, ni siquiera sé quién es’)

También nos gustó: El inca, la boba y el hijo del ladrón, de Ronnie Temoche.

La decepción fue Bolero de noche, de Eduardo Mendoza. También Vanessa Terkes, con o sin ropa.

Música

La gran decepción musical fue el alejamiento de Pamela Rodríguez del blues criollo. Tiró la toalla y decidió convertirse en otra Regina Spektor con su tercer disco, ReconoceR (Mamacha Productions, 2011). Voces nasales, letras absurdas, disfuerzos calculados y videos nauseabundamente indies. Los discos más esperados fueron Veronik y los Gatos Eléctricos (Mandarina, 2011) y Volver (2011) de Adalí Montero. Ambas compositoras se tardaron diez años en grabar sus primeras producciones. Pero la demora fue provechosa. La riot grrrl Veronik cambió el grunge por el theremin.  Paralelamente, Montero dejó los covers y se dedicó a componer blues. Con lo que por fin dejó de ser una joven promesa. Bien por ella y sus admiradores.

Lo meritorio: el renacimiento de la disquera Infopesa, una de las cuatro grandes de la música peruana. Las buenas intenciones: Novalima (Karimba) Sabor y Control (El más buscado) intentando demostrar -una vez más- que tienen calle y cintura. Los adioses: Félix Casaverde y el inefable Leo Bacteria. El segundo de ellos -al mando de Pestaña- dejó su mejor grabación: Yo no me enamoro 12 veces por disco (2011).

La producción más lograda del año quizás sea Fiction Beats (Hypersfera, 2011), de Theremyn_4. El sétimo y el mejor disco de José Gallo, un ex rockero metido a DJ que ha logrado conciliar lo mejor de ambos mundos. Baile y riesgo.

El concierto del año fue el de Paul McCartney. Pisándole los talones, Sonic Youth. En segunda fila, Pearl Jam y Motörhead. Seguimos esperando a Calle 13.

Teatro

La obra de teatro nacional que estiró mejor los resortes de la memoria -y que además estuvo muy bien escrita- fue Astronautas de Jorge Castro y compañía. Se trata de una fabulosa ucronía. En algún punto entre 1968 y 1969 el Perú de Velasco ganó la carrera espacial. La obra narra la odisea de tres peruanos. Pero la proeza no es conquistar la Luna -que por cierto, ya es chilena– sino lograr la unidad como proyecto nacional.

Astronautas fue el mejor montaje de una obra nacional y la mejor obra peruana de dramaturgia del 2011.

También gustó Entonces Alicia Cayó, una muestra de que la obsesión maternal de Mariana de Althaus puede parir una obra sólida (por su estructura), sugerente (por lo intertextual) y emotiva (por su exploración de lo femenino en tres momentos de la vida).

Finalmente, una buena noticia fue la reposición de Diecisiete Camellos, de Eduardo Adrianzén. Una lectura de cómo tres hermanos lidian con la pérdida de la madre (patria) en manos de un chileno. Adrianzén también destacó en la accidentada versión televisiva de La Perricholi.

El mejor montaje de una obra extranjera fue El dragón de oro, un viaje al Asia escrito por el alemán Ronald Schimmelpfennig y dirigida por el peruano Jorge Villanueva. Salada y dulce como la mejor comida oriental, la obra fue también una atrevida lección de imaginación que además hizo posible el lucimiento del actor del año: Marcello Rivera. Manuel Gold, por su lado, confirmó su buen momento destacando en la ligera pero jugosa Demasiado poco tiempo (del escritor neoyorquino David Ives) y en la mencionada Astronautas. Pero su innato sentido del humor puede ser una monotemática arma de doble filo.

En cuanto a actrices, el aplauso mayor va para Ana Cecilia Natteri. Ella logró crear una loca memorable en el incomprendido y estupendo montaje de La fiesta de cumpleaños.

Aunque los prejuicios buscan encasillarla (para bien o para mal), lo cierto es que Denisse Arregui logró una actuación llena de matices y color en la gris Cosecha. Ojo con ella.

