El Cuarto Fujimorismo

La ucronía de un triunfo de Keiko Fujimori en el 2011 en libro de ensayos contrafácticos Contra-Historia del Perú (Mitin, 2012). Un extracto.

Escribe: Carlos Cabanillas

El hombre había aparecido de la nada, como la primera vez. Miraba hacia abajo desde una silla de ruedas estacionada en el balcón para invitados presidenciales. Eran los mismos ojos pequeños e impasibles. El mismo rostro imperturbable, con arrugas pero sin pasado. Lo cubría un enorme sobretodo negro que dejaba ver el cuello blanco de una camisa demasiado grande. Quizás era cierto que había perdido 15 kilos. Aquel 28 de julio de 2011 su nombre estaba en todos los diarios. Alberto Fujimori presenciaría la toma de mando de su hija el día de su cumpleaños número 73. Pocos lo creyeron. Y es que todo lo concerniente a él siempre había sido incierto: su nombre, su edad y, sobre todo, su presencia. Más de veinte años después, el hombre seguía siendo un misterio.

Cuando los fotógrafos lo reconocieron intentó sonreír de medio lado. Era el rictus de antes. El gesto cómplice de quien sabía lo que todos sabían que iba a suceder. De alguna extraña manera, ese día yo también lo supe.

***
En el medio, algunos policías verdes dividiendo las aguas. En el horizonte de aquellos días, en cambio, todo pareció estar cubierto por la peruana niebla de lo indeterminado. Humala habló de fraude en Puno. Una oficina de la ONPE fue incendiada en Cusco. Hubo marchas y contramarchas en la selva. Los especialistas calcularon al menos 230 conflictos sociales en todo el país. Un tercio latentes, el resto urgentes.Desde la ventana del Hotel Bolívar el panorama en las calles se hizo más claro: una hilera de banderolas blancas trenzada con una larga fila de polos anaranjados.

Dentro del hotel, el resto del país no existía. Luego de la conferencia de prensa, un anónimo animador pidió vivas por la familia presidencial. Las velas se colocaron una a una sobre un improvisado altar, mientras un cura oficiaba los rezos por la salud del ex presidente. La versión oficial decía que este se había negado a recibir el indulto. Que solo lo había aceptado ante la insistencia de los médicos del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas. Cuando le dieron de alta, una oportuna encuesta de opinión ya había allanado el terreno para su regreso. A pesar de ello, mantuvo su característico perfil bajo. Hubo avistamientos, pero ninguno se pudo confirmar. Eran sosias, decían. Imitadores. Con el pasar de los días se convirtió otra vez en un rumor, en una ausencia insoportablemente leve, en un Fushía viejo y enfermo. “Imaginemos un país literario”, había dicho alguna vez, luego del golpe del 92.

El de la Plaza San Martín fue el único conflicto social que logró ser controlado. Las manifestaciones en Lima habían empezado el lunes 25 de julio, durante la juramentación de los nuevos congresistas. Aquella mañana, entre monedas y carpetazos, Martha Chávez insultó a la parlamentaria andina accesitaria Nora Bonifaz. Todo un mensaje para la oposición, pero también para la futura presidenta. Al día siguiente hubo una quema de muñecos en la Plaza Dos de Mayo. Uno tenía una gran letra K junto a un letrero que decía Keiko al gobierno, Kenya al poder. Era la frase de un periodista opositor. Alrededor de la plaza, una serpiente bicéfala era cargada por una decena de personas. Como las dos caras de Jano, una miraba al futuro y la otra apuntaba al pasado. Modernidad y tradición, mujer y hombre, occidente y oriente, Lima y el resto del país. Esa noche, el grupo de teatro Yuyachkani encabezó una protesta itinerante que recorrió las principales plazas del centro histórico. Al tercer día de revuelta, la policía ya estaba lo suficientemente advertida. Quizás por eso recibió con los brazos abiertos a la discreta réplica de La Marcha de los Cuatro Suyos que se atrevió a pisar la Plaza San Martín. Visto en perspectiva, fue un toque de diana que anunciaba lo que se venía.

En la recepción y el hall interior, los corresponsales de la prensa extranjera hablaron sobre un mismo tema: ¿en qué momento el escenario de la presentación del video Kouri-Montesinos se había convertido en el estrado del régimen? El entonces nuevo partido de gobierno empezó a frecuentar el viejo hotel —testigo de tantas batallas— desde el mitin de celebración de su paso a la segunda vuelta. Más precisamente, desde la noche en que la ahora presidenta dijo que el de su padre había sido «el mejor gobierno de la historia del Perú». En ese entonces era imposible calcular el costo de la frase.

