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Comentario a la última novela de Fernando Ampuero

“El Peruano Imperfecto” (Alfaguara, 2011) cuenta la historia de Pedro José de Arancibia, de oficio periodista, de vocación escritor, peruanamente blanco, socialmente apitucado, geográficamente limeño, cronológicamente un tío de 50 años. 
 
¿Qué busca este personaje? Según el título, la carátula, la contratapa y algunas declaraciones del autor, el protagonista se sumergirá en el barro, buceará con tanque de oxígeno (una manera de taparse la nariz) y abrirá los ojos, bien abiertos, para luego regresar y contarnos (ilustrarnos) cierta tajada de realidad desde la ficción.
 
En algunas páginas iniciales lo dicho se empieza a ejecutar:  “Soy un limeño de otra época, que vivió y creció en una Lima con un millón de habitantes, y que ahora, presa de fenómenos sociopolíticos, tiene que soportar la invasión de ocho millones de coterráneos, entre ellos gente idónea, culta y simpática, aunque las más de las veces se trata de una horda paupérrima, grosera y con ánimo vengativo, que considera, a su vez, que los limeños descendientes de españoles invadieron primero su país”  (p. 14).
 
La cita es del diario del protagonista. Se supone que debería resumir la pugna central del libro. Pero no lo hace.
 
Pocas páginas más adelante, este afán por hacer saltar los resortes sociales es dejado de lado. Porque el conflicto del protagonista no es con su ciudad. Ni con esos seres con los que comparte Lima por obligación (la “horda”). El conflicto de Pedro de Arancibia es con el espejo.
 
Es cierto que cuando deja caer el cubo de agua en su pasado, lo recoge con historias, menciones, observaciones, referencias al mestizaje personal, local y nacional. Pero estas anécdotas nunca son problematizadas o enfrentadas dramáticamente en la novela.
 
El libro está dividido en tres partes. En la primera se presenta al personaje principal, a su pareja (Amanda McNeil) y el mundo en el que se desenvuelven. Allí se pudo alzar la mano para trazar un retrato de su tajada de realidad o estrato social (si el respetable permite llamar así a la “burguesía limeña elitista”). Pero el narrador creado por Ampuero solo se concentra en las acciones y descripciones de ambos. Nunca permite que visiten, se muevan o se crucen con otros “iguales” para que de esa fricción salpique algo de luz.
 
Además, la segunda parte dedica 180 folios -de un total de 290- al aprendizaje vital del protagonista. Esa concentración en el pasado impide profundizar en el presente social de la ficción: sí, lo conocemos más pero seguimos sin verlo enfrentarse a alguien o algo en la actualidad.
 
Los anuncios de representación socieconómica y de casta quedan así cancelados. ¿Eso es grave? Solo en la medida que no cumple una promesa del paratexto. ¿Qué queda? Una entretenida y ligera exploración en lo erótico y tanático.
 
Amanda McNeil tiene 11 años menos que él. Es una artista plástica que pasó de las perfos e instalaciones al óleo. Una serie dedicada a los ticos (Tico con asiento vencido, Tico con puerta y techo abollados, Tico con pareja tirando) la ha hecho famosa en Lima.
 
Sin embargo, oh infelice, el protagonista es un aficionado al intercambio de fluidos. Según lo conversado con su psicoanalista -Max Hernández en la ficción- este periodista y escritor cumple un patrón: “novias y esposas blancas o rubias, amantes mestizas o matizaditas”.  
  
Tales predilecciones tienen origen en su iniciación sexual durante la adolescencia: con Pilar (pecosa que solo permite sobadita con ropa) y con Blanca (empleada doméstica piurana que, inocente, le ofrece su  terso jamón del norte).
 
Encerrado por el trabajo y su pareja formal, liberado por el sexo clandestino con sus amantes “matizaditas”, la vida del protagonista también está marcada por la muerte.
 
La precipitación de Jorge Chávez evocada por el parque Domodossola (frente a su penthouse), el velatorio de Fátima, su madre (el capítulo dedicado a su deceso es conmovedor), los suicidios del Puente Villena e incluso su última amante (lacerada y coja), anuncian, poco a poco, el descenlace fatal.
 
Escrito con un lenguaje directo y sobrio, sin alturas, ni “bajuras”, la prosa casi siempre vuela sobre el nivel del mar aunque algunas veces ameriza por el peso de la vanidad.
 
Finalmente esta “biografía en clave falsa” es paradójica porque sugiere que exprimir al enemigo produce mejores jugos que mirarse al espejo: “El enano” (Mosca Azul, 2001) sigue siendo el mejor libro de Ampuero.

Juan Carlos Méndez

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