En publicaciones destaca la cuadrada generacional hecha por Alfredo Bushby en  Románticos y postmodernos. La dramaturgia peruana del cambio de siglo (Fondo Editorial de la PUCP, 2011). También la muy actual Ubú Presidente (PUCP, 2011), escrita por Juan Larco y dirigida por el flamante ministro de Cultura, Luis Peirano, en 1980. La obra, que pronto analizaremos con más detalle, escenifica la llegada a Palacio de Gobierno de un militar delirante. Ojalá no sea premonitoria.

Hubo dos grandes decepciones. Se esperó mucho más del montaje de Crónica de una muerte anunciada, del director colombiano Jorge Alí Triana. Una historia desordenada y un libro que le pesa demasiado al director. Otra decepción fue Los últimos días de Judas Iscariote, dirigida por Juan Carlos Fisher. Ojo, no fue el tema el que distanció las butacas del escenario. Fueron varias sobreactuaciones y algo de humor forzado.

Para cerrar, dos anuncios.

Primero, el repaso con ají: el inminente y tercer balance. Periodismo, actualidad y política en el año que Alan García dejó de florear por televisión nacional, se eligió democraticamente al militar Ollanta Humala y que puede terminar con un baile del Chino.

Disolver. Di-sol-ver temporalmente a NMM.

Segundo, Di-sol-ver.

Di-sol-ver.

Con indulto o sin indulto, comenzaremos el nuevo año con un adelanto exclusivo para NMM de la obra de teatro que disecciona el golpe del 5 de abril.

Qué mejor forma de apresurar las celebraciones por el vigésimo aniversario. Ya viene el día.

Diario de un mal año (1): recuento de poesía

No ha sido este un año alentador para la poesía peruana. La campaña electoral afectó mucho la producción cultural, por lo que en definitiva los 8 meses (nadie publica de enero a marzo, como tampoco en diciembre) se volvieron 4. Aún tomando en cuenta ese atenuante, el resultado es pobre: en total, no deben haber llegado a librerías más de 5 poemarios de interés. Las decepciones, por otro lado, no son pocas, tanto entre viejos como jóvenes. Veamos.

Poemario del año

Berlín’, de Victoria Guerrero. En este último capítulo de una trilogía que empieza con ‘El mar, ese oscuro porvenir’ y continua con ‘Ya nadie incendia el mundo’, Guerrero asume riesgos tanto formales como temáticos y consolida un proyecto poético que la pone entre las voces preeminentes de su generación. De lectura obligatoria.

Medalla de plata

Dos buenos regresos. Martín Rodriguez-Gaona por ‘Códex de los poderes y los encantos’ y Giancarlo Huapaya por ‘Taller sub verso’.

En el ‘Codex…’ MRG tiene por lo menos 3 poemas que irán de frente a sus postreros selected poems, como ‘La dueña y los altos oficios’ y ‘Hoy viernes que proso estos versos’. No es poco si tomamos en cuenta lo que decía Gottfried Benn: un poeta, a lo más, escribe  6 buenos poemas en su vida. Huapaya, por su parte, afina su propuesta poética dando un salto enorme respecto a su entrega anterior, ‘Polisexual’. ¿Una curiosidad? MRG escribe: “Por lo demás,/ cada día estoy más consciente de que mi preocupación/ real es ser mujer/ antes que poeta”. Huapaya responde: “Soy mujer por estrategia política”.

Menciones honrosas

John Martínez por ‘El Elegido’ y Miguel Ángel Sanz Chung por ‘La casa amarilla/ Casa abandonada’.

Martínez construye una buena poética en una tradición por lo general desatendida, aunque peca de tímido: hubiera provocado un acercamiento menos seguro a la danza de tijeras. Su mérito está en lo reflexivo/contemplativo, pero el proyecto invitaba a una inmersión más atrevida, menos respetuosa, a la figura del danzak.