La llamada Vigilia por la Paz acabó cuando la voz de Dina Páucar salió de los parlantes. Por unos segundos, la canción atrajo a la presidenta electa hacia el balcón de la suite presidencial. Qué lindos eran sus ojos, qué dulces eran sus labios, un aplauso para Keiko, por favor. Y como vino, desapareció. Así habían sido sus apariciones durante las últimas semanas. Esporádicas, silenciosas, breves. ¿Era otra vez el viejo estilo Fujimori? Quizás era solo desorden. Según algunos congresistas de su partido, el triunfo les cayó por sorpresa. No pensaron alcanzar la segunda vuelta. Tampoco creyeron poder ganarla. Siempre pensaron que su año sería 2016, que el recuerdo estaba aún muy fresco en la memoria. Quizás por eso la campaña electoral había empezado siendo una improvisada y continua fuga hacia adelante. Anuncios efectistas, promesas de gasto público, pocas palabras y mucho clientelismo. Había empezado así, pero un mes antes de la elección final la estrategia cambió en un rapto de autocrítica. Se concentró en las zonas pobres pero urbanas, en especial en lo que ellos llamaban el sólido norte naranja. También se concentró en solo dos voceros. Fue la forma de sincerar anticuerpos y contrarrestar actos fallidos. El mitin final fue un mensaje ambiguo de optimismo, mucha música y un estrado a ras del piso, sin olvidar jamás aquello de un peruano como tú. La vieja lección del padre aún servía. Sí, la gente vería lo que quería ver.

El respiro lo dio el fútbol. La buena racha del delantero Paolo Guerrero en la Copa América fue agradecida en silencio por toda la plana mayor del gobierno electo. Paralelamente, las dudas crecían. También la improvisación. Todo hacía indicar que volverían a patear los grandes problemas hacia adelante. Apagar incendios, alargar las negociaciones, gastar las reservas en asistencialismo, lanzar programas efectistas y dejar para mañana lo que no podía hacerse ni hoy ni nunca. Desde el golpe del 5 de abril de 1992, esa también había sido la especialidad del estilo Fujimori: la fuga hacia adelante y la fuga a secas. El golpe de estado invisible. La pregunta era si la misma estrategia podría funcionar esta vez. La única certeza era la continuidad de las políticas económicas, o al menos eso se suponía. El futuro distaba mucho de ser lo que era antes. Empezaba la era del cuarto fujimorismo pero todo parecía haber sido dejado al albur de las circunstancias. No era irónico: era la misma inercia que nos empujaba desde hacía veinte años. Con tantos cambios en el aire y tan poca información de primera mano, los columnistas se apoyaron en la historia. Algunos hablaron de un indirecto resarcimiento a Leguía a través de Fujimori, a meses de cumplirse los ochenta años de su muerte. Sí pues, éramos un país que sabía perdonar. Si el hijo de Prado había sido presidente luego del viaje de su padre, ¿por qué no? En la orilla opuesta, un conocido columnista marxista escribió sobre Odría y la célula sanmarquina Cahuide, ironizando el papel de la marcha encabezada por Mario Vargas Llosa y Ollanta Humala. Sí pues, en el Perú la historia siempre se repetía como tragedia.

***

Entre aplausos de pie, el discurso subrayó la importancia de la seguridad ciudadana. Más cárceles, mayores penas y la creación de comités de autodefensa. El plan Calle Segura empezaría en Lima y Trujillo. La mano dura sería implacable con la delincuencia, les daba su palabra. Las mujeres en este país siempre habían sido de armas tomar. Aplausos en las curules. En el balcón, la mirada fija del padre. El mensaje era para él. Hubo algunas sorpresas. La flamante presidenta habló en quechua, como lo había hecho en el debate de la segunda vuelta electoral. Recordó a Mama Huaco, la mítica fundadora del Imperio Incaico; a la Señora de Cao, gobernante mochica; y a la virreina Ana de Borja, Condesa de Lemos. También habló del centenario de Machu Picchu y del próximo Bicentenario de la Independencia. Días después se supo que algunas de las citas provenían de un libro de Pablo Macera. Dos analistas coincidieron en que las inesperadas referencias eran otra forma de distanciarse del padre, quien públicamente había despreciado la historia del Perú. Pero también significaban un intento por contrarrestar los ataques racistas que desde las elecciones se venían reproduciendo en medios y redes sociales. El mensaje parecía claro: no era 1990, no tenía pasaporte nipón, no era anti peruana y, sobre todo, no eran una dinastía. En un programa de radio, un congresista fujimorista llegó al extremo de afirmar que Manco Cápac había sido japonés.

(Este extracto fue publicado en la revista Caretas, edición 2242)

Más sobre el libro Contra-Historia del Perú (Mitin, 2012):

 

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