El enemigo en casa

Ayer fui a ver la estupenda ’17 Camellos’, tal vez la mejor obra que ha escrito Eduardo Adrianzén junto con ‘Demonios en la piel’. No soy afecto al chauvinismo cultural, pero es de resaltar que esta pieza tiene el añadido de ser un teatro que versa, interviene e interpela ‘lo nacional’, a la manera de ‘La Puerta del Cielo’ de Alfonso Santisteban.

Tres hermanos deben afrontar el viaje definitivo de su madre a Chile, donde le espera el amor y la ilusión de un futuro. Cada uno de ellos, aleccionados por su desaparecido padre en el odio histórico (Guerra del Pacífico), representa una tipología actual y local: el historiador que taxea para sobrevivir, el militar lisiado durante una represión social y el joven desempleado, ex vendedor de Ripley, reconvertido en pandillero. Debajo de estas vidas interrumpidas, y utilizando siempre la coartada del enemigo externo para barajar sus frustraciones personales, se cobijan los residuos de la “prosperidad peruana”: víctimas que buscan victimar para rehuir el destino que su país les ha impuesto. Buena parte de la obra consiste en la exposición de estas estrategias y desencantos, a veces como monólogos explícitos, a veces a consecuencia de la acción dramática, en ambos casos, una forma de enfrentar este ¿falso? determinismo.

¿Pero existe tal sino?

La Patria, encarnada en una estupenda Sonia Seminario, harta de ser motivo y excusa, parece decir que no.

Así, en forma de una clase de historia que jamás podrá ser dictada, los héroes son confrontados por los soldados anónimos, la historia oficial es puesta en jaque por su versión menesterosa. Los viejos dilemas de la historiografía bélica, como si la inmolación de Bolognesi tuvo sentido o de si era preferible una rendición honrosa, dejan su lugar abstracto (la ucronía o el debate académico) a favor del rostro, la historia particular, el ejemplo específico. Escena a escena, de Arica a Miraflores, lo que va quedando claro es que el ‘enemigo’ no vive fuera sino dentro, miopía que nos lleva a ver al ‘otro’ como antagonista: oficial/soldado, militar/civil, intelectual/pueblo, madre/hijo, la peruanidad luce escindida en cada rol social, fractura que nos detiene, nos aísla y nos disculpa.

Estos enfrentamiento se sostienen en base a la sobria dirección de Gustavo López, un buen uso del recurso audiovisual y las buenas actuaciones de Mario Ballón, André Silva y Emanuel Soriano. Y si bien por momentos la literariedad del texto de Adrianzén se pone en evidencia, uno ha aceptado ya el pacto de verosimilitud y agradece ese tono lírico que refresca un poco el hiperrealismo de la obra.

Finalmente, un lujo la recuperación del local, el Teatro Larco. La última función es el próximo miércoles 10 de agosto. Vayan a verla. (Jerónimo Pimentel)

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