Por su parte, Sanz Chung acierta y yerra a la vez. ‘La casa amarilla’ es un buen libro que muestra las virtudes de su autor: cadencia, sonoridad, lenguaje. Sin embargo, estos logros desaparecen en ‘Casa abandonada’, donde exhibe los límites de su propuesta. La pregunta es: ¿había necesidad de publicar un díptico? Creemos que no: ambos libros responden más a una obsesión conceptual que a una real necesidad expresiva, y el precio a pagar es la irregularidad.

Mejor reedición

‘Ruda’ de José Cerna y ‘Contra natura’ de Rodolfo Hinostroza.

‘Ruda’, publicado por primera vez en 1998 pero cuya creación comprende varias décadas, es el único poemario que ha publicado  Cerna. Como su edición príncipe apenas circuló entre algunos pocos lectores, esta reedición, pulcramente realizada por la editorial Sol Mayor en folios libres, propicia el reencuentro con un libro notable, el mejor producto de la corriente estructuralista de Hora Zero.

Por su parte, Lustra nos brindó una nueva y lujosa versión de ‘Contra natura’. Diseño, formato, papel y acabados tributan los 40 años de la edición de Barral de 1971, lo que permite a nuevos lectores disfrutar la obra esencial de Rodolfo Hinostroza, prácticamente inencontrable.

Decepciones

Tres poemarios luchan a pulso en esta categoría: ‘Latitud del fuego’ de Andrea Cabel, ‘Quise decir adiós’ de Enrique Sánchez Hernani y ‘Mares’ de Diego Lazarte.

Cabel apuesta por la fórmula de ‘Las falsas actitudes del agua’ y termina imitándose a sí misma. Es un error frecuente en los autores que se encandilan con su propia voz. La poesía no trata de eso.

Sánchez Hernani confunde testimonio con poema. Nadie duda de lo hondo de su relación con Constantino Carvallo, pero el exceso sentimental, sin un adecuado respaldo expresivo, torna a la poesía en sensiblera.

Lazarte comete el mismo error de Cabel, con el agravante de que en su caso los resultados son menos meritorios.

NOTA. Próxima entrega, recuento cultural: novela, ensayo, teatro, cine, música y otras yerbas.

Inteligencia Militar

Guardianes y reyes filósofos: la alianza Humala-Vargas Llosa
 

La entente Humala-Vargas Llosa

“Los peruanos no necesitamos un filósofo ni un pensador, sino un gerente que sea capaz de resolver y ejecutar las obras.”

                Keiko Fujimori. Junio del 2009

 

La raíz del miedo a una militarización está en una inevitable pregunta ancestral: ¿quién es el más apto para gobernar? El presidente Ollanta Humala ha extendido la pregunta hasta la República de Platón.  Su reciente invocación a “los guardianes socráticos” es una libre interpretación del rol de los militares como protectores del estado.

Pero el dilema se mantiene en pie. ¿Quién es el llamado a liderar esa república? Para Platón es el rey filósofo. Solo él tendría la virtud y la capacidad de estar al mando de “la nave” del estado. La sofocracia platónica se plantea, a grandes rasgos, como una alianza indispensable entre el filósofo y los guardianes (es decir, los guerreros).            

En la Lima actual, pocas propuestas políticas ahuyentarían más a la ciudadanía que una alianza entre intelectuales y militares.

El miedo a la militarización nos dice que un general es lo opuesto a un ser racional. Que quien usa las armas no lee, no discute y no sabe lidiar con las discrepancias. Ejemplos ha habido muchos. Pero se trata, finalmente, de una generalización gruesa. Lo más divertido es que ese lugar común se reproduce en las redes sociales, reino del maniqueísmo y la intolerancia donde hasta el más reflexivo se ve reducido a una burda polarización: me gusta o no me gusta, follow o unfollow, amigo o enemigo.

La historia y la geopolítica lo demuestran. El falso oxímoron “inteligencia militar” no pasa de ser una humorada de Groucho Marx. Pocas instituciones en el país han convocado a tantos intelectuales a sus filas como el CAEM. Para bien y para mal.

Pero el miedo a los intelectuales en el poder es aún mayor. Se les acusa simultáneamente de ser abstractos (como a Bustamante y Rivero) y de tener ideas peligrosas (como a Vargas LLosa). El caso más radical es el de Abimael Guzmán. En su libro Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999 (IEP, 2010), Carlos Iván Degregori precisa que “nunca hubo un movimiento armado en América Latina que diera tal importancia al componente intelectual de su propuesta y a la condición de intelectual de su jefe máximo, el doctor Abimael Guzmán, entronizado en afiches y pinturas con todos los atributos del intelectual: anteojos, terno y libro bajo el brazo”. Para Degregori, Guzmán es el “rey filósofo (que) buscó aliarse con los bárbaros, no para destruir la ciudad letrada sino para tomar el poder dentro de ella con el fin de resaltar todavía más la distinción entre letrados y bárbaros”.

Por eso la reciente alianza entre Ollanta Humala y Mario Vargas Llosa sorprende y genera terror en cierta clase alta limeña. Además, confunde. Se trata de una relación en la que se han invertido los roles clásicos. En este caso en particular, el intelectual es el guardián. Es él quien articula la narrativa de las decisiones que toma el “rey militar”. Hubo antecedentes similares en la historia contemporánea. Quizás el más notorio fue el de Juan Velasco Alvarado leyendo los alambicados discursos del sociólogo de Cornell, Carlos Delgado. También podría mencionarse el pedido de renuncia dirigido a Leguía que el propio Bustamante y Rivero le ayudó a escribir a Sánchez Cerro.     

Pero la entente Humala-Vargas Llosa es única. Primero, porque intenta liderar un gobierno democrático. Y segundo -y esto sí es profundamente platónico- porque se trata de una alianza entre líderes con una doble formación. Por un lado, Vargas Llosa ha sido disciplinado bajo la férrea estructura militar del Colegio Leoncio Prado. Por el otro, Humala ha sido obligado a peinar la biblioteca sanmarquina de su padre, Isaac Humala. Basta una mirada a la historia de la célula Cahuide para comprender lo entrelazadas que están ambas familias. Y lo mucho que ambos se parecen entre sí, no solo cuando corren por las mañanas.

Carlos Cabanillas

Balas perdidas (5)

Ajuste de cuentas (con uno mismo)

A medias roman à clef, a medias bildungsroman, ‘País sin nombre’ (Mesa Redonda, 2011) es el debut novelístico del poeta José Rosas Ribeyro, conocido sobre todo por su estupendo poemario ‘Curriculum Mortis’ (1985; hay un pequeño lote de ejemplares redescubiertos que se puede encontrar en Librería Inestable).
La novela funciona como una suerte de visión de parte de una época, entre los sesenta y setenta, donde las militancias políticas y poéticas eran los tránsitos naturales de eso que hoy se llama “lo publico” y “lo privado”. Así, como telón de fondo del descubrimiento vocacional, las ansias revolucionarias y el despertar hormonal de Javier Rosales Riquelme -el evidente alter ego del autor-, vemos pasar los procesos sociales peruanos apenas maquillados, como la instalación de la dictadura militar de Velando o las veleidades del partido arpista; junto a eventos propios de la movida literaria de la época, como la creación del grupo Nueva Era (anunciada en la revista ‘Máscaras’) o el nacimiento de la poesía del cuerpo a partir de la edición que Rosales y Elmer Bustos hacen de una poeta suicida llamada María. Como dice el disclaimer inicial: “…toda similitud con personajes, hechos y lugares reales es pura coincidencia”. En fin.
Ya en este punto podemos mencionar un primer apunte crítico: la novela de JRR nunca alcanza la autonomía suficiente como para que nos podamos desasir del correlato de realidad al que continuamente alude, razón por la que creemos que hubiera sido más provechoso evadir la excusa ficcional. Esto podría ser un problema de lectura, pero el autor pone mucho de su parte en ello: tal vez la resistencia confesa que JRR tiene por el narrador omnisciente lo obliga a insistir en una visión unívoca, lo que torna a la novela plana (Bolaño salvó el escollo al hacer polifónica la segunda parte de ‘Los Detectives Salvajes’); la fruición por el anecdotismo es, por decir algo suave, incontinente (522 páginas); y la poca pericia técnica del autor termina por reforzar la sensación de que ‘País sin nombre’, más que una novela, pudo ser una buena memoria, si existiese la costumbre de hacerlas.
No es que confundamos realidad con ficción, pero no podemos dejar de señalar el efecto paródico del recurso. No sirve de nada, como le exigía Eliot a los críticos, que éstos juzguen a una obra por lo que no quiso ser, pero la excepción aquí parece justificada: ¿por qué llamar Verdejo a Vallejo y parafrasear malamente sus versos? ¿Tiene algún sentido literario decir que el famoso verso de María Emilia Cornejo no es “soy la chica mala de la historia” sino “la chica pérfida” con el único fin de mantener la verosimilitud interna, la cohesión ficcional?
Otro problema tiene que ver con la ambición. Cualquier novela que exceda el medio millar de páginas está condenada a ser magnífica, pues no se entiende otra razón para privar al lector de ese hermoso recurso que es la economía de lenguaje. En cambio, en ‘País sin nombre’ nos encontramos con cambios temporales caprichosos que no responden a una estructura pero que sirven para crear largas digresiones sobre lo que el autor piensa del mundo; metáforas dudosas, como aquella que compara a un hombre durmiendo en la cama con un “taco mexicano bien caliente” (defecto grave en tanto la buena poesía de JRR prometía una prosa más atildada, expresiva y musical); y serios problemas al momento de plasmar la oralidad, como cuando se le hace decir a un personaje que la comida nacional es “para chuparse los dedos” o a otro que lo acompañe “sin chistar”. Finalmente, el espíritu de fabulación es contradictorio: el autor no ha tenido problemas para desarrollar los episodios más nimios, en cambio, nos regala de vez en cuando hartazgos como éste: “Después, hablamos de algo más pero ya no me acuerdo de qué y me da una enorme pereza inventar ahora un diálogo adecuado para la escena”.
La novela repunta, en cambio, cuando la voz se detiene en los procesos emocionales para ahondar en algo que aún no está suficientemente literarizado: la educación emocional de la época. En algún momento de los setenta en ese país sin nombre tan parecido al Perú se mezclaron demasiadas corrientes a la vez: marxistas y maoístas duros con guerrilleros románticos guevaristas, militares revolucionarios con represivos, sindicalistas y diletantes, beats y hippies, migrantes y criollos, etc. La gran historia que aún no se cuenta y que aquí se vislumbra tiene que ver con esos humores y calores, con ese juego emocional y sentimental detrás de las ideologías. Los personajes masculinos que hubieran podido crear estas dinámicas, sin embargo, no están del todo desarrollados, ya que el autor apuesta solo por uno, adivinen quién. Aún así, ‘País sin nombre’ tiene el raro acierto de crear un puñado de secundarios femeninos memorables, como Magda, La Chola y Carolina, que bien pueden figurar en una antología del amor revolucionario junto a la Tamara Fiol de Gutiérrez.
‘País sin nombre’, en el balance final, es un producto narrativo poco convincente. No podemos dejar de pensar, de todas formas, qué hubiera sido del libro con 200 páginas menos y un buen editor. (Jerónimo Pimentel)

[José Rosas Ribeyro, País sin nombre (2011). Grupo Editorial Mesa Redonda. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial].
Esa fuente existe

La primera etapa de la obra poética de Sonia Luz Carrillo (Lima, 1948) se inicia con Sin nombre propio (1973) y llega hasta Tierra de todos (1989) abarcando cuatro libros en total (los otros son …Y el corazón ardiendo, de 1979, y La realidad en cámara oscura, de 1981). No hay diferencias significativas entre estos volúmenes: se trata de una poesía en arte menor, de ínfulas contestatarias, intermitentemente progre, panfletaria en sus peores momentos (como su poema Concurso de belleza, que acaba así: “Ha salido ganador / el ejemplar / que se asemeja / al prototipo que impone la metrópoli. / Dentro de poco/ será exhibido/ en el circo de Bob Hope / allá, en el Vietnam”) y a la vez con pasajes hogareños, líricos e introspectivos que intentan atenuar cierta sensiblería recurrente con una ironía que en el mejor de los casos puede resultar simpática (“Dime Safo, / tú que también fuiste hembra / e intentabas poesía / ¿Fuiste también tenida / en bello / apetecible / gran estorbo?”).

La segunda etapa de la obra de Carrillo se inicia con Las frutas sobre la mesa (1998), que, sin llegar a las alturas de otros compañeros de promoción setenteros, es sin duda su mejor libro, bastante menos ingenuo y expresivamente más cuajado que sus poemarios anteriores. Carrillo deja de lado sus veleidades revolucionarias y realiza un correcto ejercicio de autoconocimiento al que no escapa su trabajo con la palabra ni el arreglo de cuentas con el pasado:“A tiempo nos pusimos a distancia / de discursos envejecidos por los acontecimientos”. Trece años después Sonia Luz Carrillo entrega Callada fuente(2011), libro que constituye su vuelta al ruedo luego de la tentativa de reformulación temática que significó Las frutas sobre la mesa.

La primera impresión que tengo es que en este libro asistimos, por decirlo de alguna manera, a una parcial blancavarelización. El primer poema –uno de los mejores que ha escrito Sonia Luz Carrillo, sin duda- recuerda a la poeta de Canto villano por su estilo, su ácida ironía, sus símbolos: “Cría cuervos / Amamanta / Sus pliegues, sus dobleces // Nada de lo que hagas / Tiene garantía alguna / De ser útil o perfecto // Cría pacientemente / estos inútiles objetos / hasta que te saquen // Las pupilas llenas de asombro”. Esta impresión se repite en varios otros poemas, como Partida, Frente al pacífico u Ojos de ver, que, sin ser necesariamente logrados, comparten similares características.

Luego del primer poema el encanto se rompe rápidamente. Nos encontramos con varias fórmulas eficazmente empleadas, con poemas que se contentan con estar bien escritos, con apuntes que quieren ser poemas con trascendencia y rotundidad y se agotan en el intento (“Largo café / bebido en honor / del instante huidizo // Ingenio / de las frases // Emoción apresada // Conceptos macerados // Conciencia de lo inasible”), y con textos inapelablemente fallidos, como aquellos donde la poeta nos sermonea sobre los males de la era digital (“Oponer el pulgar/ no basta. / Se sabe / desde antiguo (…) Oponer el pulgar no basta / Frente al aparato / que clama respuesta / que solo pide el dedo pulgar / sumiso / inconsciente / obediente / no basta oponer el pulgar”; “Alguien llama, comenta su soledad / Alguien envía un correo / sobre su soledad / Alguien proclama en el ciberespacio su soledad (…) Escribo a solas / Me encuentro entre páginas / escribo / a solas / la palabra / libertad”. ).

Pero lo que más afecta el buen desarrollo del libro es el problema que ha padecido Carrillo desde su libro debut: su nulo interés por emprender una búsqueda estilística personal, su terca convencionalidad, su preferencia por adquirir oficio más que por arriesgar una evolución. Después de la búsqueda de certezas luego de tres décadas de dudas que representó para Carrillo Las frutas sobre la mesa, en Callada fuente ha terminado por elegir –o más bien refrendar- el conservador camino de lo conocido, de lo inofensivo, de lo estipulado de antemano. Por ello, aunque es bastante mejor que sus libros de los años setentas y ochentas, Callada fuente es un paso atrás en la obra poética de Sonia Luz Carrillo, luego de su poemario anterior, mucho más fresco y auténtico. (José Carlos Yrigoyen)

[Sonia Luz Carrillo, Callada Fuente (2011). Paracaídas editores. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna].